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      <journal-id journal-id-type="publisher">ASEM</journal-id>
      <journal-title-group>
        <journal-title specific-use="original" xml:lang="es">Logos. Anales del Seminario de Metafísica</journal-title>
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      <issn publication-format="electronic">1988-3242</issn>
      <issn-l>1988-3242</issn-l>
      <publisher>
        <publisher-name>Ediciones Complutense</publisher-name>
        <publisher-loc>España</publisher-loc>
      </publisher>
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    <article-meta>
      <article-id pub-id-type="doi">https://doi.org/10.5209/asem.96957</article-id>
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          <subject>ARTÍCULOS</subject>
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        <article-title>El amor, una intercoporeidad extrañamente expresiva</article-title>
        <trans-title-group xml:lang="en">
          <trans-title>Love, a strangely expressive intercoporeality</trans-title>
        </trans-title-group>
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        <contrib contrib-type="author" corresp="yes">
          <contrib-id contrib-id-type="orcid">https://orcid.org/0000-0003-0363-3746</contrib-id>
          <name>
            <surname>Martínez Morales</surname>
            <given-names>Andrea</given-names>
          </name>
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          <institution content-type="original">Universidad de Salamanca</institution>
          <country country="ES">España</country>
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      </contrib-group>
      <author-notes>
        <corresp id="cor1">Autor@s de correspondencia: Andrea Martínez Morales: <email>andrea94@usal.es</email></corresp>
      </author-notes>
      <pub-date pub-type="epub" publication-format="electronic" iso-8601-date="2025-07-14">
        <day>14</day>
        <month>07</month>
        <year>2025</year>
      </pub-date>
      <volume>58</volume>
      <issue>1</issue>
      <fpage>9</fpage>
      <lpage>21</lpage>
      <page-range>9-21</page-range>
      <permissions>
        <copyright-statement>Copyright © 2025, Universidad Complutense de Madrid</copyright-statement>
        <copyright-year>2025</copyright-year>
        <copyright-holder>Universidad Complutense de Madrid</copyright-holder>
        <license license-type="open-access" xlink:href="https://creativecommons.org/licenses/by/4.0/">
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          <license-p>Esta obra está bajo una licencia <ext-link ext-link-type="uri" xlink:href="https://creativecommons.org/licenses/by/4.0/">Creative Commons Attribution 4.0 International</ext-link></license-p>
        </license>
      </permissions>
      <abstract>
        <p>Este artículo describe la caracterización del fenómeno del amor desde una perspectiva fenomenológica, comprendido como una experiencia que se resiste a cualquier intento de conceptualización o categorización y que es capaz de adelantarse a dichos intentos. Para el examen de dicha determinación, la intercorporeidad se toma como núcleo expresivo que es capaz de mostrar la no univocidad de las relaciones interpersonales, las cuales expresan el inevitable entrelazamiento entre las esferas de lo propio y lo extraño en una dimensión pathica, donde nunca se me da al otro por completo. Esto hace que el amor se revele como un halo de incertidumbre que se compromete y sabe más allá de lo que conoce. Más que un sentimiento será un presentimiento que busca hacer su propia verdad o realidad por debajo de toda obviedad u observación.</p>
      </abstract>
      <trans-abstract xml:lang="en">
        <p>This paper describes the characterization of the phenomenon of love from a phenomenological perspective, understood as an experience that resists any attempt at conceptualization or categorization and can anticipate such attempts. For the examination of such determination, intercorporeality is taken as an expressive nucleus that can show the non-univocity of interpersonal relations, which express the inevitable intertwining between the spheres of the self and the stranger in a pathic dimension, where the other is never given to me completely. This makes love reveal itself as a halo of uncertainty that engages and knows beyond what it knows. More than a feeling it will be a presentiment that seeks to make its own truth or reality beneath all obviousness or observation.</p>
      </trans-abstract>
      <kwd-group>
        <kwd>fenomenología</kwd>
        <kwd>intersubjetividad</kwd>
        <kwd>Merleau-Ponty</kwd>
        <kwd>metafísica</kwd>
        <kwd>extrañeza</kwd>
      </kwd-group>
      <kwd-group xml:lang="en">
        <kwd>phenomenology</kwd>
        <kwd>intersubjectivity</kwd>
        <kwd>Merleau-Ponty</kwd>
        <kwd>Metaphysic</kwd>
        <kwd>strangeness</kwd>
      </kwd-group>
      <custom-meta-group>
        <custom-meta>
          <meta-name>Sumario</meta-name>
          <meta-value>: 1. La presencia evanescente del otro; 2. La atmósfera ambigua de la sexualidad; 3. La extrañeza del amor: lo propio y lo extraño; 4. La expresión del amor; 5. Referencias bibliográficas.<bold>Sumario</bold></meta-value>
        </custom-meta>
        <custom-meta>
          <meta-name>Cómo citar</meta-name>
          <meta-value>: Martínez Morales, A. (2025) “El amor, una intercoporeidad extrañamente expresiva”, en Logos. Anales del Seminario de Metafísica 58 (1), 9-21.<bold>Cómo citar</bold></meta-value>
        </custom-meta>
      </custom-meta-group>
    </article-meta>
  </front>
<body>
<sec id="la-presencia-evanescente-del-otro">
  <title>1. La presencia evanescente del otro</title>
  <p>Naturalmente todos los seres humanos sabemos que existen los
  sentimientos, pero ¿cómo y dónde existen? Desde la perspectiva
  fenomenológica francesa se refuerza el aspecto corporal de los mismos,
  tal y como podemos observar en las propuestas teóricas de Jean-Paul
  Sartre o Merleau-Ponty. En el primero de ellos se enfatiza la magia de
  los sentimientos desde una perspectiva <italic>subjetiva</italic> a
  partir del énfasis en el <italic>autoencanto</italic> dentro de una
  lógica de la
  <italic>fascinación</italic>.<xref ref-type="fn" rid="fn3">3</xref> En
  cambio, el segundo de ellos inicia el camino contrario u opuesto
  proponiendo y describiendo el <italic>sentir</italic> como un acto
  originario, prerreflexivo, preobjetivo y presubjetivo con el mundo,
  con el sujeto mismo y con el <italic>otro</italic>. Esto indica que no
  hay necesidad de proponer un <italic>subjectum</italic> de la
  experiencia perceptiva, ésta no se basa en la díada sujeto-objeto,
  sino que el sentir se basa en que «toda sensación implica un germen de
  sueño o de
  despersonalización»<xref ref-type="fn" rid="fn4">4</xref>.</p>
  <p>Tomando esta máxima como punto de partida, se podrá describir la
  <italic>extrañeza</italic> del amor aludiendo a su aspecto
  intercorporal para tratar de expresar su propia
  <italic>realidad.</italic> El tratamiento intercorporal alude al
  encuentro no <italic>categorizable</italic> entre dos sujetos en un
  terreno o mundo común, donde se muestra la inevitable injerencia de
  ambas <italic>subjetividades</italic>. El amor es, inevitablemente,
  una intromisión en la voluntad ajena. Si esto no fuese así, si el
  amante se abstuviera de decidir o de ejercer ninguna influencia sobre
  la persona que ama, de aconsejarla, «esta abstención la inclinaría aún
  más a decidirse a complacerla»<xref ref-type="fn" rid="fn5">5</xref>.
  Esto hace que se presente como una situación paradójica: el aparente
  desapego, ese afán de permanecer sin responsabilidad, tiene el efecto
  contrario al buscado o pretendido, pues la persona amada siente la
  necesidad o, mejor, el deseo de acercarse aún más a la otra persona.
