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        <journal-title specific-use="original" xml:lang="es">Logos. Anales del Seminario de Metafísica</journal-title>
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      <issn publication-format="electronic">1988-3242</issn>
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        <publisher-name>Ediciones Complutense</publisher-name>
        <publisher-loc>España</publisher-loc>
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        <article-title>Rovira, R., La fuga del no ser. El argumento ontológico de la existencia de Dios y los problemas de la metafísica, Ediciones Universidad San Dámaso, Colección Presencia y Diálogo nº 77, Madrid, 2024, 274 pp.</article-title>
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        <corresp id="cor1">Autor@s de correspondencia: Miguel Martí Sánchez: <email>miguel.marti@ufv.es</email></corresp>
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<p>La primera edición del libro de Rogelio Rovira La fuga del no ser. El
argumento ontológico de la existencia de Dios y los problemas de la
metafísica se publicó hace treinta y tres años (1991). En una reseña
escrita por Ángel Luis González, publicada en Revista de filosofía y
aparecida poco después (nº 9, 1993, pp. 201–206), se señalaba el notable
interés de la temática –calificada de “fascinante”–, se resaltaba la
pulcritud y solidez de su argumentación, así como se hacían algunas
sugerencias si llegase a publicarse una segunda edición. Esta nueva
reseña se suma a las alabanzas que ya recibió hace treinta y tres años y
además incorpora algunas nuevas, pues se trata de una edición con
numerosos añadidos que mejoran la edición anterior y que son de
indudable interés para el lector.</p>
<p>En el prólogo a la segunda edición, Rovira describe de modo general
esta edición como “revisada, actualizada y orgánicamente acrecida” (p.
21). Asimismo, indica con claridad cuáles son las novedades introducidas
y las razones que le han llevado a incorporarlas al texto. En algunos
casos se siguen precisamente las sugerencias de algunos reseñantes de la
primera edición –es el caso, por ejemplo, de las páginas dedicadas en
esta edición a la concepción peculiar que tiene Hegel del argumento
ontológico y su defensa de la validez de la prueba– y, en otros casos,
se añaden nuevas investigaciones que el autor ha llevado a cabo sobre el
asunto en cuestión. De especial interés son las discusiones introducidas
que tienen como protagonista a Moses Mendelssohn y que se ocupan de la
validez de la prueba ontológica en sí misma, y del reproche que realiza
Mendelssohn a la crítica kantiana al argumento. Se agrega también una
reconsideración de la parte dedicada a la interpretación de la
argumentación cartesiana del argumento ontológico, así como algunas
páginas dedicadas a la crítica de Locke al argumento y, por último, una
discusión con los filósofos G. E. M. Anscombe y J. L. Marion –a la que
se dedica buena parte del epílogo– sobre la conveniencia o no de
calificar la prueba anselmiana de “ontológica”.</p>
<p>Con el fin de seguir un orden claro en mi exposición presentaré
primero grosso modo el contenido del libro, en segundo lugar, me
detendré en alguna de sus tesis principales y, por último, señalaré
algunos aspectos formales que, sin desmerecer para nada el conjunto de
la obra, podrían corregirse en deseables futuras ediciones.</p>
<p>El libro está estructurado de la siguiente manera: prólogo a la
primera y segunda edición, primera parte que consta de cinco capítulos,
segunda parte que contiene seis capítulos, un epílogo y una nota
bibliográfica actualizada. Los prólogos exponen de modo general el tema
y la motivación de la investigación, así como y particularmente, en el
segundo caso, las modificaciones introducidas con respecto a la anterior
edición. En el primer prólogo, afirma el autor que “este libro se
presenta, por tanto, como una introducción a los problemas capitales de
la metafísica, que se plantean forzosamente con ocasión del examen de la
