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      <journal-id journal-id-type="publisher">ARIS</journal-id>
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        <journal-title specific-use="original" xml:lang="es">Arte, Individuo y Sociedad</journal-title>
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      <issn publication-format="electronic">1131-5598</issn>
      <issn-l>1131-5598</issn-l>
      <publisher>
        <publisher-name>Ediciones Complutense</publisher-name>
        <publisher-loc> España </publisher-loc>
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      <article-id pub-id-type="doi">10.5209/aris.99337</article-id>
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          <subject>Artículos</subject>
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      <title-group>
        <article-title>Revisando el happening: crueldad y erotismo
          a la luz de Susan Sontag</article-title>
        <trans-title-group xml:lang="en">
          <trans-title>Revisiting the Happening: Cruelty and Eroticism
            Through the Lens of Susan Sontag</trans-title>
        </trans-title-group>
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        <contrib contrib-type="author" corresp="yes">
          <contrib-id contrib-id-type="orcid">https://orcid.org/0000-0001-5190-1202</contrib-id>
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            <surname>Casado-Chamizo</surname>
            <given-names>Sergio</given-names>
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          <institution content-type="original">Universidad de Salamanca</institution>
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      <author-notes>
        <corresp id="cor1">Sergio Casado-Chamizo<email>s.casado@usal.es</email></corresp>
      </author-notes>
      <pub-date date-type="pub" publication-format="electronic" iso-8601-date="2025-07-03">
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        <year>2025</year>
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      <volume>37</volume>
      <issue>3</issue>
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        <date date-type="accepted" iso-8601-date="2025-03-16">
          <day>16</day>
          <month>03</month>
          <year>2025</year>
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        <copyright-statement>© 2025 Universidad Complutense de Madrid</copyright-statement>
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          <license-p>Esta obra está bajo una licencia <ext-link ext-link-type="uri"
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              4.0 International</ext-link></license-p>
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      </permissions>
      <abstract>
        <p>Este trabajo explora las influencias sociales del teatro de la crueldad de Antonin Artaud en el
          happening que Susan Sontag analiza a través de una conexión con el teatro didáctico de Bertolt Brecht. Para
          este fin, nos adentramos en la crítica que Sontag lleva a cabo de la obra La persecución y asesinato de Jean-
          Paul Marat de Peter Weiss y su adaptación cinematográfica Marat/Sade de Peter Brook, destacando cómo
          ambas obras sumergen al público en una experiencia sensorial intensa y violenta, siguiendo las premisas del
          teatro de la crueldad de Artaud. Desde aquí, seguimos el hilo que Sontag nos propone en su análisis acerca
          del happening como arte de yuxtaposición radical para desentrañar la dimensión disruptiva y surrealista
          de este fenómeno. Con esto, Sontag busca posicionarnos tanto en la manifestación performativa de las
          tesis de Artaud, como en una relación crítica del espectador con la obra de arte potenciada por el dolor y el
          nerviosismo. Con todo, proponemos que esas dinámicas sociales sobre las que reflexiona Sontag abordan
          una relación estética y emocional entre el arte y el público, promoviendo una respuesta visceral y crítica más
          allá de un mero didactismo acerca de la situación de los sujetos políticos.</p>
      </abstract>
      <trans-abstract xml:lang="en">
        <p>This paper explores the social influences of Antonin Artaud’s theater of cruelty on the happening as
          analyzed by Susan Sontag, through a connection with Bertolt Brecht’s didactic theater. To this end, we delve
          into the Sontag’s critique of Peter Weiss’s play The Persecution and Assassination of Jean-Paul Marat and its
          film adaptation Marat/Sade by Peter Brook, highlighting how both works immerse the audience in an intense
          and violent sensory experience, in line with the principles of Artaud’s theater of cruelty. From here, we follow
          the thread that Sontag proposes in her analysis of the happening as an art of radical juxtaposition, aiming to
          unravel the disruptive and surrealist dimension of this phenomenon. In doing so, Sontag seeks to position
          us both in the performative manifestation of Artaud’s theses and in a critical relationship between the viewer
          and the artwork, heightened by pain and unease. Ultimately, we propose that the social dynamics Sontag
          reflects upon suggest an aesthetic and emotional relationship between art and the audience, fostering a
          visceral and critical response that goes beyond mere didacticism about the condition of political subjects.
          Keywords. happening, Susan Sontag, Brechtian didacticism, theatre of cruelty, Antonin Artaud.</p>
      </trans-abstract>
      <kwd-group>
        <kwd>happening</kwd>
        <kwd>Susan Sontag</kwd>
        <kwd>didactismo Brechtiano</kwd>
        <kwd>teatro de la crueldad</kwd>
        <kwd>Antonin Artaud</kwd>
      </kwd-group>
      <kwd-group xml:lang="en">
        <kwd>happening</kwd>
        <kwd>Susan Sontag</kwd>
        <kwd>Brechtian didacticism</kwd>
        <kwd>theatre of cruelty</kwd>
        <kwd>Antonin Artaud</kwd>
      </kwd-group>
    </article-meta>
  </front>
<body>
<sec id="sec1">
  <title>1. ¿Dónde quedaron los happenings?</title>
  <p>La pregunta casi parece una frivolidad. Es como si cuestionarnos
  por el lugar que han dejado las manifestaciones estéticas y productos
  culturales de un determinado momento supusiera pensar que han pasado a
  mejor vida sin más. Sin embargo, cuando nos adentramos en el espacio
  de las artes performativas, emerge cierta ambivalencia entre lo que ya
  no está y lo que decimos acerca de lo que hay. Creo que la cuestión
  merece un poco más de respeto y menos cinismo cuando hablamos de
  manifestaciones estéticas que se han llevado vidas por delante. Casos
  paradigmáticos son los de la performer italiana Pippa Bacca y el del
  español Abel Azcona.</p>
  <p>El 8 de marzo de 2008, Pippa Bacca emprendió un acto performativo
  junto a la artista Silvia Moro. Ambas se vistieron de novias y
  partieron de Milán hacia Jerusalén, con el objetivo de promover la
  paz, el amor y la confianza entre países tensionados por conflictos
  bélicos. Sin embargo, al llegar a Estambul, Bacca fue violada y
  asesinada en un acto de violencia machista en Gezbe (Léger, 2023).
