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<journal-title specific-use="original" xml:lang="es">Logos. Anales del Seminario de Metafísica</journal-title>
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<issn publication-format="electronic">1988-3242</issn>
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<publisher-name>Ediciones Complutense</publisher-name>
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<subject>RESEÑAS</subject>
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<article-title>De los Ríos, I., Las fuerzas extrañas. Del azar y el buen vivir en la filosofía de Aristóteles. Madrid: UAM Ediciones, 2025, p. 384</article-title>
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<surname>Cataldo Sanguinetti</surname>
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<corresp id="cor1">Autor@s de correspondencia: Gustavo Cataldo Sanguinetti: <email>gcataldo@unab.cl</email></corresp>
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<p>Iván de los Ríos nos propone en su libro una lectura arriesgada del
problema del azar (<italic>týchē</italic>, <italic>autómaton</italic>)
en Aristóteles: arriesgada, pero a la par filológicamente precisa y en
continua discusión con las interpretaciones más autorizadas. La prosa
elegante – y en muchos momentos de gran calidad literaria y tesitura
poética – se equilibra perfectamente con el rigor hermenéutico y
metódico. Uno de los méritos más destacados de la obra es precisamente
su planteamiento metodológico. El autor adopta un enfoque hermenéutico
sustentado en una lectura directa y exhaustiva de las fuentes en griego,
con traducciones propias que se distinguen por su fidelidad filológica y
su pertinencia filosófica. A ello se suma un manejo solvente y
actualizado de la bibliografía secundaria (Torstrik, Zeller, Mansion o
Ross, entre otros), cuya discusión no es meramente expositiva, sino que
da lugar a una toma de posición crítica y fundamentada frente a las
interpretaciones hegemónicas; sobre todo aquellas que sostienen que la
doctrina del azar en Aristóteles es inconsistente y exhibe
contradicciones insalvables. Este diálogo constante le permite al autor
delinear una tesis fundada y no menos original: la concepción
aristotélica del azar no se reduce a un residuo de la causalidad natural
ni a un problema meramente epistemológico, sino que remite a la
estructura misma de la existencia humana, entendida como apertura a la
contingencia y al riesgo.</p>
<p>Esta perspectiva queda ya inicialmente esbozada en la introducción,
con una muy pertinente referencia a <italic>Edipo Rey</italic>, la
“tragedia perfecta”, según sugerencia del propio Aristóteles. Tragedia
perfecta no solamente por el curso dramático y su composición interna,
sino sobre todo porque todo relato anuncia finalmente su destitución. Si
es verdad – como afirma Aristóteles en la <italic>Poética</italic> – que
la trama (<italic>mýthos</italic>) es la parte más importante de la
tragedia, resulta indudable que todo argumento – totalidad compuesta de
principio, medio y fin – está siempre en trance de su derribo por
<italic>fuerzas extrañas</italic>, como reza elocuentemente el título
del libro. Mientras se elabora una historia y se conforma un relato,
acecha siempre el peligro del sinsentido: el drama del relato es el
drama de nuestra propia historia, aquella que nos contamos siempre a
nosotros mismos y que siempre intentamos “salvar” del destierro y el
exilio. Toda identidad narrativa – a pesar de su orden de sentido – está
siempre expuesta a lo inverosímil e inadmisible. Como dice certeramente
nuestro autor: “toda historia anuncia un derrumbe y, por tanto, el
relato dependerá de la constatación de un desajuste entre el esquema
intencional de nuestras acciones y el territorio previo en el que se
instalan: entre aquello que decidimos hacer como agentes racionales y
aquello que, sin más, nos pasa. El mundo es también lo que nos pasa, lo
que ocurre y sale al encuentro cotidianamente con carácter de
significación”. Quizá haya sido Schiller, citado en la introducción,
quien lo haya expresado con mayor altura poética: “No sin temblar
penetra la mano del hombre en la misteriosa urna del destino. En mi
pecho, mis acciones eran mías, pero fuera ya del seguro asilo de mi
corazón, su</p>
<p>natural asiento, y entregadas al suelo ingrato de la vida, son del
dominio de esos poderes maléficos contra los cuales nada puede la humana
industria”.</p>
<p>Es esta inflexión “narrativo-existencial”, por llamarla de algún