  Si aceptamos ser amados/as por alguien sin querer influir en su
  libertad, se puede afirmar que en el propio acto de amar se encuentra
  la libertad buscada, no en una vana economía del esfuerzo o de la
  atención: «Amar es inevitablemente entrar en una situación indivisa
  con los otros»<xref ref-type="fn" rid="fn6">6</xref>.</p>
  <p>Por todo ello, el <italic>amor intersubjetivo</italic> –desde la
  perspectiva merleau-pontyana– expresa que toda relación o adhesión
  completa con el <italic>alter ego</italic> es ilusoria, pues el</p>
  <p>deseo expresa la completa no-coincidencia con la otra perspectiva.
  Esto entra en contradicción con el afán de «hacerle entrar en tu
  cuerpo, hacerle carne, transformarlo en una cosa feliz que verifica tu
  poder de fascinación»<xref ref-type="fn" rid="fn7">7</xref> pues,
  desde el principio, hay una disputa entre los sujetos que el amor
  solamente atestigua. Por ello, su realidad sólo puede ser la de un
  espejismo, el proyecto de una fusión entre dos almas gemelas
  representado por un <italic>nosotros</italic> que no es más que un
  mito que da cierta <italic>consistencia</italic> y duración a la
  empresa amorosa.</p>
  <p>De este modo, Merleau-Ponty no intenta refutar esta visión
  pesimista del amor que parece condenado al fracaso, sino que intenta
  demostrar que el amor, aunque contenga una <italic>inevitable
  distancia,</italic> ésta no será en absoluto vana puesto que
  representa la situación paradójica de la búsqueda de un posible
  encuentro absoluto con otra persona. Deseamos al otro porque encarna
  un universo fascinante que es totalmente ajeno al mío. Estamos en la
  búsqueda de un ideal que va más allá del individuo concreto como
  perspectiva que se abre ante nosotros y nos abre nuevas vidas o
  experiencias que queremos vivir.</p>
  <p>Poder salir de estrecho campo de nuestra subjetividad y entrar en
  otros mundos liberan al sujeto de la relatividad y de la contingencia:
  «amamos un fascinante país
  extraño»<xref ref-type="fn" rid="fn8">8</xref> que expresa que amar es
  amar más allá del <italic>otro</italic> como singularidad. Esto
  significa que en el propio acto amoroso no nos limitamos al objeto del
  amor, sino que tanto nuestro deseo de amar como el recuerdo que deja
  esa persona en nosotros deambula sin rumbo fijo en una
  <italic>atmósfera</italic> de gestos intercambiables. Por ello, tratar
  de experiencias amorosas particulares sería una equivocación dado que
  nuestro apego al <italic>otro</italic> no es más que el apego a una
  imagen sublimada que tenemos de él.</p>
  <p>Con ello, se puede comprender cómo el espejo sería la alegoría que
  mejor muestra tal experiencia puesto que, al igual que en el caso de
  Narciso<xref ref-type="fn" rid="fn9">9</xref>, el
  <italic>otro</italic> se me da como mi reflejo, no significando por
  ello la posibilidad de poner en el <italic>otro</italic> mis propios
  sentimientos. Entre ambos existe un abismo, un vacío que el sujeto
  intenta llenar con hipótesis –en su tentativa de poder <italic>llegar
  a ser</italic> su conciencia externa–, una ensoñación hermenéutica que
  expresa un flujo continuo de imágenes fluctuantes e inciertas. Por
  ello, Narciso es el ejemplo perfecto que alude ejemplarmente «al
  carácter fanstasmático de un proceso que apunta esencialmente al
  obsesivo embeleso de una imagen, según un esquema psicológico por el
  cual todo auténtico enamoramiento es siempre un “amar por
  sombra”»<xref ref-type="fn" rid="fn10">10</xref>. Todo amor entre
  personas está siempre dirigido idolátricamente a una
  <italic>imagen</italic>. Se basa en una relación especular donde el
  <italic>otro</italic> encarna otro punto de vista, otro mundo que no
  coincide exactamente con el mío. Son dos círculos casi concéntricos
  que se distinguen por un misterioso y ligero desencaje
  (<italic>décalage</italic>)<xref ref-type="fn" rid="fn11">11</xref>.</p>
  <p>Sólo experimentamos <italic>a distancia</italic> cada uno de los
  sentimientos del <italic>otro,</italic> aunque pueda tratarse de una
  ilusión; en cualquier caso, no es más que una nueva variación que se
  añade a las múltiples variaciones que componen la existencia del
  <italic>otro</italic>. Le invoca como un fantasma, su presencia le
  hechiza, es una atracción en la que no subyace ninguna racionalidad,
  tal y como se la entiende en la era
  moderna.<xref ref-type="fn" rid="fn12">12</xref> En cualquier intento
  de aprehenderlo o captarlo por completo, se desvanece dejando una
  especie de presencia <italic>evanescente</italic> que deja en el
  propio sujeto una sensación de temor de verla desvanecerse en
  cualquier momento.</p>
  <p>Por lo tanto, el amor está marcado por una cierta contingencia,
  alude a la <italic>no univocidad</italic> de las relaciones
  interpersonales. Expresa una herida, una <italic>falta</italic>, el
  vértigo: va más allá de la propia autenticidad porque, sin duda
  alguna, «¿no es el propio cuestionamiento de la autenticidad una
  ruptura con la serena confianza, el aplomo y la integridad que son la
  esencia de la
  autenticidad?»<xref ref-type="fn" rid="fn13">13</xref>.</p>
</sec>
<sec id="la-atmosfera-ambigua-de-la-sexualidad">
  <title><bold>2.</bold> La atmósfera <italic>ambigua</italic> de la
  sexualidad</title>
  <p>En <italic>Phénoménologie de la perception</italic> Merleau-Ponty
  trata el encuentro del sujeto con el <italic>otro</italic> como una
  atmósfera compleja<xref ref-type="fn" rid="fn14">14</xref>, esto es,
  nuestro <italic>ser-en-el-mundo</italic> se abre originariamente
  dentro de una expresión afectiva dada. No descubrimos el mundo desde
  un punto de vista teórico o práctico, sino a partir de la
  <italic>afectividad</italic> y en relación con
  ella.<xref ref-type="fn" rid="fn15">15</xref> Por ello, podremos
  describirla como <italic>afectiva</italic> en la medida en que –como
  sujetos– nos afecta como un todo sin objeto que puede envolver,
  penetrar y sobrepasar nuestra sensibilidad. No se reduce a una
  sensación <italic>de algo</italic> que contiene, dada su definición
  clásica, un carácter intencional: no hay una referencia a un objeto
  concreto sobre el que la conciencia pueda proyectar sus propias
  fantasías o imágenes de
  placer.<xref ref-type="fn" rid="fn16">16</xref> Esto hace que se
  adhiera, ocasionalmente, a sentimientos genuinos hacia una persona
  –como en este caso: el amor que, como sentimiento, tiene su propia
  dimensión afectiva–. Lo que sentimos no pertenece más al sujeto de esa
  experiencia que al entorno en el que se encuentra, todo ello describe
  cómo la propia situación afectiva va más allá de cualquier relación
  entre el yo y el <italic>no-</italic>yo, expresando una comunidad que
  se remonta a lo que está <italic>más acá</italic> de toda
  separación.</p>
  <p>Esta <italic>atmósfera</italic> presentada por Merleau-Ponty alude,
  por tanto, a una posible</p>
  <p>conciencia espontánea e irreflexiva que permite el entrelazamiento
  de lo corpóreo y lo psicológico en el ambiguo campo sedimentado que es
  nuestro cuerpo y el mundo y, en este sentido, ejerce una compleja
  influencia en nuestra capacidad de actuar <italic>en el
  mundo</italic>. Asimismo, esta situación romperá con la ontología de
  lo definido, de lo distinto y vinculado para apostar por una situación
  afectiva que abre y hace posible nuestra experiencia del mundo y de
  los <italic>otros</italic>. Sin necesidad que entre en juego la simple
  dimensión perceptivo-objetiva que permita el
  <italic>proyectivismo</italic> de un sujeto en el corazón mismo de la
  tonalidad que vibra a su alrededor. Desde este <italic>lugar</italic>,
  los sujetos se enviscan, escapan a cualquier distinción tradicional
  entre lo físico y lo psíquico que caracterizan cualquier relación
  intersubjetiva.</p>
  <p>Dada esta caracterización, podremos comprender la posibilidad de un
  <italic>esquema
  sexual</italic><xref ref-type="fn" rid="fn17">17</xref> que, integrado
  con el esquema perceptivo, motor y lingüístico conforma un complejo
  esquema corporal que nos permite explorar el mundo. Para examinar tal
  cuestión considera un caso patológico donde el paciente pierde