  Este trágico desenlace no solo interrumpió su performance, sino que
  también transformó su obra en un testimonio crudo de los riesgos que
  enfrentan las mujeres en contextos de violencia estructural. Por su
  parte, Abel Azcona ha utilizado su cuerpo y su historia personal como
  herramientas para denunciar abusos y violencias sistémicas. En su obra
  <italic>Abel Azcona. Mis familias. 1988-2024</italic>, el artista
  presenta las 138 páginas del expediente judicial que detalla la
  violencia que sufrió desde los tres años. En otra de sus acciones,
  <italic>Amén o La Pederastia</italic>, Azcona dispuso 242 hostias
  consagradas para formar la palabra «pederastia», cada una de ellas
  asociada a casos de abuso sexual en la Iglesia católica, junto con la
  fecha y la ciudad en que ocurrieron. Esta obra no solo generó
  controversia, sino que también desató demandas legales por parte de
  Abogados Cristianos. Azcona reflexiona sobre esto:</p>
  <disp-quote>
    <p>Al final, en mis piezas procesuales convierto también en artistas
    a esos señores y señoras ultracatóli- cos con sus cruces de madera,
    son también <italic>performers</italic>, igual hasta mejores que yo.
    En este país hay dos ámbitos que son absolutamente performativos, la
    tauromaquia y la religión católica (Hermoso, 2024, s.p.).</p>
  </disp-quote>
  <p>En ambos casos, la performance se convierte en un vehículo para
  exponer y confrontar la violencia, pero también se ven desbordadas por
  ella, generando una perspectiva paralela que trasciende el acto
  artístico inicial. Esta dinámica es precisamente lo que Susan Sontag
  explora en su análisis de las artes performativas, particularmente en
  relación con el happening. Sontag se detiene en la complejidad de las
  interrelaciones entre el acto estético, el artista y el espectador,
  destacando cómo estas manifestaciones buscan “molestar” al público,
  perturbando sus expectativas y provocando una respuesta erótica.</p>
  <p>En su ensayo “Contra la interpretación”, Sontag reflexiona sobre el
  papel del espectador y la influencia que ejerce la obra de arte sobre
  su posición. Al abrir su compendio de ensayos con este texto, la
  autora propone una línea de pensamiento que atraviesa todo el libro y
  que, para este trabajo, servirá como eje central: “En lugar de una
  hermenéutica, necesitamos una erótica del arte” (Sontag, 2019d, p.
  27). Esta afirmación, más allá de las interpretaciones que pueda
  suscitar, plantea una reflexión profunda sobre un tipo de relación
  alternativa entre la obra y la audiencia (Fulk, 2021, p. 30). Sin
  embargo, si nuestra intención es la de desentrañar esa dimensión
  relacional siguiendo este requisito erótico, es crucial considerar las
  particularidades vinculadas a la noción de crueldad, especialmente en
  los textos de Sontag sobre Antonin Artaud.</p>
  <p>Este artículo explora las posibilidades relacionales y sus
  implicaciones sociales a través de la crueldad en el análisis de
  Sontag sobre el happening. El objetivo es comprender su potencial
  emancipador desde enfoques alternativos de relación. Siguiendo su
  argumento, examinaremos cómo Sontag vincula este fenómeno con el
  teatro de la crueldad de Artaud, entendiendo la violencia como un
  vínculo teórico y práctico con la realidad política. La crueldad
  permite una relación emancipatoria entre los sujetos públicos,
  especialmente en el análisis de Sontag sobre <italic>La persecución y
  asesinato de Jean-Paul Marat representada por el grupo teatral de la
  casa de salud mental de Charenton bajo la dirección del Marqués de
  Sade</italic> de Peter Weiss, en relación con la película
  <italic>Marat/Sade</italic> de Peter Brook. Sontag ya pone en
  evidencia la relevancia de ambas obras con respecto a nuestra
  intención y nos sitúa en el análisis a desarrollar: “El drama de Weiss
  más parece tratar del nivel de sensibilidad que la moderna experiencia
  implica, pone en juego, que de un razonamiento o una interpretación de
  esa experiencia. Weiss, más que presentar ideas, sumerge al público en
  ellas” (Sontag, 2019b, p. 216). Así, nuestro análisis incluirá las
  indicaciones de Artaud sobre la crueldad y su conexión con el
  espectador. Desde este enfoque, exploraremos cómo las artes
  performativas, en su dimensión violenta y disruptiva, pueden actuar
  como herramientas de emancipación y crítica social, desafiando las
  estructuras de poder y las narrativas dominantes.</p>
</sec>
<sec id="sec2">
  <title>2. A vueltas con Artaud: crueldad didáctica en Marat/Sade</title>
  <p>En este recorrido a través del análisis de los textos en los que
  Susan Sontag examina la propuesta de Antonin Artaud, nos centraremos
  en su crítica al <italic>Marat/Sade</italic> de Peter Weiss y su
  adaptación cinematográfica dirigida por Peter Brook. Este análisis nos
  permitirá comprender los puntos de anclaje que Sontag propone para
  desentrañar la dimensión social y relacional del teatro de la
  crueldad. En primer lugar, nos detendremos en los elementos que Sontag
  extrae de <italic>Marat/Sade</italic> para presentar su propuesta
  didáctica y su conexión con el teatro de la crueldad de Artaud.
  Posteriormente, exploraremos cómo el happening, como forma de arte
  performativo, expresa esta dimensión como un acto emancipatorio.</p>
  <p>La película <italic>Marat/Sade</italic> no es simplemente una reproducción de la obra de teatro
        de Weiss, sino que se inserta en un contexto en el que el cine y el teatro compartían
        registros similares. Peter Brook, en su adaptación cinematográfica, filmó la representación
        de la obra de Weiss, pero con una particularidad: incluyó al público como parte del filme.
        Mientras que en la obra de Weiss el público ya está presente, Brook añade una barrera que
        separa a los espectadores del escenario, donde los internos del manicomio de Charenton, bajo
        la dirección del Marqués de Sade, representan el asesinato de Jean-Paul Marat a manos de
        Charlotte Corday (Fig. <xref ref-type="fig" rid="fig1">1</xref>). Esta inclusión del público
        en la película crea una dinámica interesante, ya que nuestra perspectiva como audiencia está
        condicionada por la dirección de la cámara y su capacidad de dirigir nuestra mirada (Aumont,
        1997, p. 74).</p>
  <fig id="fig1">
    <caption><p>Figura 1. Fotograma de Marat/Sade de Peter Brook (1967). YouTube. Minuto 9:44.</p></caption>
    <graphic mimetype="image" mime-subtype="jpeg" xlink:href="media/image1.jpeg" />
  </fig>
  <p>A pesar de la distancia entre el escenario y el público, el juego de perspectivas siempre nos
        revela algo o nos plantea preguntas. Tanto en la obra de teatro como en la película, estamos
        ante una representación metateatral en la que los sujetos externos actúan como satélites que
        interfieren en nuestro punto de vista y nos revelan aspectos que merecen atención. La
        historia, ya conocida, se centra en el asesinato de Marat por parte de Corday en 1808, un
        acto que Sade dirige dentro del manicomio, explorando las dimensiones psicológicas de los
        individuos y los discursos revolucionarios de Marat. Weiss y Brook enfatizan los debates
        entre Marat y Sade, así como las interrupciones del supervisor Coulmier, partidario del
        gobierno napoleónico, y de los internos y enfermeras, quienes buscan restablecer el orden.