modo, la que le otorga al libro su valor más propio y su excepcional
vigencia. Inflexión que interpreta el azar no ya como una cuestión
meramente física, epistemológica o incluso metafísica, sino como el azar
que nos concierne e interpela en nuestra praxis más propia e
indelegable. ¿La física de Aristóteles leída desde la ética? En cierto
sentido esa es justamente la propuesta de lectura. Es aquí donde también
reside su peculiar riesgo exegético. Contra las interpretaciones
dominantes nos propone un análisis integral – textualmente exhaustivo y
convincente - de la tesis de Aristóteles sobre el azar, con un peculiar
énfasis en sus prolongaciones y horizontes de lo que podemos denominar
la preminencia de un <italic>ethos del azar</italic>. En oposición a las
interpretaciones que reducen el azar a un residuo epistemológico o
estadístico, el autor sostiene que el análisis de Aristóteles está
guiado por un interés esencialmente práctico: “He tratado de presentar
la doctrina aristotélica del azar como una propuesta de corte práctico y
antropológico no reducible –sin grandes costes– a parámetros
estadísticos o epistemológicos”. El fenómeno fortuito no es sólo un
problema de causalidad irregular o de indeterminación teórica, sino que
remite directamente a la estructura misma de la acción humana situada:
“El estudio aristotélico está orientado por un interés eminentemente
práctico: [...] el modo en que ciertos acontecimientos excepcionales e
imprevisibles irrumpen de manera significativa en la existencia de un
agente racional y moral”.</p>
<p>Ciertamente el autor ofrece una reconstrucción rigurosa y ambiciosa
de la doctrina aristotélica del azar, centrada en los capítulos 4 a 6
del libro II de la <italic>Física</italic>. Sin embargo, contra la
tendencia historiográfica prevalente que ha considerado el tratamiento
aristotélico del azar como un apéndice menor a la teoría de las cuatro
causas, el texto se propone demostrar que “esos tres capítulos
constituyen uno de los ejemplos más lúcidos de habilitación de un
espacio reflexivo para aquellos ángulos coyunturales de la realidad que
determinan cotidianamente nuestras vidas y que, sin embargo, no pueden
ser reducidos al perímetro de la explicación”. He aquí el punto central
y la pregunta que apremia al autor: ¿cómo integrar la doctrina del azar
en el contexto de la <italic>phýsis</italic> con el “azar de nuestras
vidas”? O, dicho de otra forma: ¿cómo integrar lo que ocurre <italic>apò
týchēs kaì toû automátou</italic>?</p>
<p>Uno de los aciertos del libro reside en el detallado comentario de la
triple caracterización del acontecimiento fortuito tal como aparece en
<italic>Física</italic> II 5, pero sometiéndola a una nueva
interpretación: (a) por su frecuencia (ni siempre ni en la mayoría de
los casos), (b) por su carácter causal (causado accidentalmente), y (c)
por su orientación teleológica, es decir, su pertenencia al orden de los
fines, aunque producida de modo no deliberado. Este último aspecto –la
finalidad del azar– es también el más controvertido, y el autor lo
aborda con una tesis interpretativa atrevida: defender que el carácter
teleológico de lo fortuito no implica una causalidad final clásica, sino
una forma de significación práctica. Así, interpreta <italic>héneka
toû</italic> no como indicación de una causa final eficiente, sino como
índice de relevancia o resonancia en el marco de una vida racional: “La
afirmación aristotélica del carácter teleológico de lo fortuito
constituye [...] uno de los interrogantes más complejos de la doctrina
sobre el azar, la suerte y la casualidad. [...] Defiendo que el sentido
teleológico del acontecimiento fortuito se apoya en una interpretación
no causal de la expresión <italic>héneka toû</italic>. Esta
interpretación intensifica la naturaleza práctica del evento
fortuito</p>
<p>por cuanto define su naturaleza teleológica en términos de
‘significación o relevancia práctica’”. No podemos entrar en la
detallada discusión que realiza el autor con los intérpretes más
autorizados, pero sin duda la exégesis de <italic>héneka toû</italic>
constituye el eje que vertebra todo el libro y que fundamenta su tesis
central. No hay contradicción entre <italic>télos</italic> y
<italic>týchē</italic>, con tal que se entienda el “para algo” no en su
acepción causal- eficiente, sino en su alcance hermenéutico, esto es,
como perteneciendo - antes que al plano de la producción - al del
sentido y la significación práctica. Frente a las reducciones
epistemológicas del azar (como ignorancia causal), las lecturas físico-