  cualquier poder de proyectar un mundo sexual ante sí o, «una vez
  esbozada la situación, de mantenerla o seguirla hasta
  satisfacerla»<xref ref-type="fn" rid="fn18">18</xref>. De esta forma,
  el paciente es devuelto a una existencia corporal inferior que
  contiene menos posibilidades de sentido o expresivas: su sexualidad se
  reduce a la genitalidad. Así pretende superar las dicotomías entre un
  fisiologismo que reduce cualquier enfermedad corporal a una reacción
  causal y mecánica y, por otro lado, a un idealismo que corre el riesgo
  de olvidar el papel del cuerpo en nuestra apertura al mundo.</p>
  <p>Por lo tanto, la sexualidad funciona como una <italic>dialéctica
  ambigua</italic>, la cual no dista demasiado del pensamiento sartreano
  que, basándose en el concepto de <italic>nada</italic> y en el
  fenómeno de la <italic>fascinación</italic>, afirma la imposibilidad
  del amor.<xref ref-type="fn" rid="fn19">19</xref> Sin embargo, la
  originalidad del enfoque merleau-pontyano reside en la existencia de
  una tensión hacia los demás, una apertura a través de la cual el
  sujeto se da cuenta de que los <italic>otros</italic> miran el mismo
  mundo que él, comparten la misma <italic>atmósfera</italic> de estar
  en el mundo. En este sentido, la sexualidad puede entenderse como una
  <italic>atmósfera ambigua</italic> coextensiva con la vida, esto es,
  «un campo sedimentado en el que puede formarse lo que más tarde será
  la Institución de un
  sentimiento»<xref ref-type="fn" rid="fn20">20</xref>. Se trata de una
  dialéctica corporal basada en la capacidad del propio cuerpo de
  abrirse al mundo y a los <italic>otros</italic>: donde la comprensión
  erótica no pertenece al orden del entendimiento, sino que se basa en
  la relación
  <italic>yo-otro</italic><xref ref-type="fn" rid="fn21">21</xref>. En
  definitiva, la sexualidad, en su despliegue, hace que «nos encontremos
  con una capacidad de amar que supera diversos obstáculos para alcanzar
  su madurez»<xref ref-type="fn" rid="fn22">22</xref>.</p>
  <p>Por ello, puede quedar desestimada una dialéctica de la
  <italic>fascinación</italic>, la cual se encarga de explicar cómo en
  el momento en que el sujeto se fascina, le sigue indefectiblemente su
  afán de conquistar a los <italic>otros</italic> como conciencias, como
  un sujeto que pueda llegar a <italic>reconocerle.</italic> Sin
  embargo, este movimiento tiene como consecuencia fundamental la
  pérdida de libertad de la persona a la que ha fascinado, ya no es la
  persona a través de la cual hubiera querido ser reconocido como
  sujeto: el amo vuelve a ser esclavo. Esta dialéctica hace imposible el
  amor porque convierte el cuerpo en objeto de la mirada de otro sujeto.
  De ahí que tanto el amor como la sexualidad, si las consideramos desde
  esta perspectiva, se pueda afirmar que Merleau-Ponty no se separa del
  todo de la concepción sartreana y que la única salida para poder
  afirmar la <italic>realidad</italic> y <italic>efectividad</italic>
  del amor pasa por <italic>re-pensar</italic> la propia
  visibilidad.</p>
  <p>En sus obras posteriores, la <italic>visibilidad</italic> adquiere
  otro cariz, la mirada ya no será frontal sino oblicua, especular pues
  redobla su propia función haciendo que cualquier encuentro con el
  <italic>otro</italic> sea como el encuentro del sujeto consigo mismo
  en el espejo. El cruce de miradas se convierte en un doble reflejo,
  una especie de <italic>quiasmo</italic>: no se sabe quién es vidente y
  quién es visto. En este sentido, se describe al <italic>cuerpo
  propio</italic> como aquél que soporta en su seno segmentos sacados de
  otros, en cuanto su propia sustancia pasa a ellos: «el hombre es
  espejo para el hombre»<xref ref-type="fn" rid="fn23">23</xref>. Donde
  el <italic>espejo</italic> es un instrumento de magia universal que lo
  que hace es redoblar o cambiar a mí <italic>en</italic> otros y a
  <italic>otros en</italic> mí. «Aparece porque soy vidente-visible;
  porque hay reflexividad de lo sensible, él la traduce y la
  redobla»<xref ref-type="fn" rid="fn24">24</xref>.</p>
  <disp-quote>
    <p>Si este hombre ama hoy a esta mujer es porque su historia pasada
    le preparó para amar este carácter, este rostro, pero también porque
    la conoció, y este encuentro saca a la luz posibilidades en su vida
    que de otro modo habrían permanecido
    latentes.<xref ref-type="fn" rid="fn25">25</xref>.</p>
  </disp-quote>
  <p>Todo ello propicia que el encuentro con el <italic>otro</italic> se
  vea como una posibilidad u oportunidad de modificar el propio esquema
  corporal del sujeto, pues del mismo modo que aprende a mirarse en un
  espejo y descubrir que –junto con la capacidad de ver– existe una
  extraña condición o sensación de ser visto, esto es, descubre una
  imagen de él mismo que los otros simplemente reflejan. Esto propicia
  su inclinación por una persona en concreto en tanto que se fija en la
  forma en cómo se ha desarrollado su esquema sexual, esto hace que
  perciba un determinado cuerpo como <italic>deseable</italic>, unas
  determinadas características compatibles con las de su propia vida.
  Pero, esto no implica una condena, una <italic>nadificación</italic>
  del propio sujeto, sino una posibilidad de integrar nuevos hábitos,
  posibilidades de visión, acción y de encuentro. Encontrando la
  <italic>motivación</italic> de este encuentro en:</p>
  <disp-quote>
    <p>Este amor parece cosa del destino, pero el día en que nos
    encontramos por primera vez es absolutamente contingente. Una
    fijación bien puede estar motivada por el pasado del individuo, pero
    aporta más de lo que prometía; una vez lograda, tiene su propio peso
    que es la fuerza bruta del presente y de lo que
    existe<xref ref-type="fn" rid="fn26">26</xref>.</p>
  </disp-quote>
  <p>No hay una preordenación del amor, sino que su
  <italic>institución</italic><xref ref-type="fn" rid="fn27">27</xref>
  reside en una</p>
  <p>promesa, no es verdadero como «conformidad a una naturaleza o a un
  destino, sino que se crea por juramento, decisión, es decir, conducta
  prometida»<xref ref-type="fn" rid="fn28">28</xref>. Esa promesa es el
  germen de la institución de la relación amorosa y en nombre de esta
  promesa se da u otorga sentido a nuestras acciones, gestos y palabras
  y quien conduce el sentido de tal promesa es el <italic>otro</italic>
  como espejo de mi propia decisión: «cada cosa dicha recibe el apoyo de
  esta respuesta y es el eco de esta
  palabra»<xref ref-type="fn" rid="fn29">29</xref>. Por ello, el
  <italic>amor</italic> promete más allá de lo que conoce, tiene una
  <italic>pretensión</italic> de ser eterno cuando la vida es
  contingencia, pero es cierto, que en el momento de esa promesa o
  conducta prometida se ama más allá de las cualidades o de los
  momentos. El amor tiene su propia lógica, hace su propia verdad o
  realidad.</p>
</sec>
<sec id="la-extraneza-del-amor-lo-propio-y-lo-extrano">
  <title><bold>3.</bold> La <italic>extrañeza</italic> del amor: lo
  propio y lo
  <italic>extraño</italic><xref ref-type="fn" rid="fn30">30</xref></title>
  <disp-quote>
    <p>Si una convicción sostiene de hecho temáticamente esta indagación
    en el vacío a la que la constriñe su intención crítica es
    precisamente que sólo si somos capaces de entrar en relación con la
    irrealidad y con lo inapropiable en cuanto tal, es posible
    apropiarse de la realidad y de lo
    positivo.<xref ref-type="fn" rid="fn31">31</xref></p>
  </disp-quote>
  <p>Al admitir que nuestro cuerpo aparezca como un ser sexuado, esto
  es, marcado por el deseo del <italic>otro</italic>, implica una
  comprensión que tiene un doble sentido: por un lado, un deseo que
  procede del otro y, por otro, un deseo que va hacia él. De ahí que el
  sujeto no alcance a los otros en su propia <italic>otredad</italic>,
  en tanto siendo <italic>otros</italic>, sino que, al contrario, parte
  de ellos. Sin embargo, esto no significa, como expresa Waldenfels,
  «que tengamos que invertir el <italic>egocentrismo</italic> heredado
  para reemplazarlo sencillamente por una suerte de
  <italic>alocentrismo</italic>»<xref ref-type="fn" rid="fn32">32</xref>.