        Este gesto revela un discurso racional interrumpido por arrebatos de locura, creando un eje
        didáctico que se manifiesta a través del maestro de ceremonias (Fig. <xref ref-type="fig"
          rid="fig2">2</xref>) y de los personajes que llaman al público a una reflexión política
        (Fig. <xref ref-type="fig" rid="fig3">3</xref>). Sin embargo, este gesto didáctico se ve
        constantemente eclipsado por interrupciones que rompen la lógica del discurso, produciendo
        una sensación de extrañamiento en el espectador.</p>
  <fig id="fig2">
    <caption><p>Figura 2. Fotograma de Marat/Sade de Peter Brook (1967).
    YouTube. Minuto 6:21</p></caption>
    <graphic mimetype="image" mime-subtype="jpeg" xlink:href="media/image2.jpeg" />
  </fig>
  <fig id="fig3">
    <caption><p>Figura 3. Fotograma de Marat/Sade de Peter Brook (1967).
    YouTube. Minuto 1:54:28</p></caption>
    <graphic mimetype="image" mime-subtype="jpeg" xlink:href="media/image3.jpeg" />
  </fig>
  <p>El culmen de este gesto de extrañamiento lo encontramos al final.
  Después de los debates entre Marat y Sade sobre la libertad y los
  intentos de avanzar hacia el asesinato del primero por parte de
  Corday, el desenlace no sigue una lógica narrativa convencional. En
  lugar de concluir con la muerte de Marat, la obra culmina con un
  desbordamiento de locura: los internos de Charenton se lanzan hacia el
  público, invadiendo el espacio y rompiendo la barrera entre la ficción
  y la realidad. Este gesto final, que Sontag analiza como un acto de
  crueldad, va más allá del didactismo brechtiano, buscando impactar
  directamente al espectador (Gómez García, 2019, p. 40). Este
  didactismo, inspirado en las técnicas de Bertolt Brecht, se
  caracteriza por un gesto de extrañamiento o distanciamiento que tiene
  sus raíces en el formalismo ruso de Shklovski. Brecht buscaba
  presentar ideas sociales y políticas de manera fragmentaria, rompiendo
  con la lógica narrativa tradicional para evitar que el espectador se
  identificara emocionalmente con los personajes y, en su lugar,
  fomentar un compromiso político y una reflexión crítica. En
  <italic>Marat/Sade</italic>, este gesto didáctico se entrelaza con la
  crueldad artaudiana, creando una experiencia que no solo distanciaba
  al espectador, sino que también lo confrontaba con la violencia y el
  caos de la representación.</p>
  <p>Desde el principio hasta el final, tanto la obra de Weiss como la
  película de Brook están atravesadas por un gesto didáctico para
  promover un debate ideológico en torno a la Libertad y las ideas
  revolucionarias de la Modernidad; sin embargo, este gesto se ve
  constantemente interrumpido por la locura y la violencia, lo que
  molesta al espectador y lo obliga a tomar conciencia de las
  incoherencias y contradicciones de las demandas revolucionarias. De
  esta manera, la obra de Weiss y Brook se basa en una estructura que
  atraviesa la historia y se inserta, como señala Sontag, en su
  actualidad:</p>
  <disp-quote>
    <p>La obra de Weiss es también una obra de tesis, […] es un debate
    entre Sade, desde su silla, y Marat, desde su bañera, sobre el
    significado de la Revolución francesa, es decir, sobre las premisas
    psico­lógicas y políticas de la historia moderna, pero visto desde
    una sensibilidad muy moderna, una sen­sibilidad reforzada por la
    experiencia de los horrores de los campos de concentración nazi
    (Sontag, 2019a, p. 216).</p>
  </disp-quote>
  <p>Lo que revela este gesto y su ejecución es una función que
  trasciende los aspectos didácticos y reflexivos de la historia que
  Sade representa bajo las directrices del régimen de Napoleón. Por un
  lado, revela el carácter paternalista e hipócrita del régimen y, por
  otro, emplea medios dentro de la narración que incitan al nerviosismo
  a través de interrupciones, gritos y, sobre todo, el uso de la
  violencia (Diyaiy, 2015). Lo que se revela es un ataque a los ideales
  de la Modernidad racionalista mediante figuras y recursos que invitan
  al espectador a realizar un ejercicio crítico (Gómez García, 2019, pp.