prueba ontológica de la existencia de</p>
<p>Dios” (p. 17). En el segundo prólogo, se aclara que hay diferencias
entre la primera y la segunda edición “no sólo porque el texto original
se ha revisado cuidadosamente y se ha actualizado la bibliografía y la
discusión de algunas cuestiones teniendo en cuenta estudios más
recientes, sino porque en esta segunda versión la edición primitiva ha
crecido orgánicamente” (p. 21).</p>
<p>La primera parte del libro –“¿En qué consiste el argumento ontológico
de la existencia de Dios?”– ofrece a través de sus cinco capítulos una
presentación general de la estructura del argumento ontológico –qué
prueba y cómo lo hace– , así como de las principales reconstrucciones
lógicas elaboradas para demostrar su validez expuestas por san Anselmo,
san Buenaventura y Descartes. El primer capítulo introduce y presenta de
modo general la cuestión de cómo “la originalidad del argumento
ontológico consiste en fundarse en el solo conocimiento del ser de Dios,
prescindiendo del apoyo que pueda proporcionar la existencia, conocida
por experiencia, de otros seres, para afirmar la existencia de dicho
ser” (p. 37). El segundo capítulo, que sorprende por su brevedad –página
y media–, expone la variedad de formas de argumentar a favor de la
validez de la prueba –indirecta, hipotética y directamente–. Y los
últimos tres capítulos exponen con claridad, rigor y esmerada prosa lo
propio de las argumentaciones anselmiana, bonaventuriana y cartesiana.
El tercer capítulo expone con solvencia el razonamiento clásico de la
prueba ontológica a través de la obra de san Anselmo. En el cuarto
capítulo, a mi juicio uno de los más conseguidos, se presta especial
atención al modo bonaventuriano de argumentar a través de un silogismo
condicional la validez de la prueba; en el capítulo se destaca “el genio
de Buenaventura al elegir este tipo de silogismo para formular el
argumento ontológico, pues el silogismo condicional es adecuadísimo para
mostrar la evidencia inmediata, y no inferida con el apoyo de un término
medio, de la verdad de la proposición “Dios existe”” (p. 69). Y para
cerrar esta primera parte, en el quinto se coloca el énfasis en la
originalidad y aparente sencillez con la que presenta el argumento
Descartes, el cual “muestra en sus obras una preferencia manifiesta por
la presentación directa, sin rodeo dialéctico alguno, de la evidencia
inmediata de la verdad de la proposición en cuestión” (p. 82). Sin
embargo, a lo largo del capítulo se ponen de manifiesto también los
errores a los que conduce esta forma tan simple de organizar la
demostración de la existencia de Dios; sobre todo por dos razones:
primero, confunde una prueba directa con una reconstrucción en la forma
de silogismo categórico, y segundo, utiliza ejemplos –como el de la
pertenencia necesaria del predicado “la suma de sus ángulos suma 180
grados” al sujeto “triángulo”– que no se ajustan con el tipo de
proposición que se pretende demostrar, a saber: “Dios existe”.</p>
<p>La segunda parte –“¿Qué cabe objetar contra el argumento ontológico
de la existencia de Dios y qué problemas metafísicos están entrañados en
su discusión?”– aborda en seis etapas las formas de objetar a la validez
de la prueba en sus diversas modalidades que se han dado a lo largo de
la historia de la filosofía. En concreto, el capítulo sexto proporciona
una visión panorámica y una “ordenación de las objeciones contra la
validez del argumento ontológico” (p. 99) que, presentadas en forma de
tabla, quedarían del siguiente modo:</p>
<table-wrap id="T1">  
  <table>
    <tbody>
      <tr>
        <th><bold>Proposición: “Dios existe”</bold></th>
        <th><bold>En la realidad: existe Dios</bold></th>
        <th><bold>Objeciones a las pruebas:</bold></th>
        <th><bold>Autores principales de las objeciones:</bold></th>
      </tr>
      <tr>
        <td>Evidente</td>
        <td>No</td>
        <td>La proposición “Dios existe” es analítica</td>
        <td>I. Kant y F. Brentano</td>
      </tr>