  Aunque también es cierto que se pueda afirmar que, como sujetos, nunca
  podemos partir del <italic>otro</italic> sin antes tener,
  implícitamente, una relación con nosotros mismos. Por lo tanto, esto
  demuestra que el <italic>amor al extraño</italic> no se reduce al amor
  propio y tampoco es pensable sin el amor a sí mismo.</p>
  <p>Nos encontramos con una situación <italic>ambigua</italic>, que no
  ambivalente<xref ref-type="fn" rid="fn33">33</xref>, donde el cuerpo
  se mueve en una escala continua entre lo propio y lo extraño, entre la
  proximidad y la lejanía con respecto a sí mismo. Del mismo modo ocurre
  con el <italic>cuerpo social</italic> puesto que le pertenece más o
  menos según el cambio de gradiente entre lo próximo y lo lejano
  respecto al <italic>otro</italic>. Hablar de
  <italic>intercorporeidad</italic> no es sino hablar del
  <italic>entrelazamiento</italic> de las esferas de lo
  <italic>propio</italic> y de lo <italic>extraño</italic>, de tal
  manera que cada sujeto está inserto en una red o relaciones sociales,
  tal y como asegura el <italic>sincretismo social</italic> de
  Merleau-Ponty.</p>
  <p>Dicho <italic>sincretismo</italic> aduce que no hay individuos
  predeterminados y totalmente <italic>individualizados</italic>, sino
  en proceso de individuación, es decir, hay una mezcla entre el
  <italic>yo</italic> y el <italic>otro</italic>: «una presencia del yo
  en el otro y del otro en el
  yo»<xref ref-type="fn" rid="fn34">34</xref>. Somos capaces de
  atravesar los muros perspectivísticos, fluir de una a otra de las
  perspectivas en las que pueda presentarse tanto el propio espacio como
  la figura del <italic>otro</italic>. Esto disminuye el problema de los
  puntos de vista o del <italic>perspectivismo</italic> gracias a un
  esquema corporal que no se encuentra cerrado sobre sí mismo: el
  <italic>yo</italic> no puede distinguir su propia perspectiva de la de
  los demás.<xref ref-type="fn" rid="fn35">35</xref> Está en una especie
  de ubicuidad que impone a su <italic>sí mismo</italic> corpóreo una
  dosis de <italic>anonimato</italic> que le da una impronta
  característica. Lo que el propio sujeto siente, recibe, hace o dice
  «está entretejido–como en una alfombra o tapiz tibetano– a partir de
  lo que los otros sienten, perciben, hacen o
  dicen»<xref ref-type="fn" rid="fn36">36</xref>, pero esto no caería
  dentro del campo de lo impropio, sino que constituye el trasfondo
  subjetivo del sujeto corpóreo, lo que es <italic>para sí</italic>.</p>
  <p>Esto nos da el escenario para la descripción del fenómeno del
  <italic>amor</italic> como aquella experiencia intercorporal que
  encierra la tensión entre lo propio y lo extraño, que se despliega
  «como un paso del mí a los otros y de los otros a
  mí»<xref ref-type="fn" rid="fn37">37</xref>, donde la separación sólo
  existe en tanto que morimos solos: la vida intencional siempre implica
  una <italic>situación común</italic>. Esta máxima le sirve para
  contraponer su propia visión con la sartreana según una ecuación
  simplificadora, pues el último de ellos confunde amar con
  <italic>querer ser amado</italic>, así como amar y <italic>sentirse
  amado</italic>. Esto quiere decir que Sartre apoya su concepción del
  amor sobre una situación narcisista distorsionada, «ilusión del amor
  donde sólo existe la voluntad de ser
  amado»<xref ref-type="fn" rid="fn38">38</xref>. Voluntad que puede
  transcribirse como la compensación de una falta personal.</p>
  <disp-quote>
    <p>Amar: amar es querer ser amado. Se intenta recuperar lo que me
    han quitado, de ser incontestable. Y sin embargo quiero el
    asentimiento del <italic>otro</italic> para ser libre (no se ama
    a</p>
    <p>una loca o a un muerto si no se les ve vivos y libres). Quiero
    que me amen no por deber, sino espontáneamente. El amor es celos, y
    como todos los celos, quiere lo imposible: se destruye a sí mismo en
    el proceso (…). Proust encierra a Albertine, ni siquiera quiere que
    haya tenido [una] vida antes que él, pero ya no la ama cuando la ha
    encerrado, sintiéndola
    indiferente.<xref ref-type="fn" rid="fn39">39</xref></p>
  </disp-quote>
  <p>La persona que quiere ser amada no es tirana, no quiere la
  humillación y la esclavitud del otro, no quiere ser objeto de una
  pasión delirante porque ya no estaría frente a un <italic>alter
  ego,</italic> sino frente a un autómata que no le aportaría ningún
  tipo de salvación: sólo un determinismo oscuro que no se reconduce
  hacia ningún principio que le sea asignable. Por lo tanto, la relación
  amorosa se construye como un
  <italic>empiétement</italic><xref ref-type="fn" rid="fn40">40</xref>,
  una superposición de subjetividades, de manera análoga a la
  caracterización de la libertad como <italic>vínculo</italic>
  (<italic>lien</italic>) entre violencia y
  coexistencia<xref ref-type="fn" rid="fn41">41</xref>. Estar ligado a
  alguien es vivir al menos en la intención de su vida puesto que la
  experiencia del <italic>otro</italic> es convincentemente
  <italic>alienante</italic> en el sentido de que aleja al sujeto de sí
  mismo e instituye, al mismo tiempo, una mezcla de sí mismo con los
  <italic>otros.</italic> Poder salir de la incapacidad de pasar del
  narcisismo a una auténtica actitud oblativa del adulto, poder vivir en
  la reciprocidad del <italic>vínculo</italic>
  (<italic>lien</italic>).</p>
  <p>Teniendo esto en cuenta, la aparición de la tensión entre lo propio
  y lo extraño en la relación amorosa se sitúa en primer lugar en el
  <italic>cuerpo propio</italic> (<italic>Leibkörper</italic>). En él
  nos encontramos con intenciones que no se refieren a lo propio del
  sujeto, sino que están sedimentadas en él ya sean hábitos, deseos,
  afecciones o heridas que provienen de los <italic>otros</italic>. Esta
  experiencia corporal nos muestra cómo el sujeto encuentra al
  <italic>otro</italic> dentro de sí mismo y a sí mismo dentro del
  <italic>otro</italic>, encarnándose ambos en una relación quiasmática
  que es la raíz de toda <italic>intercorporeidad</italic>. Ya no son
  dos conciencias que luchan entre sí para encontrar la muerte de otra:
  son dos cuerpos, dos seres corporales que se pliegan y repliegan sobre
  ellos mismos en un movimiento de sístole y diástole. Todo ello gracias
  a la <italic>carne</italic> como tejido conjuntivo que aparece en un
  contexto de sentido que le pertenece: poder encontrar un modo de
  conocer por adhesión, en una apuesta intolerable para la
  conciencia.<xref ref-type="fn" rid="fn42">42</xref> De este modo, la
  <italic>carne</italic> está implícitamente asociada a los modos de
  adhesión que presenta tanto la percepción como el amor, a la eficacia
  de su comunicación con el mundo y con el <italic>otro,</italic>
  eficacia sin la cual la propia razón se hundiría en la más absoluta
  desesperación de una autonomía estéril.</p>
  <p>Por ello, el amor «no es una ilusión, sino realidad negativa,
  alienación efectiva: el error está en creer que esto es sólo un error
  […] La alienación (fracaso) es lo mismo que el amor, es su
  realidad»<xref ref-type="fn" rid="fn43">43</xref>. Como la percepción,
  el amor arrastra un más allá de sí mismo pues no atiende al principio
  de evidencia, de lo claro y lo distinto; sino que afirma más de lo que
  sabe, más de lo dado <italic>actualmente</italic> a los sentidos.