  38-39).</p>
  <p>A través de esta metodología, <italic>Marat/Sade</italic> nos
  traslada a una posición de extrañeza que pone en peligro la pasividad
  del espectador. De este modo, lejos de proponer una posición
  placentera, lo que la obra busca es evitar percepciones automatizadas,
  añadiendo la distancia didáctica de Brecht, para presentar tensiones
  que obliguen al espectador a reflexionar y tomar partido. Sin embargo,
  la propuesta de Weiss y Brook no se limita a un juego de ideas
  conflictivas, sino que se adentra en un espacio de violencia: “Weiss
  considera <italic>Marat/Sade</italic>, con su violencia física, sus
  ideas intelectuales y su impacto abrumador, como una purga
  revolucionaria de la sociedad” (Diyaiy, 2015, p. 195). Esta situación
  se manifiesta al comprender que no solo presenciamos un choque de
  ideas y su expresión violenta en un espacio controlado, sino que la
  escena a menudo parece desbordarse. La tensión constante surge de la
  ruptura del argumento por los pacientes y la violencia con que son
  contenidos. Este extrañamiento inquieta y afecta al espectador,
  culminando en un proceso donde la violencia se transforma en
  crueldad:</p>
  <disp-quote>
    <p>Aquí, el camino hacia el autoconocimiento se presenta como
    doloroso, como levantarse a uno mismo tirando de su propio cabello,
    pero implica, como resultado, ver el mundo con nuevos ojos. Esto
    podría ser una descripción de <italic>Marat/Sade</italic> en
    términos de su visión de la historia o en relación con la crueldad
    en uno mismo y en los demás (White, 1968, p. 444).</p>
  </disp-quote>
  <p>Esta ejecución de la crueldad, que sobrepasa los principios de
  extrañamiento de Brecht pero que se entrelazada con el didactismo, es
  lo que despierta el interés de Sontag y permite la apertura en los
  regímenes de recepción de la obra que tratamos de señalar.</p>
  <p>De este primer acercamiento podemos extraer que la distancia
  brechtiana en <italic>Marat/Sade</italic> comparte espacio con la
  experiencia de la locura y lo abyecto. Todo esto culmina en el momento
  final, tras el asesinato de Marat, en el que los pacientes se
  abalanzan contra el público y esa violencia se traduce en crueldad. En
  este instante, la extrañeza que caracteriza la obra alcanza su punto
  álgido: la barrera entre ficción y realidad se rompe, y los personajes
  invaden el espacio del espectador para herirlo. La obra de Weiss
  concluye con una mutación radical de los roles, donde la crueldad
  integra al público en la escena, borrando los límites entre observador
  y participante. Con todo esto, Sontag no analiza la obra de Weiss y la
  película de Brook como un conjunto desordenado de críticas al estilo
  representacional de la tradición occidental, sino que su enfoque se
  centra específicamente en la crueldad como mecanismo de relación entre
  artista, espectador y experiencia estética. De este modo, Sontag
  concluye que, si bien se pueden establecer salvedades puntuales, Weiss
  ha desarrollado en su obra de teatro una expresión del teatro de la
  crueldad de Antonin Artaud.</p>
  <p>En <italic>El teatro y su doble</italic>, Artaud (2017) desarrolla
  una nueva concepción escénica y teórica del teatro a través de una
  reconsideración relacional. En particular, en el manifiesto “El teatro
  de la crueldad”, plantea una vivencia teatral transformadora con
  profundidad filosófica y metafísica: “El teatro debe perseguir por
  todos los medios un replanteamiento, no sólo de todos los aspectos del
  mundo objetivo y descriptivo externo, sino también del mundo interno,
  es decir del hombre considerado metafísicamente” (p. 121). De este
  modo, en el espacio donde la locura se proyecta como una relación de
  tensión entre la mente y el cuerpo, las artes performativas nos
  permiten acceder a una estructura de significados mucho más profunda.
  La tensión de la escena explota en un caos cruel en el que no podemos
  encontrar ningún espacio confortable: “A partir de esta tensión surge
  su dramaturgia del colapso, en la que los términos oscilantes del
  cuerpo y la mente se entrelazan, generando violencia” (Cooper, 2003,
  p. 111). El acceso a la interioridad que Artaud propone no busca una
  filosofía suprasensible que aleje al cuerpo de la escena, sino una
  sincronía con el mundo material y sus relaciones primordiales. Este
  material anárquico de los sueños se expresa en la puesta en escena:
  “No se trata de suprimir la palabra hablada, sino de dar
  aproximadamente a las palabras la importancia que tienen en los
  sueños” (Artaud, 2017, p. 123).</p>
  <p>Es importante precisar que Artaud no entiende la “crueldad” como
  suplicio, sino como una crisis en la representación que activa en la
  audiencia un pensamiento sobre el cuerpo en relación con el
  acontecimiento: “las superficies de inscripción del cuerpo, así como
  su interioridad implícita, son enfatizadas. Somos introducidos
  directamente en los espacios ambiguos del cuerpo e invitados […] a
  rastrear su misteriosa relación con el lenguaje y el pensamiento” (p.
  115). Sontag toma esta idea y propone pensar más allá de las
  estructuras lógicas, formulando una reflexión filosófica que
  reivindica una respuesta política (Mitrano, 2022, pp. 74-75). La
  crueldad de Artaud fusiona la distancia teórica con una instancia
  afectiva y corporal, revelando la alienación impuesta por la
  conciencia hegeliana: “la mente no puede dejar de ser un objeto”
  (Sontag, 2007, p. 27). Así, la tensión lenguaje-pensamiento que señala
  Cooper no busca resolución, sino evidenciar la alienación mediante una
  estructura que (re)presente la violencia del mundo. De esta
  “fenomenología del sufrimiento” (p. 25) surge un programa de
  incitación social que no ofrece tranquilidad, sino que proyecta los
  dolores de la Modernidad y su reproducción de la violencia fascista.
  Este esfuerzo por mostrar la miseria histórica es donde Weiss y Brook
  convergen con Artaud y representan en <italic>Marat/Sade</italic> las
  tesis del teatro de la crueldad: “De ahí el enorme interés de
  <italic>Marat/Sade</italic>, pues, más que ninguna otra forma del
  teatro moderno que yo conozca, se acerca a las dimensiones, así como a
  las intenciones, del teatro de Artaud” (Sontag, 2019a, p. 225; cf.
  White, 1968, p. 441).</p>
  <p>Lo esencial en este punto es comprender que la obra de Weiss y
  Brook combina didactismo y crueldad para impactar al espectador,
  evidenciando las contradicciones de las revoluciones burguesas a
  través del teatro de la crueldad. Sontag destaca su función social y
  su conexión con el happening, analizando los recursos que Artaud
  introduce. La clave es cómo el arte performativo despierta una
  respuesta social. <italic>Marat/ Sade</italic> y su adaptación de
  Brook marcan un punto de inflexión que influye en el happening, donde
  Sontag reconoce similitudes con el programa de Artaud teatro de la
  crueldad como medio para interpelar al público y cuestionar el orden
  establecido:</p>
  <disp-quote>
    <p>El ejemplo más próximo [a las intenciones de Weiss] lo
    constituyen esos acontecimientos teatrales que tuvieron lugar en
    Nueva York y otras ciudades en los últimos cinco años, obra sobre
    todo de pinto­res (tales como Alan Kaprow, Claes Oldenburg, Jim Dine,
    Bob Whitman, Red Grooms, Robert Watts) y sin texto o, al menos, sin
    discurso inteligible, llamados <italic>happenings</italic> (Sontag,
    2019a, p. 225).</p>
  </disp-quote>
  <p>Bajo esta premisa, el happening se abre a los postulados de Artaud,
  desarrollando vías de crítica y emancipación social que Weiss exploró.