      <tr>
        <td>No es evidente</td>
        <td>No</td>
        <td><p>Al sujeto de la proposición (“Dios”): 1) es
        contradictorio, 2) su esencia es incognoscible.</p>
        <p>Al predicado de la proposición (“Existe”): 1) no es un
        auténtico predicado, 2) no es parte del concepto ni esencia de
        ser alguno.</p></td>
        <td><p>Al sujeto en el primer sentido: pensadores ateos. Al
        sujeto en el segundo sentido: Tomás de Aquino y F. Brentano.</p>
        <p>Al predicado en ambos sentidos: D. Hume e I. Kant.</p></td>
      </tr>
    </tbody>
  </table>
</table-wrap>
<p>El capítulo séptimo se ocupa de aquellas objeciones que se centran en
el carácter analítico de la proposición “Dios existe”. Sería ese
carácter analítico lo que le proporcionaría evidencia, pero también
explicaría su nula capacidad probatoria. No obstante, se podría
argumentar que esta objeción yerra el tiro porque “tanto Anselmo como
Buenaventura y Descartes insisten reiteradamente en que el punto de
partida de su argumento no es en absoluto un mero concepto de Dios,
sino, antes bien, un puro conocimiento de la esencia divina” (p. 121).
Este capítulo incorpora con respecto a la edición anterior la discusión
de la argumentación hegeliana en alguna de sus obras (pp. 126–129);
además, explora de qué modo subyace a la cuestión de la validez o no de
este argumento a priori de la existencia de Dios el problema de los
universales. En el capítulo octavo se examinan aquellas objeciones que
se apoyan en el cariz contradictorio del concepto de “Dios”. Se trata de
una de las partes más técnicas del libro. En ella se aborda la temática
de las perfecciones puras (pp. 139–151) que, argumenta Rovira, es la que
fundamenta el modo de considerar a Dios por parte de Anselmo en su
argumentación. Además, se indica de qué modo esta objeción presupone una
determinada concepción del problema metafísico más amplio de la múltiple
predicación del ser. Una nueva manera de objetar a la validez de la
prueba ontológica se analiza en el capítulo noveno, en este caso a
partir del carácter incognoscible de la esencia de Dios. Frente a esta
objeción, el autor remarca en varias ocasiones que, en la argumentación
ontológica, especialmente en la anselmiana, “conocer, pues, que Dios es
el ser mayor que el cual no cabe pensar otro no significa en modo alguno
disponer de una representación perfectamente adecuada y completamente
determinada del ser divino” (p. 167), sino una representación de dicha
esencia ad modum recipientis, es decir, tal y como es posible conocerla
para el ser humano. Antes de terminar este capítulo, Rovira señala en el
epígrafe final del capítulo que no cabe resolución de esta cuestión sin
un análisis pormenorizado de otro problema metafísico más general como
es el del origen del conocimiento de las esencias.</p>
<p>Los dos restantes capítulos –décimo y undécimo– se ocupan
respectivamente de las objeciones contra el concepto de “existencia”, ya
sea porque no es predicable, ya sea porque no es conceptualizable. La
primera de las objeciones afirma que existir no es un predicado real,
tanto en su formulación clásica en Hume y Kant, como en la renovada de
Frege y Russell. A esta objeción se podría a su vez contraargumentar que
“la existencia es el predicado que, por así decir, pone radicalmente
todos los otros predicados del ente en cuestión” (p. 189). Además,
implicado de un modo u otro en esta cuestión está el problema de los
sentidos del ser o la existencia. Y en el último capítulo de la segunda
parte –quizá un poco desorganizado en su composición– se objeta que no
cabe conceptualizar la existencia, es decir, que para conocerla “hace
falta salir del concepto” (p. 202). Algunos como Hume o Kant dicen que
la existencia de algo o se conoce por vía sensible o no se conoce en
absoluto. Otros filósofos de tradición analítica como Frege o Russell se
oponen porque afirman que la existencia necesaria que se predica de Dios
no es cognoscible de modo inmediato, sino que precisa de demostración.