  Realiza su propia verdad y realidad, es una especie de clarividencia
  que promete más de lo que experimenta. Esto hace que el sujeto se
  abandone, hay un <italic>abandono de sí</italic> en la profundidad del
  <italic>otro</italic>: se vive como abandonado por el
  <italic>otro</italic> y, por ello mismo, se muestra incapaz de poder
  reivindicar la esfera de lo <italic>propio</italic> separada
  efectivamente de la <italic>otredad</italic> (germen de <italic>lo
  extraño</italic>).</p>
  <p>Lo <italic>extraño</italic> penetraría en el corazón mismo del
  amante, dejándole como testigo de su propia existencia. Aquieta su
  propia voluntad, mostrándole sus propios límites y su finitud. Donde
  la direccionalidad, expresividad o, en último término, la
  <italic>intencionalidad</italic> del amor encuentra su alegoría en la
  flecha que se lanza a través de la niebla. Ella logra traspasar la
  penumbra sin la seguridad de poder llegar efectivamente a su destino.
  Lo mismo ocurre en la relación amorosa, la cual desborda a los
  sujetos, se resbala a cualquier intento de conceptualización o
  categorización. La flecha sólo pretende unir lo que se encuentra
  detrás del umbral–comprendido como límite que permite unir dos esferas
  que aparentemente se presentan como opuestas–para poder expresar y
  describir un movimiento de separación y unión simultánea. Nada puede
  impedir la respuesta de un amante de estar <italic>afectado</italic>
  por la experiencia <italic>extraña</italic> del amor: nunca podemos
  escapar de la necesidad de amar y ser amado/a, del sentir y lo
  sentido. De ahí que se pueda afirmar que lo <italic>extraño</italic>
  genera una respuesta en el sujeto que lo busca tras las experiencias:
  Como aduce B. Waldenfels:</p>
  <disp-quote>
    <p>Lo extraño nos encuentra primero bajo la forma de una experiencia
    de lo extraño que antecede al reconocimiento y a la comprensión (e
    incluso antecede al reconocimiento mismo de lo extraño). Se trata de
    experiencias afectivas marcadas como el asombro o el miedo;
    interrupciones que irrumpen el andar acostumbrado de las cosas;
    anomalías que se desvían de la normalidad. Lo extraño nos afecta
    antes de que nosotros podamos aceptarlo o
    rechazarlo.<xref ref-type="fn" rid="fn44">44</xref></p>
  </disp-quote>
  <p>La experiencia amorosa es una <italic>ficción</italic> de
  <italic>proximidad</italic>, una <italic>desrealización</italic> donde
  los amantes salen de manera casi inconsciente del territorio de una
  conciencia reflexiva para adentrarse en un terreno donde el
  <italic>logos</italic> se escapa a toda pretensión objetivadora y
  conceptual. Lo <italic>extraño</italic> estaba ya ahí antes de que sea
  rechazado o aceptado por el sujeto. Logra crear un juego o vínculo
  dialéctico con el <italic>logos</italic> describiendo una dependencia
  respecto a él y, al mismo tiempo, una lejanía que nos confronta con
  ese sutil y misterioso <italic>desencaje</italic> entra ambas esferas,
  entre ambos cuerpos que no pueden negar la rareza de lo
  vivido.<xref ref-type="fn" rid="fn45">45</xref> Lo
  <italic>extraño</italic> nos empuja a darnos cuenta de una dialéctica
  que se dirige hacia nosotros mismos y hacia lo que no somos o no nos
  <italic>pertenece</italic>. El sujeto está doblemente confrontado por
  lo extraño: es extraño para él mismo y <italic>siente la
  extrañeza</italic> ante el <italic>otro</italic>.</p>
</sec>
<sec id="la-expresion-del-amor">
  <title><bold>4.</bold> La <italic>expresión</italic> del amor</title>
  <p>El amor pone de manifiesto una experiencia cargada de
  <italic>rareza</italic>, de <italic>extrañeza</italic>: aparece de
  repente, <italic>nos sorprende</italic>. Una relación ineludible
  dentro de un <italic>pathos</italic>, del cual nace todo sujeto y su
  propio sentido, configurado y descrito como una
  <italic>alopathos</italic> puesto que no se encuentra dado desde una
  esfera egoica, sino desde esa inquietud de que nosotros como sujetos
  nunca somos totalmente propietarios de nosotros mismos. Esto muestra
  el quiebre en la <italic>univocidad</italic> de la existencia que hace
  que se mantenga <italic>vivo</italic> todo sujeto, haciendo que esta
  exigencia <italic>extraña</italic> sea aquella que se sustrae «tanto
  al poder centralizador de lo propio como a las reglas igualitarias de
  un orden común […] me sustraigo a mí mismo en lo
  otro»<xref ref-type="fn" rid="fn46">46</xref>. La
  <italic>alteridad</italic> muestra otra connotación y su
  <italic>aparición</italic> ineludible donde el <italic>otro</italic>
  toma la forma de un doble que mantiene viva y enfatiza que toda
  relación amorosa se da bajo el lema: <italic>como tu a mí</italic>,
  <italic>yo a ti</italic>.<xref ref-type="fn" rid="fn47">47</xref>
  Atravesado por lagunas, huecos, desgarros en el
  <italic>sí-mismo</italic> que marcha bajo el peligro constante de ser
  disimulado bajo las medidas de normalización. Pero lo
  <italic>extraño</italic> no se puede borrar o arreglar como arreglamos
  una avería, sino que permanece latente, permanece siendo constitutivo
  de nuestra propia existencia corporal e intercorporal.</p>
  <p>Por ello, el lugar del amor desde la esfera
  <italic>pathica</italic> presupone un ser corporal que no está
  totalmente fuera de sí (<italic>alienado</italic>) ni tampoco se
  identifica totalmente consigo mismo; sino que su lugar se encuentra en
  esa desviación en el propio sentir: él se siente a sí mismo sólo desde
  la no-identificación con lo que siente. Siente algo en él que es
  diferente de sí, en el que su propia actividad siempre está expuesta y
  cargada de actuaciones <italic>extrañas</italic>. Teniendo en cuenta
  esta <italic>desrealización</italic> nos podemos preguntar si existe
  algo así como la realidad del amor, donde la respuesta solamente se
  encontraría fuera de toda comprensión o pretensión intelectual. Sólo
  quedaría afirmar que la producción de sentido y su propia
  referencialidad toma la forma de una relación especular con el
  <italic>otro</italic>.<xref ref-type="fn" rid="fn48">48</xref></p>
  <p>Se puede hablar de un desequilibrio de perspectivas que permanece,
  pues si queremos poner en duda la realidad de los sentimientos del
  <italic>otro</italic> hacia mí, nunca estarán lo suficientemente
  probados. Una persona que dice amar a otra no entrega a esta persona
  cada momento de su vida y si lo hiciera su amor se marchitaría. Puede
  pensarse que esto supone un rechazo del amor, pues nunca tenemos
  pruebas suficientes de si ese sentimiento es recíproco y el intento de
  conseguirlas a toda costa aprisionarían al <italic>otro</italic> en su
  propia inmanencia, lo que sólo demuestra el gran abismo entre el
  individuo particular y el objeto absoluto del amor. Haciendo que el
  apego a un individuo sólo sea posible mediate la
  s<italic>ublimación</italic>, esto es, mediante la sustitución de este
  ser particular por una imagen ilusoria, ideal del
  <italic>otro</italic>.</p>