  Sontag utiliza <italic>Marat/Sade</italic> como puente para analizar
  cómo el happening, al igual que el teatro de la crueldad, busca una
  respuesta visceral y transformadora en el espectador. Lo que tendremos
  que comprobar en este punto es cómo el happening se abre a esos
  postulados y cómo desarrolla esas vías de crítica y emancipación
  social que Weiss desarrolló en su teatro.</p>
</sec>
<sec id="sec3">
  <title>3. Lo que sucede en un happening</title>
  <p>No es casualidad que Sontag aborde esta situación en un momento en
  el que los artistas del panorama neoyorquino comenzaron a experimentar
  con nuevas formas performativas. Weiss escribe su <italic>Marat/
  Sade</italic> en 1963, once años después de que John Cage presentara
  su <italic>Theater Piece Nº 1</italic> en colaboración con Robert
  Rauschenberg, considerada la primera manifestación del happening. Esta
  pieza de arte colaborativo es relevante porque introduce elementos
  centrales en las elaboraciones posteriores. En su artículo “Los
  happenings: un arte de yuxtaposición radical”, Sontag analiza estos
  elementos y señala que el fenómeno puede entenderse a través de la
  configuración del espacio y el tiempo:</p>
  <disp-quote>
    <p>Describir un happening a quienes no han visto ninguno obliga a
    explicar lo que no son los happenings. No transcurren
    <italic>sobre</italic> un escenario convencional, sino
    <italic>en</italic> un espacio abarrotado de objetos que pue­de ser
    construido, montado o encontrado, o las tres cosas a un tiempo
    (Sontag, 2019b, p. 337).</p>
  </disp-quote>
  <p>Resulta relevante esa anotación en la que señala que el happening solo puede ser descrito en
        negativo. Analizar y exponer algo sin detallarlo de forma explícita, moviéndose en los
        espacios sin cubrir por una definición, nos sitúa en una dimensión descentrada y marginal.
        La disposición del espectador en un no- lugar, donde múltiples acciones ocurren
        simultáneamente, acentúa el sentido crítico de extrañamiento. Más aún, estamos hablando de
        una forma de disposición en la que el espectador no tiene la facilidad para verlo todo. En
        el plano que solicitó William Fetterman (1996) para el <italic>Theater Piece Nº 1</italic>
        podemos comprobar el eje de coordenadas de la ejecución del happening (Fig. <xref
          ref-type="fig" rid="fig4">4</xref>). Según este esquema, varias acciones se desarrollan
        alrededor del público. Desde lecturas dramáticas hasta una representación de piano, pasando
        por la contemplación de las fotografías de Rochenberg, una lectura del propio Cage o una
        danza clásica por Merce Cunningham, el espacio queda ocupado en su totalidad por acciones
        inconexas y que interfieren con el espectador. Lo que llama la atención, a diferencia de lo
        que pasaba en la obra de Weiss, es que la audiencia está en el centro del espacio.</p>
  <fig id="fig4">
    <caption><p>Figura 4. Plano del happening que se llevó a cabo en
    Black Mountain College (1952), dibujado en 1989 por M. C. Richards,
    que muestra el espacio del público y las posiciones relativas de los
    artistas. Extraído de Fetterman, 1996, p. 100.</p></caption>
    <graphic mimetype="image" mime-subtype="jpeg" xlink:href="media/image4.jpeg" />
  </fig>
  <p>Con este esquema queda en evidencia el sentido de atravesar al
  espectador a través de la misma intención de molestarlo que
  encontramos en <italic>Marat/Sade</italic>. La originalidad y
  relevancia de esta disposición radica en su capacidad para
  desestabilizar la atención y proponer una escenografía caótica y
  carente de referencias convencionales. A través de elementos
  disonantes, esta propuesta busca generar una experiencia
  desconcertante y provocativa, similar a las exploraciones teatrales de
  Artaud: “La comparación más intrigante entre Cage y Artaud radica en
  la confirmación de que el caos o el azar son elementos integrales del
  acto creativo” (Fetterman, 1996, p. 37). En esta ejecución caótica en
  la que el sujeto espectador se posiciona en el centro de la acción nos
  dibuja un esquema sin referencias que trata de movilizar o inspirar
  una situación de fragilidad:</p>
  <disp-quote>
    <p>Por eso en el teatro de la crueldad el espectador está en el
    centro, y el espectáculo a su alrededor. En ese espectáculo la
    sonorización es constante: los sonidos, los ruidos, los gritos son
    escogidos ante todo por su calidad vibratoria, y luego por lo que
    ellos representan (Artaud, 2017, p. 93).</p>
  </disp-quote>
  <p>La audiencia se posiciona en el centro del happening de Cage sin
  más aspiración que la de contemplar un fenómeno estético y cultural.
  Sin embargo, el desarrollo del happening busca romper esas
  aspiraciones con una clara intención de atravesar a la audiencia
  mediante la violencia de los sonidos, las imágenes y los gestos que
  los artistas reproducen para quebrar esas aspiraciones. A pesar de
  esto, aún el espectador sigue jugando el papel que hasta el momento
  tenía como sujeto pasivo. La escena puede despertar determinadas
  reflexiones a la hora de incidir en esta vulnerabilidad ante un
  espacio violento, pero su posición sigue siendo la de contemplar
  escenas. Este paradigma cambia con Allan Kaprow, alumno de Cage y
  padre del happening, en <italic>18 Happenings in 6 Parts</italic>.
  Aquí, el público recibe indicaciones para transitar seis secciones de
  un espacio donde ocurren tres happenings simultáneamente. La acción
  combinaba diversas expresiones artísticas: pintores trazando figuras o
  una procesión de intérpretes con instrumentos y lecturas dramatizadas.
  La culminación fue un ejercicio de minimalismo sonoro: dos voces
  repitiendo monosílabos como “but” y “well”, mientras cuatro enormes
  pergaminos descendían lentamente. El doble repique de una campana
  marca el final del happening. Como se puede comprobar, ya no tenemos
  diferentes acontecimientos operando alrededor de la audiencia, sino
  que el público actúa y se relaciona con los objetos de tal manera que
  ellos mismos pasan a formar parte material en la ejecución de la
  obra:</p>
  <disp-quote>
    <p>Lo fundamental en un happening son los materiales. […] Esta
    preocupación por los materiales […] es también expresada en el uso o
    tratamiento de las personas, no tanto como “personajes”, cuanto como
    objetos materiales. En los happenings, las personas suelen aparecer
    como objetos (Sontag, 2019b, p. 342).</p>
  </disp-quote>
  <p>En esta relación singular del acontecimiento performativo con el
  espectador emerge la situación del happening con respecto al tiempo.