mecanicistas o sistemático-deterministas, el autor nos propone una
lectura en clave biográfica y narrativa: el azar finalmente más que una
categoría físico-ontológica es una categoría existencial-narrativa. Esta
operación interpretativa –que desplaza la causalidad final hacia la
significación biográfica– permite releer la <italic>Física</italic> II
como un texto que, lejos de denegar la ética, la dispone: la vida buena
no depende de eliminar lo fortuito, sino de saber reconocer y responder
prudencialmente a sus irrupciones. La <italic>eudaimonía</italic> no es
cuestión de <italic>týchē</italic>, pero de algún modo debe incluirla:
“La vulnerabilidad de la vida humana es también la posibilidad de un
ejercicio excelente de la misma”, afirma nuestro autor.</p>
<p>Esta “irrupción de lo vulnerable” en la existencia humana - que
favorece o frustra inesperadamente nuestros proyectos y que debemos
integrar narrativamente - es, pensamos, la contribución más original del
libro. Tradicionalmente, como hemos enfatizado, la discusión sobre
<italic>týchē</italic> y <italic>autómaton</italic> en
<italic>Física</italic> II 4–6 ha oscilado entre su reducción a causas
accidentales sin finalidad real, o su exclusión del orden de lo
explicable. El autor, sin embargo, introduce una lectura innovadora al
proponer que Aristóteles no atribuye una causa final clásica al azar,
sino una forma de “significación práctica”, inteligible solo desde una
perspectiva retrospectiva y narrativa: “El azar no es sino un mecanismo
explicativo imperfecto, un instrumento narrativo de índole
retrospectiva: una vez acaecidos ciertos acontecimientos que no sabemos
explicarnos y que, sin embargo, dada su relevancia práctica, reclaman
nuestra interpretación, el azar emerge como el nombre para aquello que
no puede ser nombrado”. Esta interpretación le permite afirmar que lo
fortuito puede ser “excepcional, accidental, pero orientado”: su
irrupción, aunque no deliberada, tiene consecuencias prácticas que
modifican el curso de la acción humana. Como escribe el autor: “fortuito
es el acontecimiento excepcional causado accidentalmente cuya irrupción
genera, no obstante, modificaciones relevantes en el interior de la
existencia humana, favoreciendo o frustrando inesperadamente la
consecución de objetivos”.</p>
<p>Es esta perspectiva la que le permite al autor sostener una tesis a
todas luces relevante: el azar no es anomalía o un obstáculo, sino una
<italic>categoría estructural</italic> de la praxis, un punto de
inflexión existencial que exige interpretación y sentido. Detengámonos
un momento en este último aspecto, en particular respecto de las
implicancias éticas de esta tesis central. Si efectivamente, como nos lo
señala el autor, lo decisivo del azar no es la dimensión estadística de
lo fortuito, sino cómo integramos en una narración significativa lo
incomprensible, entonces quizá la pregunta ética fundamental, como lo
sugieren las conclusiones, es: ¿cómo comprender entonces lo sucede fuera
de nuestros designios y cómo integrar en un <italic>ethos
narrativo</italic> lo incomprensible? Tradicionalmente la ética ha sido
entendida desde el dominio de nuestras posibilidades de deliberación y
elección; finalmente no tendría ningún sentido cualquier forma de
responsabilidad moral si no tuviésemos ninguna capacidad de decisión.
Sin embargo, ¿Qué hacer con lo que nos pasa y</p>
<p>no decidimos?, ¿Podemos decidir respecto de lo que no decidimos?
Posiblemente la ética no tenga tanto que ver con lo hacemos
<italic>simpliciter</italic>, sino con lo que podemos hacer con lo que
no hacemos. Integrar en un orden sentido la irrupción del sinsentido
parece ser una tarea ética fundamental. Probablemente una ética plena y
efectivamente real – prudencialmente circunstanciada - sea aquella cuya
entraña existencial sea justamente un enfrentamiento virtuoso con lo no
dado, con lo radicalmente indisponible. Finalmente, ¿no son acaso los
actos fundacionales de toda narración vital radicalmente indisponibles,
como el nacimiento y la muerte? Para prolongar una metáfora de
Aristóteles y quizá también para radicalizarlo: acaso el buen zapatero
no sea tanto el que hace buenos zapatos, cuanto el que hace los mejores
de acuerdo con el cuero de que dispone. Es esta <italic>ética de lo
indisponible</italic> la que nos propone el notable libro de Iván de los
Ríos, libro que debiera constituirse, tanto por su arresto como por su
rigor, en una referencia obligada sobre el problema del azar en
Aristóteles.</p>
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