  <p>La expresión misma del amor, tomando la perspectiva
  merleau-pontyana, recae sobre la afirmación de que en el amor siempre
  hay un elemento de incertidumbre, de ser consciente de que en la
  ausencia del otro surge inevitablemente una gran cantidad de esbozos
  (<italic>esquisses</italic>) del mismo y se forja una relación–aunque
  enigmática y a veces difícil–. Esto demuestra que la presencia nunca
  es positiva, pero la carencia, las proyecciones e introyecciones son
  muy reales y sólo tienen sentido como huellas del
  <italic>otro</italic> dentro de mí. Por lo tanto, la reducción del
  amor a una ilusión es simplemente eludir su propia realidad, no
  enfrentarse al fenómeno del amor que simplemente aparece <italic>en
  filigrana</italic>. Dicha <italic>aparición</italic> no debe
  entenderse como un no-ser propio del campo de la imaginación ni
  tampoco devaluarse con relación a una hipotética presencia real, sino
  como el puro descubrimiento de los otros y la imposibilidad de su
  <italic>aprehensión</italic> completa.</p>
  <p>Esto tiene como consecuencia que el amor –como encuentro cercano
  con el <italic>otro</italic>– llegue a formar un <italic>nosotros
  solidario</italic> que contiene indefectiblemente un factor imaginario
  puesto que la realidad es una realidad porosa y si dicha relación se
  convirtiera en una realidad positiva, no habría más huecos, ni más
  conciencia ni más personas para poder disfrutar de este amor. La
  presencia <italic>evanescente</italic> del otro nos indica la
  naturaleza de las relaciones: a distancia, en la
  <italic>incertidumbre</italic>, con un elemento de tensión e incluso
  de conflicto, pero en un intercambio efectivo que permite al
  <italic>otro</italic> invadir (<italic>empiéte</italic>) mi existencia
  y transformarla.</p>
  <p>Siguiendo la línea expuesta por Merleau-Ponty, no se ama más que lo
  ausente: el amor debe ser tomado como un vacío, es la no-presencia del
  <italic>otro</italic> puesto que la experiencia de este último es
  siempre experiencia de su <italic>ausencia</italic>. Producto de un
  cierto sentimiento de sí, «[él] no se siente amado porque no se siente
  capaz de amar, espejo que hace que uno haga al otro de acuerdo consigo
  mismo y a sí mismo de acuerdo con este otro así
  construido»<xref ref-type="fn" rid="fn49">49</xref>. No hay amor
  compartido y si afirmamos tal cosa, el amor como experiencia o
  fenómeno no inmediatamente verificable ¿no estaría en el
  establecimiento de esta relación especular, esto es, no se encontraría
  ya ahí en nuestro afán de verificarlo?</p>
  <p>En definitiva, a través de este recorrido, nos encontramos con una
  <italic>desrealización</italic> en el fenómeno del amor donde el
  <italic>otro</italic> está en todas partes, en el fondo como una
  presencia prometida en cada apariencia y en cada situación porque
  nacemos y nos relacionamos desde un <italic>sincretismo
  original</italic>. Tenemos derecho a buscar constantemente al otro en
  sus gestos, en sus palabras, en el mundo. Esto hace que no podamos
  afirmar que estamos solos como conciencias separadas y enfrentadas en
  un mundo inhóspito y solitario, sino que el <italic>otro</italic> y el
  amor nunca están <italic>efectivamente</italic> y, por ello, como
  aduce Anabelle Dufourq, «sería excesivo hablar de autenticidad si nos
  limitásemos a esta falta
  frustrante»<xref ref-type="fn" rid="fn50">50</xref>. Nos empuja a
  transgredir lo familiar, lo conocido y dominado para salir a lo que
  desobedece o desborda el <italic>logos</italic> o
  <italic>kosmos</italic> preestablecido y ordenado al que cada una de
  nosotras y nosotros pertenecemos.</p>
  <p>El amor logra duplicarse en el contacto con el sujeto amado
  reflejando así su singularidad que ofrece múltiples posibilidades para
  pensarlo y conocerlo. Donde el <italic>otro</italic> se presenta como
  aquella <italic>extrañeza duplicativa</italic> que nos acompaña como
  si fuera una sombra y que duplica y multiplica lo extraño, logrando
  que la caracterización del amor apunte más allá de lo que conoce y
  sabe haciendo que más que un sentimiento se trate de un
  <italic>presentimiento</italic>.</p>
</sec>
</body>
<back>
<fn-group>
  <fn id="fn1">
    <label>1</label><p>Este artículo es resultado de la línea de trabajo
    sobre Fenomenología y Epistemología del Grupo de Investigación USB
    -USAL-USACH (GID -76).</p>
  </fn>
  <fn id="fn2">
    <label>2</label><p>Pérez-Carbonell, M.: <italic>Nada más
    ilusorio</italic>, Barcelona, Lumen, 2024, p. 16.</p>
  </fn>
  <fn id="fn3">
    <label>3</label><p>Cf. Sartre, J.P.: <italic>Esquisse d’une théorie
    des émotions,</italic> París, Le Livre de Poche, 2000; Sartre, J.P.:
    <italic>L’être et le</italic></p>
    <p><italic>néant,</italic> París, Gallimard, 1994, pp. 417-426. La
    <italic>lógica de la fascinación</italic> en Jean-Paul Sartre hace
    referencia a la espera del amante de dejarse atrapar en el juego de
    la fascinación por el/la amado/a hasta que eso se pueda convertir en
    un destino que resulte ineludible. Por esto el amante debe
    entregarse libremente a este destino y, con ello, en palabras de
    Anabelle Dufourcq, «el amado puede a lo sumo instituirse como
    ocasión de la fascinación mediante la seducción, pero no puede
    querer ser la causa determinante de la misma» (Dufourcq, A.:
    <italic>Merleau-Ponty: Une ontologie de l’imaginaire,</italic>
    Springer, 2012, p. 261).</p>
  </fn>
  <fn id="fn4">
    <label>4</label><p>Merleau-Ponty, M.: <italic>Oeuvres</italic>,
    París, Gallimard, 2010, p. 905.</p>
  </fn>
  <fn id="fn5">
    <label>5</label><p>Merleau-Ponty, M.: <italic>Parcours
    1935-1951</italic>, Lagrasse, Verdier, 1997, p. 227.</p>
  </fn>
  <fn id="fn6">
    <label>6</label><p><italic>Ibid</italic>., p. 228.</p>
  </fn>
  <fn id="fn7">
    <label>7</label><p>Merleau-Ponty, M.: <italic>Conférences en
    Amerique. Notes de cours et autres textes. Inédits II
    (1947-1949)</italic>, Mímesis, 2022, p. 293.</p>
  </fn>
  <fn id="fn8">
    <label>8</label><p>Dufourcq, A.: <italic>Merleau-Ponty: Une
    ontologie de l’imaginaire, op.cit</italic>., p. 265.</p>
  </fn>
  <fn id="fn9">
    <label>9</label><p>Giorgio Agamben, quien ofrece una revisión del
    mito de Narciso a la que me adhiero, expresa lo siguiente: «Estamos
    tan acostumbrados a la interpretación que del mito de Narciso ha
    dado la psicología moderna, que define como narcisismo el encerrarse
    y el retraerse de la <italic>libido</italic> en el yo, que acabamos
    por olvidar que, después de todo, en el mito el joven no está
    enamorado de sí mismo, sino de su propia imagen reflejada en el
    agua, que él toma como una criatura real» (Agamben, G.:
    <italic>Estancias. La palabra y el fantasma en la cultura
    occidental,</italic> trad. Tomás Segovia, Valencia, Pre-Textos,
    2006, p. 149).</p>
  </fn>
  <fn id="fn10">
    <label>10</label><p><italic>Ibid</italic>., p. 150.</p>
  </fn>
  <fn id="fn11">