  El hecho de que los espectadores se encuentren dentro de la acción que
  los atraviesa sin una lógica establecido en su desarrollo, repercute
  en que no son capaces de saber, salvo que haya un elemento que así lo
  señale, la duración del happening (Sontag, 2019b, p. 340). Lo
  interesante de este hecho, en relación con el propio uso del espacio,
  recae en una doble situación que rompe cualquier posibilidad del
  espectador de poseer la obra:</p>
  <disp-quote>
    <p>Una de las formas en que los happenings establecen su libertad
    respecto del tiempo es mediante su deliberada fungibilidad. El
    pintor o escultor que realiza happenings no produce nada que se
    pueda comprar. No es posible comprar un happening; solo sufragarlo.
    Es consumido en el terreno. Esto pa­recería convertir los happenings
    en forma teatral, pues únicamente es posible asistir a una
    represen­tación teatral, pero no es posible llevársela a casa. Pero
    en el teatro hay un texto, una “partitura” com­pleta para la
    representación, que está impresa, y puede comprarse, y leerse, y
    posee una existencia independiente de cualquier representación
    (Sontag, 2019b, p. 341).</p>
  </disp-quote>
  <p>La imposibilidad de poseer la acción impide al espectador
  reflexionar de manera distante, forzándolo a experimentarla en
  regímenes específicos. Philip Auslander (2006) relaciona la
  performance con la intención de documentarla y poseerla
  fotográficamente. Concluye que la performance no debe entenderse desde
  una distancia ontológica, sino en su relación fenomenológica con el
  espectador: “Quizás la autenticidad del documento de la performance
  resida en su relación con el espectador más que con un evento
  supuestamente originario: tal vez su autoridad sea fenomenológica en
  lugar de ontológica” (p. 9). Desde esta perspectiva, se genera una
  situación orgánica donde la audiencia participa a través de la tensión
  y la violencia de un espacio que no le ofrece tranquilidad: “El
  lenguaje poético, lúdico y emancipador, puede romper con las
  actuaciones, alterar los ritmos dados, los papeles asignados, las
  experiencias mecanizadas” (Albarrán y Benéitez, 2018, p. 337). Una
  intención como esta pasa por reconciliar en el happening forma y
  contenido en un acontecimiento estético que toca directamente la
  realidad del público. En este punto, <italic>Marat/Sade</italic> de
  Weiss y el happening convergen más allá de lo técnico, abordando la
  opresión mediante mecanismos de incitación social: “estas imágenes de
  grupos humanos moviéndose en espacios siempre vigilados adquirían de
  inmediato connotaciones políticas” (p. 339). Para tratar esta
  dimensión política, los happenings despliegan un nerviosismo
  descontrolado y una desconexión con la lógica establecida que impactan
  directamente al espectador, enfrentándolo con el dolor de su
  alienación. Conque, si en la obra de Weiss conseguimos desentrañar ese
  sentido a través de la locura y la crueldad artaudiana, en los
  happenings podemos encontrar una relación entre actor y espectador que
  transita dinámicas de emancipación a través del dolor y la
  incomodidad:</p>
  <p>Quizá, el rasgo más sorprendente de los happenings sea el
  tratamiento (es la única palabra que cabe) que en ellos se dispensa al
  público. El suceso parece ideado para molestar y maltratar al público.
  Los actores pueden rociar con agua al público, o arrojarle calderilla
  o polvos para hacerle estornudar. Puede haber alguien que haga ruidos
  casi ensordecedores en un bidón o que agite una antorcha en dirección
  a los espectadores. Puede haber varias radios funcionando
  simultáneamente. El público puede ser obligado a permanecer de pie,
  con la mayor incomodidad, en una habitación abarrotada, o a disputarse
  el espacio en unos tablones dispuestos sobre unos palmos de agua. No
  se atiende al deseo del público de verlo todo. De hecho, este suele
  ser deliberadamente frustrado representando parte de los hechos en la
  penumbra, o haciéndolo en diferentes habitaciones a un tiempo (Sontag,
  2019b, p. 339).</p>
  <p>A través de esta correlación que propone Sontag, el manejo del
  espacio y el tiempo busca constantemente generar una experiencia
  incómoda y perturbadora para la audiencia. Si bien Artaud planteaba
  que la crueldad en el teatro debía situar al espectador en el centro,
  en esta dimensión política podemos afirmar, sin apartarnos de sus
  premisas, que la incomodidad y el dolor en el happening emergen como
  una estrategia disruptiva de reivindicación transversal:</p>
  <disp-quote>
    <p>Se establecerá una comunicación directa entre el espectador y el
    espectáculo, entre el actor y el es­pectador, ya que el espectador,
    situado en el centro mismo de la <italic>acción</italic>, se verá
    rodeado y atravesado por ella. Ese envolvimiento tiene su origen en
    la configuración misma de la sala (Artaud, 2017, pp. 126­127).</p>
  </disp-quote>
  <p>De modo que la crueldad que Artaud nos trata de exponer en la
  acción performativa es precisamente la situación de vernos arrastrados
  a un espacio y tiempo en el que nada es estable y todo está vinculado
  a una experiencia violenta de la locura “que se presente ante todo
  como un excepcional poder de derivación” (p. 94).</p>
  <p>En esta conexión con acciones que rompen con referencias estables,
  destaca la intención de trascender la psicología individual. Esto no
  implica desvincularse de la dimensión psicológica de los sujetos, sino
  comprender la acción desde lo colectivo. Se puede abordar desde la
  idea de “imaginación del desastre” que Sontag (2019c) plantea: “Desde
  un punto de vista psicológico, la imaginación del desastre no difiere
  en mucho de un período histórico a otro. Pero sí lo hace desde un
  punto de vista político y moral” (p. 288). Entender esta situación
  desde una vinculación política nos lleva precisamente a comprender que
  esta extraordinaria narración de la locura que experimentamos en la
  crueldad del happening se desarrolla a través de vínculos que se
  inscriben directamente en el cuerpo de los sujetos. El dolor que el
  público experimenta en el happening es ideológico, trata de incidir en
  una situación política, pero se inscribe dentro de una acción material
  del propio cuerpo en espacios y gestos violentos. Retomando la
  fenomenología de Auslander y el planteamiento de Sontag sobre el trato
  al espectador, la violencia ejercida sobre su cuerpo configura una
  experiencia relacional, que me permito denominar Este fenómeno
  aventura una experiencia relacional que me permito denominar
  “fenomenología del desastre”, con la que podemos acceder a esa
  situación de violencia estructural:</p>
  <disp-quote>
    <p>Liberar el cuerpo del artista, pero también el cuerpo del
    espectador que quiera hacer suyas estas acciones prospectando el
    mundo con otros sentidos hasta entonces alienados; liberarlo a
    través de ejercicios de autoexploración, mostrarlo como un organismo
    capaz de superar las limitaciones per­ceptivas impuestas por la razón
    instrumental que gobierna el mundo (Albarrán Diego, 2018, p.