Además de la discusión con la presentación de la prueba ontológica y los
argumentos sobre su validez o invalidez que realiza la corriente
filosófica de raigambre analítica del siglo pasado (Geach, Findlay,
Malcolm, Hartshorne y Plantinga), se introduce en este capítulo la
novedad de la exposición de la objeción de Locke y su posible refutación
(pp. 205–6, 211). De modo general, se argumenta frente a todas las
objeciones que la existencia es conceptualizable en el caso de Dios,
pero que para justificarlo es necesario reconocer “una peculiaridad del
ser de Dios no compartida en ningún grado ni medida por los otros seres:
la perfección del ser divino estriba en que su esencia es la única que
consiste realmente en existir” (p. 236). Y se concluye con la tesis de
que esta problemática encierra otra aporía más fundamental, como es la
de la división del ser en finito e infinito.</p>
<p>El epílogo que contiene el capítulo duodécimo se ocupa tanto de la
posición general de Kant sobre la imposibilidad de una prueba a priori
de la existencia de Dios, como de la cuestión de la pertinencia o no de
considerar al argumento ontológico precisamente como “ontológico”. Sobre
la primera, el autor objeta a Kant que si lo que se buscaba era probar
la imposibilidad de la argumentación a priori de la existencia de Dios,
“Kant tendría que demostrar la imposibilidad del argumento ontológico
sólo a la luz de la lógica formal y no también a la luz de la parte
analítica de la lógica trascendental, verdadero fundamento del idealismo
trascendental propugnado por el filósofo (…). De lo contrario, Kant no
mostraría en realidad la imposibilidad (intrínseca) de la prueba
ontológica de la existencia de Dios, sino sólo su incompatibilidad con
las verdades descubiertas por el idealismo trascendental” (p. 245).</p>
<p>Acerca de la pertinencia de calificar o no de “ontológico” al
argumento ontológico de san Anselmo se han pronunciado en las últimas
décadas dos filósofos de renombre como Anscombe y Marion. La primera
apoyándose en una traducción cuanto menos original de la fórmula
anselmiana concluyó que “el argumento anselmiano no sería un argumento
ontológico, pues, interpretado convenientemente el sentido de la premisa
así traducida a la luz de la respuesta de Anselmo a Gaunilón, no
declararía en modo alguno que existir en la realidad es más perfecto que
no existir o que existir solo en el entendimiento” (p. 250). Sin
embargo, esto no concuerda con la defensa que Anselmo de Canterbury hace
de la existencia como una perfección pura. El segundo autor basa su
negativa a calificarlo como ontológico en que no cumple con dos
condiciones básicas para serlo, a saber: que parta de un concepto puro o
que parta</p>
<p>de un concepto puro de una esencia. En el primer caso, el argumento
anselmiano parte de la fe y no de la evidencia conceptual, y en el
segundo caso, al determinar Anselmo el maius como melius habría rebasado
los límites de la ontología –que versa sobre el ente– y se habría
introducido en lo que está más allá del ser, esto es, el bien al modo
platónico. No obstante, la primera condición sí que se cumple en el
argumento de Anselmo, pues aunque el concepto no sea adecuado, hace
falta “la evidencia conceptual de que el id quo nihil maius cogitari
nequit suprime la posibilidad de formarse algún concepto finito o
adecuado del límite máximo de lo adecuadamente pensable” (p. 253); y lo
mismo ocurre con la segunda, pues también el bonum, al menos en la
tradición aristotélica, se inserta en la ontología como propiedad
trascendental del ente.</p>
<p>Uno de los méritos principales de la obra que se reseña es la pericia
con la que el autor recorre las intrincadas argumentaciones lógicas con
las que filósofos de las más variadas tradiciones se han decantado por
la validez o invalidez del argumento ontológico. Otra de las virtudes es
que consigue lo que promete, es decir, un análisis de la “historia” de