    <label>11</label><p>Cf. Merleau-Ponty, M.: <italic>Oeuvres</italic>,
    París: Gallimard, p. 1529.</p>
  </fn>
  <fn id="fn12">
    <label>12</label><p>Tal como expresa Reynner Franco, «la
    tematización del amor es problemática, especialmente por su carácter
    de sentimiento o emoción escurridiza entre las formas de
    racionalidad humana que hemos establecido a partir de las
    dimensiones subjetivas (autoreferencial) y objetiva (o pretensión de
    acertar en nuestra experiencia del mundo y de –o respecto a– otras
    personas) de nuestros estados conscientes» (Franco, R.: “El amor y
    su contrario”, <italic>Sophia</italic> (XIV), 2022, p.70).</p>
  </fn>
  <fn id="fn13">
    <label>13</label><p>Dufourcq, A.: Merleau-Ponty: <italic>Une
    ontologie de l’imaginaire</italic>, op.cit., p. 118.</p>
  </fn>
  <fn id="fn14">
    <label>14</label><p>La significación del término
    <italic>atmósfera</italic> sería el descrito por Bruce Bégout: «La
    atmósfera forma la cúpula invisible bajo la que se desarrollan todas
    nuestras experiencias. Es esta atmósfera emocional, con sus
    contornos a menudo mal definidos, lo primero que sentimos» (Bégout,
    B.: <italic>Le concept d’ambiance. Essais d’éco-
    phénoménologie</italic>, París, Seuil, 2020, p. 7)</p>
  </fn>
  <fn id="fn15">
    <label>15</label><p>La <italic>afectividad</italic> será tomada como
    un sector de nuestra vida donde «un objeto o un ser llega a existir
    para nosotros a través del deseo o el amor» (Merleau-Ponty, M.:
    <italic>Oeuvres</italic>, <italic>op.cit.,</italic> p.) Esto denota
    la pretensión merleau- pontyana de realizar, a través del examen o
    exposición de la afectividad, una reducción fenomenológica que pueda
    reconducir la actitud natural a la percepción, es decir, a nuestro
    <italic>apego</italic> primordial con el mundo.</p>
  </fn>
  <fn id="fn16">
    <label>16</label><p>«Por eso, el afecto tonal de un ambiente no es
    un sentimiento en el sentido estricto de la palabra, es decir, la
    correlación de un acto y aquello a lo que apunta» (Bégout, B.:
    <italic>Le concept d’ambiance. Essais d’éco-
    phénoménologie</italic>, <italic>op. cit.</italic>, p. 12.).</p>
  </fn>
  <fn id="fn17">
    <label>17</label><p>Cf. Merleau-Ponty, M.: <italic>Oeuvres</italic>,
    París, Gallimard, 2010, pp. 841-853.</p>
  </fn>
  <fn id="fn18">
    <label>18</label><p><italic>Ibid</italic>., p. 841.</p>
  </fn>
  <fn id="fn19">
    <label>19</label><p>En este sentido, la dialéctica del encuentro se
    basa en la neantización del otro a través de la mirada, donde
    «tratar la sexualidad como una dialéctica no es reducirla a un
    proceso de conocimiento ni reducir la historia de un hombre a la
    historia de su conciencia. La dialéctica es la tensión de una
    existencia hacia otra existencia que la niega y sin la cual no puede
    sostenerse» (<italic>Ibid.</italic>, p. 854).</p>
  </fn>
  <fn id="fn20">
    <label>20</label><p>Caignard, G.: “Un rapport de miroir. Relation
    amoreuse et reflexión politique chez Merleau-Ponty”, <italic>Chiasmi
    International</italic> (22), 2020, p. 155.</p>
  </fn>
  <fn id="fn21">
    <label>21</label><p>Fórmula que veremos más adelante que será
    insuficiente, no se trata de dos subjetividades enfrentadas o
    colocadas una <italic>frente</italic> a otra o, tampoco se hablará
    tanto de una intersubjetividad, sino de una
    <italic>intercorporeidad</italic>.</p>
  </fn>
  <fn id="fn22">
    <label>22</label><p>Moya, P., Larrair, M.E.: “Sexuality and meaning
    in Freud and Merleau-Ponty,” <italic>Journal of
    Psychoanalysis</italic>, 97 (3), 2016, p. 751.</p>
  </fn>
  <fn id="fn23">
    <label>23</label><p>Merleau-Ponty, M.: <italic>L’oeil et
    l’espirit</italic>, París, Gallimard, p. 34.</p>
  </fn>
  <fn id="fn24">
    <label>24</label><p><italic>Ibid</italic>., p. 33</p>
  </fn>
  <fn id="fn25">
    <label>25</label><p><italic>Ibid</italic>., p. 34.</p>
  </fn>
  <fn id="fn26">
    <label>26</label><p>Merleau-Ponty, M.: <italic>Oeuvres</italic>,
    <italic>op.cit</italic>., p. 110.</p>
  </fn>
  <fn id="fn27">
    <label>27</label><p>«La institución [significa] que este cuerpo,
    estos gestos, estas palabras, esta vida se vuelven la réplica o
    el</p>
    <p>anverso de los míos, y esto más allá de lo que es querido,
    experimentado, conocido, cómo las palabras tienen más sentido que
    aquel que les damos» (Merleau-Ponty, M.: <italic>La institución. La
    pasividad: Notas de cursos en el Collège de France (1954-1955) 1955
    I. La institución en la historia personal y pública</italic>, trad.
    Mariana Larison, Barcelona, Anthropos, 2012, p. 10). El amor cambia
    sin cesar y, ese cambio, puede adoptar una connotación reactiva del
    acontecimiento sobre lo instituido, lo convencional. Por ello, el
    amor no es tomado como concepto, expresa lo que ocurre en cada
    momento, no posee <italic>nombre</italic> ni
    <italic>identidad</italic> en nuestras teorías de la conciencia: el
    amor es un marco efectivo de la dinámica del sistema
    <italic>yo-otro</italic>.</p>
  </fn>
  <fn id="fn28">
    <label>28</label><p><italic>Ibid</italic>., p. 34.</p>
  </fn>
  <fn id="fn29">
    <label>29</label><p><italic>Ibid</italic>.</p>
  </fn>
  <fn id="fn30">
    <label>30</label><p>El concepto de lo <italic>extraño,</italic> que
    proviene del adjetivo alemán <italic>fremd,</italic> se utiliza aquí
    con la acepción provista por Bernhard Waldenfels: «La palabra
    alemana <italic>fremd</italic>, que en las lenguas clásicas y
    modernas a menudo sólo se puede traducir con diferentes palabras,
    significa, en primer lugar, lo que está fuera del propio ámbito; en
    segundo lugar, aquello que pertenece a otro; y tercero, lo que es de
    otra manera, de una índole extraña, heterogéneo. De entre estos tres
    aspectos de <italic>lugar</italic>, <italic>posesión</italic> y
    <italic>modo</italic>, el primer aspecto es el decisivo para la
    determinación básica del fenómeno. Lo extraño no es simplemente
    otro, que se origine mediante un <italic>deslinde</italic>
    [<italic>Abgrenzung</italic>] a partir de uno mismo» (Waldenfels,
    B.: <italic>Exploraciones fenomenológicas acerca de lo
    extraño</italic>, Barcelona, Anthropos, 2015, pp. 40-41).</p>
  </fn>
  <fn id="fn31">
    <label>31</label><p>Agamben, G.: <italic>Estancias. La palabra y el
    fantasma en la cultura occidental</italic>, trad. Tomás Segovia,
    Valencia, Pre-Textos, p. 15.</p>
  </fn>
  <fn id="fn32">
    <label>32</label><p>Waldenfels, B.: <italic>Exploraciones
    fenomenológicas acerca de lo extraño, op.cit.,</italic> p. 70.</p>
  </fn>
  <fn id="fn33">
    <label>33</label><p>La diferencia entre
    <italic>ambivalencia</italic> y <italic>ambigüedad</italic> en el
    pensamiento merleau-pontyano viene dada por la herencia y la
    distinción realizada por Mélanie Klein (Cf. Merleau-Ponty, M.:
    <italic>Parcours 1935-1951,</italic> Lagrasse, Verdier, 1997, p.