    72).</p>
  </disp-quote>
  <p>Lo que resulta inquietante es pensar un espacio de violencia desde
  el cuerpo en el que sea necesario experimentar el dolor para llevar a
  cabo una conciencia de esa alienación: “Es imposible separar el cuerpo
  del espíritu, o los sentidos de la inteligencia, sobre todo en un
  dominio donde la fatiga sin cesar renovada de los órganos necesita
  bruscas e intensas sacudidas que reaviven nuestro entendimiento”
  (Artaud, 2017, p. 97). La vinculación política en este caso, como
  hemos señalado, parece desencadenar una dinámica que activa una
  relación esencial con lo estético que encuentra en el cuerpo su punto
  de articulación. Esta perspectiva sigue la línea de investigación de
  Artaud sobre la experiencia límite de la locura. Seguidamente,
  proponemos explorar esta relación para comprender las posibilidades
  transgresoras que emergen de un escenario que se aleja de los
  principios racionales, adentrándonos en una dimensión relacional que
  abre nuevas vías de emancipación social y política.</p>
</sec>
<sec id="sec4">
  <title>4. Una especie de experiencia emocional</title>
  <p>La vinculación desarrollada en <italic>Marat/Sade</italic> nos
  sitúa en una experiencia de extrañeza y tensión estructural que Sontag
  vincula no solo al extrañamiento brechtiano, sino también a una
  dimensión corporal marginada en los análisis estéticos tradicionales.
  Ante la búsqueda de una propuesta que permita comprender ese
  despliegue de energías corporales y profundas que trata de acceder
  controladoramente a la alienación de los sujetos a través de la escena
  y el acontecimiento estético, Sontag vuelve a encontrar en Artaud las
  indicaciones para desarrollar esta situación:</p>
  <p>Queremos transformar al teatro en una realidad verosímil, y que sea
  para el corazón y los sentidos esa especie de
  <italic>mordedura</italic> concreta que acompaña a toda verdadera
  sensación. Así como nos afectan los sueños, y la realidad afecta los
  sueños, creemos que las imágenes del pensamiento pueden identificarse
  con un sueño, que será eficaz si se lo proyecta con la violencia
  precisa. Y el público creerá en los sueños del teatro, si los acepta
  realmente como sueños y no como copia servil de la realidad, si le
  permiten liberar en él mismo la libertad mágica del sueño, que sólo
  puede reconocer impregnada de crueldad y terror (Artaud, 2017, pp.
  96-97)</p>
  <p>En este sentido, Sontag indaga más profundamente sobre cómo operan
  socialmente los happenings en relación con el surrealismo. Esta
  vinculación, como un espacio donde los sujetos son tocados —donde se
  produce esa “mordedura”—, adquiere una consistencia estética desde las
  posibilidades que atraviesa el arte vanguardista del siglo XX. El
  surrealismo se identifica en este punto con el happening, permitiendo
  desde sus recursos espaciales y temporales adentrarse en los márgenes
  de la representación: “La tradición surrealista en todas estas artes
  responde al propósito de destruir significados convencionales y crear
  nuevos significados o contrasignificados mediante la yuxtaposición
  radical (el ‘principio del collage’)” (Sontag, 2019b, pp. 344-345).
  Para desarrollar esto, la filósofa cierra el círculo y nos vuelve a
  situar en Artaud para comprender la forma de ejecución de este
  entramado surrealista en los happenings: “la mejor interpretación del
  principio surrealista empleado con la finalidad de aterrorizar, la
  encontramos en los escritos de Antonin Artaud” (pp. 347-348).</p>
  <p>El surrealismo que ampara esta situación onírica para Artaud no
  apunta a una trascendencia, sino a la inmanencia de la crueldad que
  nos incomoda a través de nuestra piel: “Sin un elemento de crueldad en
  la base de todo espectáculo, no es posible el teatro. En nuestro
  presente estado de degeneración, sólo por la piel puede entrarnos otra
  vez la metafísica en el espíritu” (p. 112). El enfoque fenomenológico
  vuelve a salir a nuestro encuentro al adentrarnos en el despliegue de
  acontecimientos en los que el cuerpo transita y abre espacios de
  reflexión desde la experiencia sensorial de ser tocados. Así, el
  acontecimiento estético y la alienación se insertan en un sentido
  afectivo:</p>
  <p>La afección es, ante todo, pasión y movimiento de la pasión, de una
  pasión cuya naturaleza es ‘tocar’: ser tocada, tocar a su vez, tocarse
  con el toque que viene de afuera, del toque que me toca y a través del
  cual yo toco (Nancy, 2017, p. 17).</p>
  <p>La recurrencia a Artaud, finalmente, pasa por centrar estos
  elementos en una relación visceral y metafísica desde un sentido
  erótico y sensual al que podemos acceder, entre otras formas, al
  representar esa exteriorización de la crueldad “donde se transponga el
  erotismo” (p. 113) para avanzar hacia un espacio de sensaciones
  límite. A través de la emocionalidad exacerbada, la crueldad y la
  corporalidad, buscamos sacudir al espectador, llevándolo más allá de
  una experiencia pasiva y didáctica, hacia un estado de conmoción y
  transformación:</p>
  <disp-quote>
    <p>al combinar el pensamiento racional o cuasi racional con la
    conducta irracional, no invita al público a emitir un juicio sobre
    el carácter, la competencia mental o el estado de ánimo de Sade. Más
    bien se inclina a un tipo de teatro centrado […] en las intensas
    emociones transpersonales suscitadas por los personajes. Ofrece una
    especie de experiencia emocional […] erótica (Sontag, 2019a, pp.