la prueba ontológica desde su origen hasta nuestros días, así como una
introducción a la metafísica o filosofía primera a través de sus
problemas fundamentales. Sin solución de continuidad y con gran acierto,
Rovira desentraña los razonamientos de los aliados del argumento, así
como de los que se oponen a él, y al hilo de tal análisis saca a relucir
cómo subyace en esas argumentaciones una posición frente a otras
cuestiones metafísicas de fondo, a saber: el problema de los
universales, el del origen del conocimiento de las esencias, el de la
predicación del ser, el de los sentidos de ser o existir, y el de la
división del ser en finito e infinito. Un último punto que quisiera
destacar tiene que ver con el modo en que el autor muestra la diferencia
entre los modos de argumentación de Anselmo y Buenaventura y el de
Descartes. Además de señalar que el primero y el segundo, a diferencia
del tercero, sí que aciertan con la forma lógica con la que revisten el
argumento, se llama la atención sobre el hecho de que Descartes realiza
la prueba sin interlocutor alguno; como escribe Rovira, para el filósofo
francés: “en esa búsqueda [personal de certezas] –a la que no le es
accidental el ser expresada en primera persona– no es menester, por
tanto, recurso dialéctico ninguno. Este último sólo cobra sentido, y aun
es exigible, en una búsqueda dialógica de la verdad” (p. 94). Se muestra
así de un modo indirecto, pero claro, cómo el pensador francés se
distanció de ese modo de una tradición argumentativa que se remonta
hasta el mismo Sócrates, según la cual la verdad se alcanza mediante un
proceso dialógico, esto es, por definición comunitario y en el que junto
a la certeza subjetiva como criterio de haber alcanzado el conocimiento
tiene también su papel el reconocimiento de la posibilidad de la
ignorancia y el error para llegar al conocimiento.</p>
<p>De manera comprensible, debido a su extensión y sin desmerecer en
ningún momento la indudable calidad de la composición y redacción del
libro, el texto contiene algunas reiteraciones (“no será ocioso…”
aparece repetido en contextos parecidos en varias ocasiones, por
ejemplo, pp. 33, 50, 79, 124, 162) que podrían suavizarse en una edición
posterior. Ya se ha hecho referencia tanto a la extraña brevedad del
segundo capítulo, que quizá podría integrarse como epígrafe al primero o
al tercero, como a cierto desorden que puede apreciarse en el capítulo
undécimo en el que hay un ir y venir de objeciones y respuesta a las
objeciones que dificulta un poco la lectura. Al lector le queda la duda
del origen de la mayoría de las traducciones al español, pues el autor
cita siempre –lo que considero un gran acierto– la edición</p>
<p>de la obra en el idioma original y si es posible en la edición
crítica, pero no afirma que sean suyas –lo que el autor en conversación
privada me ha confirmado que es el caso– o si ha acudido a alguna
traducción disponible.</p>
<p>Resulta difícil resumir este enjundioso libro, sus sutiles
argumentaciones y la multitud de sus protagonistas, en tan pocas
palabras. Han quedado sin mencionar muchos autores, como Duns Escoto,
Baruch Espinosa o Leibniz; y no se han detallado otras discusiones y
objeciones como la del positivismo lógico o Karl Marx, a las que, sin
embargo, el autor sí que presta atención. Sirva al menos esta mención
final para que el lector pueda apreciar la extensión y profundidad de
esta obra que, sin duda, merece ser recomendada a todos aquellos
interesados en los problemas de la metafísica y especialmente los que
están relacionados con la existencia de Dios y su posible demostración.
Solo queda agradecer al autor el esfuerzo por preparar una segunda
edición orgánicamente acrecida, y a la editorial de la Universidad San
Dámaso su apuesta por la publicación de libros de este calibre en estos
tiempos de indigencia metafísica.</p>
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