    150). La <italic>ambivalencia</italic> sería propia del pensamiento
    y existencia infantil en el cual objeto se desdobla en odio y amor,
    por ejemplo; en cambio, la <italic>ambigüedad</italic> no se trata
    de concebir un pensamiento vacilante que pasa del odio al amor, sino
    de un pensamiento que permite distinguir en su seno las distintas
    relaciones de las cosas, su propio movimiento las permite participar
    de sus aspectos contrarios. Para ahondar más en esta distinción de
    raigambre psicoanalítica <italic>véase</italic> Bleger, B.:
    <italic>Simbiosis y ambigüedad. Estudios del psicoanálisis</italic>,
    Buenos Aires, Paidós, 1975.</p>
  </fn>
  <fn id="fn34">
    <label>34</label><p>Merleau-Ponty, M.: <italic>Parcours 1935-1951,
    op.cit</italic>., p. 220.</p>
  </fn>
  <fn id="fn35">
    <label>35</label><p>Esta significación del <italic>sincretismo
    social</italic> es heredada del pensamiento infantil, el cual pasa
    por distintas fases a la hora de la construcción de su propio
    <italic>esquema corporal</italic>. Hasta que logra reconocerse en su
    <italic>imagen especular.</italic></p>
  </fn>
  <fn id="fn36">
    <label>36</label><p>Waldenfels, B.: <italic>Phénoménologie de
    l’étranger. Motifs fondamentaux</italic>, trad. Marion Bernard,
    París, Hermann, 1997, p. 106.</p>
  </fn>
  <fn id="fn37">
    <label>37</label><p>Merleau-Ponty, M.: <italic>Conférences en
    Amerique. Notes de cours et autres textes. Inédits II
    (1947-1949)</italic>, <italic>op.cit</italic>., p. 294.</p>
  </fn>
  <fn id="fn38">
    <label>38</label><p><italic>Ibid</italic>.</p>
  </fn>
  <fn id="fn39">
    <label>39</label><p><italic>Ibid</italic>., p. 295.</p>
  </fn>
  <fn id="fn40">
    <label>40</label><p>El <italic>empiétement</italic> es presentado en
    este contexto como un fruto inherente al amor, un fruto voluntario
    porque no se trata de aceptar simplemente la influencia que la otra
    persona tiene en mí, sino querer influir en su libertad porque al
    amar entramos en una situación indivisa con el
    <italic>otro</italic>.</p>
  </fn>
  <fn id="fn41">
    <label>41</label><p>Para ahondar en la problemática de la libertad
    como <italic>vínculo</italic> (<italic>lien</italic>) y la
    significación de <italic>empiétement</italic> dentro del pensamiento
    del autor <italic>véase</italic> Martínez Morales, Andrea.:
    “Merleau-Ponty: les liens de la liberté. A situation commune”,
    <italic>Revista de Filosofía</italic> 49(1), 2024, pp. 215-226.</p>
  </fn>
  <fn id="fn42">
    <label>42</label><p>«El problema que plantea (preocupación por
    resolverlo) es saber cómo una vida puede entrar en otra o ésta
    recibirla. El amor físico sólo es el símbolo universal, sólo se
    encuentra implicado en toda operación humana, sólo le aporta su
    contribución, su peso, su dirección, porque él mismo simboliza en el
    grado más alto la encarnación, la corporeidad, la relación carnal
    con el otro» (Merleau-Ponty, M.; <italic>La institución. La
    pasividad. Notas de cursos en el Collège de France (1954-195). II.
    El problema de la pasividad: el sueño, el inconsciente, la
    memoria</italic>, trad. Mariana Larison, Barcelona, Anthropos, 2017,
    p. 90). Este fragmento se refiere a una especie de
    <italic>revelación de la intercorporeidad</italic>, la cual designa
    la modalidad cognoscente de la carne al mismo tiempo que indica
    nuestra resistencia a ella.</p>
  </fn>
  <fn id="fn43">
    <label>43</label><p>Merleau-Ponty, M.: <italic>La institución. La
    pasividad: Notas de cursos en el Collège de France (1954-1955). I.
    La institución en la historia personal y pública</italic>,
    <italic>op.cit.,</italic> pp. 48-49.</p>
  </fn>
  <fn id="fn44">
    <label>44</label><p>Waldenfels, B.: <italic>Exploraciones
    fenomenológicas acerca de lo extraño</italic>,
    <italic>op.cit.,</italic> p. 12.</p>
  </fn>
  <fn id="fn45">
    <label>45</label><p>Con esto podemos comprender como lo
    <italic>extraño</italic> no es asimilable a la
    <italic>otredad</italic> puesto que la antecede, está antes de
    cualquier experiencia. Es parte de su naturaleza ese movimiento
    anticipatorio y espontáneo que la propicia y otorga un carácter
    <italic>universal</italic> a la <italic>otredad</italic>.</p>
  </fn>
  <fn id="fn46">
    <label>46</label><p>Waldenfels, B.: <italic>Exploraciones
    fenomenológicas acerca de lo extraño</italic>,
    <italic>op.cit</italic>., p. 105.</p>
  </fn>
  <fn id="fn47">
    <label>47</label><p>Cf. <italic>Ibid</italic>., p. 106.</p>
  </fn>
  <fn id="fn48">
    <label>48</label><p>«A través de sus palabras, los
    <italic>otros</italic> pueden descentrarme porque hacen que me
    resulte imposible permanecer en un estado de visión pura, un sujeto
    conocedor que no está implicado en el mundo. Me devuelve una imagen
    del yo visible y me abre nuevos ámbitos que explorar en el mundo»
    (Caignard, G.: “Un rapport de miroir. Relation amoreuse et reflexión
    politique chez Merleau-Ponty”, <italic>art.cit</italic>., p.
    160).</p>
  </fn>
  <fn id="fn49">
    <label>49</label><p>Merleau-Ponty, M.: <italic>La institución. La
    pasividad: Notas de cursos en el Collège de France (1954-1955). I.
    La institución en la historia personal y pública</italic>,
    <italic>op.cit.,</italic> p. 49.</p>
  </fn>
  <fn id="fn50">
    <label>50</label><p>Dufourcq, A.: <italic>Merleau-Ponty: une
    ontologie de l’imaginaire, op.cit.,</italic> p. 276.</p>
  </fn>
</fn-group>

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    <title>Referencias bibliográficas</title>
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        <source>Phénoménologie de l'étranger. Motifs fondamentaux</source>
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        <publisher-name>Hermann</publisher-name>
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        <year>2015</year>
        <source>Exploraciones fenomenológicas acerca de lo extraño</source>
        <publisher-loc>Barcelona</publisher-loc>
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