    220-221).</p>
  </disp-quote>
  <p>Más que una representación teórica, la relevancia reside en la
  inmersión emocional y somática de los participantes, trascendiendo la
  distancia estética. La experiencia no es tortura, sino la expresión
  del dolor de los sujetos alienados. Así, la escena se convierte en un
  fenómeno estético que ampara una experiencia comunitaria donde el
  espectador no puede permanecer ajeno: “El espectador quizá se apiade
  del dolor de quienes lo padecen […], pero son destinos que están más
  allá de la condena o la impugnación” (Sontag, 2010, p. 41). Aquí la
  audiencia no está solo ante el dolor de los demás, sino que es tocado
  emocional y corporalmente —afectivamente— por su dolor compartido:
  “Solo un cuerpo separado puede tocar” (Nancy, 2017, p. 16). Este
  efecto relacional y afectivo que el happening despliega se
  circunscribe a la toma de conciencia de las contingencias comunes que
  en escena son compartidas por la experiencia del dolor: “el deseo de
  Eros es crueldad en cuanto se alimenta de contingencias” (Artaud,
  2017, p. 118). A través de esta situación, el programa que hemos
  analizado termina por precipitar la demanda inicial de Sontag para una
  erótica del arte.</p>
  <p>Este aspecto de la expresión de una experiencia de carácter sensual
  y erótica ha sido ampliamente estudiado en la relación de Artaud y
  Weiss a través de la figura de Sade (Zenobi, 2017, p. 94); sin
  embargo, el requisito de la crueldad merece atención. Maggie Nelson
  (2020) se cuestiona sobre la legitimidad de reproducir esa crueldad en
  el arte. Nos insta a revisar esta lectura relacional de la crueldad
  por el peligro de ejecutar cínicamente una reproducción del dolor. Se
  vuelve necesario preguntar si asumir una respuesta crítica a través de
  la crueldad no sea una cierta forma de ingenuidad. En este sentido, la
  filósofa Sara Ahmed (2015) se centra en esta vinculación política de
  los afectos para situar nuestra vinculación en un soporte de
  posibilidades sin ambigüedad. Al igual que Sontag en “Contra la
  interpretación”, Ahmed llama a una relación crítica y corporal que
  hasta el momento había sido rechazada para excluir determinadas
  sensibilidades y formas de acceso a la subjetividad política:</p>
  <disp-quote>
    <p>Esta proyección de la “emoción” a los cuerpos de otros no solo
    funciona para excluirlos de los ámbitos del pensamiento y la
    racionalidad, sino también para ocultar los aspectos emocionales y
    corporizados del pensamiento y la razón. Como he sugerido […], las
    “verdades” de este mundo dependen de las emociones, de cómo mueven a
    los sujetos y los mantienen <italic>pegados</italic> (p. 258).</p>
  </disp-quote>
  <p>Ahmed y Sontag buscan una situación concreta dentro de esa fenomenología que podemos
        desarrollar desde cierto tipo de happenings. Yoko Ono invita al público en <italic>Cut
          Piece</italic> (Fig. <xref ref-type="fig" rid="fig5">5</xref>) a subir al escenario para
        cortar partes de su vestido y participar activamente en el acto violento de desnudar un
        cuerpo. A la vez, las personas del público podían cortarse la ropa mutuamente. Este enfoque
        feminista nos permite analizar la relación entre sensualidad, violencia y dolor en la que el
        espectador se reconoce afectado a través del cuerpo del otro: “También es inquietante lo
        erótico de esta performance. Anhelo ver caer su ropa, ver sus senos expuestos, pero también
        siento un creciente sentido de alarma, empatía e injusticia al ver su cuerpo vulnerado”
        (Nelson, 2020, p. 76). Lo que se manifiesta es esa imposibilidad de vernos indiferentes ante
        un cuerpo violentado en el que podemos reconocernos. En este sentido, Sontag apunta al
        peligro que supone la figura que interfiere en la experiencia artística para neutralizar su
        impacto crítico y relacional: “Al reducir la obra de arte a su contenido para luego
        interpretar <italic>aquello</italic>, domesticamos la obra de arte. La interpretación hace
        manejable y maleable el arte” (Sontag, 2019d, p. 19). Así, se impone una colonización del
        fenómeno estético mediante una enajenación discursiva que desactiva su potencia
        transformadora. Frente a esto, Sontag propone una lectura que priorice la dimensión
        sensorial de la obra y su conexión directa con el espectador: “El valor más alto y más
        liberador en el arte —y en la crítica— de hoy es la <italic>transparencia</italic>. La
        transparencia supone experimentar la luminosidad del objeto en sí, de las cosas tal como
        son” (p. 26). En este marco, la transparencia y la sensualidad configuran el acontecimiento
        estético como un espacio de afecto y tensión que, como ha subrayado Mena Mitrano (2022), no
        implica una primacía de la forma sobre el contenido, sino una nitidez que evidencia el dolor
        de no poder apropiarse del cuerpo de la obra:</p>
  <disp-quote>
    <p>La transparencia celebra la “cosa” envuelta en luminosidad en el
    acto de sustraerse a la traducción, más allá de la arbitrariedad de
    los actos de excavación semántica, para defender una recepción de la
    obra que interrumpe su apropiación por parte del pensamiento y
    trabaja con la percepción de un tránsito incompleto hacia la
    construcción conceptual (p. 99).</p>
  </disp-quote>
  <fig id="fig5">
    <caption><p>Figura 5. Yoko Ono. Cut Pieces (1964). Carnegie Recital
    Hall, Nueva York. Fotografía de Minoru Niizuma. ©Yoko
    Ono.</p></caption>
    <graphic mimetype="image" mime-subtype="jpeg" xlink:href="media/image5.jpeg" />
  </fig>
  <p>Efectivamente. Si Artaud nos señalaba que el teatro debía
  proporcionar “al espectador verdaderos precipitados de sueños”, es
  decir, cuando permite que desde la escena pueda relacionarse con “su
  gusto por el crimen, sus obsesiones eróticas, su salvajismo, sus
  quimeras, su sentido utópico de la vida y de las cosas y hasta su
  canibalismo” (Artaud, 2017, p. 121), es porque la crueldad del espacio
  performativo toca el cuerpo, como hacen los happenings, para movilizar
  mediante el nerviosismo la conciencia social y política de los sujetos
  alienados: “está ligado a lo que nos hace sudar, estremecernos,
  temblar, todos esos sentimientos que se sienten, de manera crucial, en
  la superficie del cuerpo, la superficie de la piel con la que tocamos
  y nos toca el mundo” (Ahmed, 2015, p. 260). En este cruce de crueldad
  y sensualidad, Sontag identifica una respuesta emocional profundamente
  erótica y transformadora para el espectador:</p>
  <disp-quote>
    <p>Sontag identifica una fase poco estudiada de la experiencia
    estética, la fase en la que […] el especta­dor-lector, absorto frente
    a la obra, se pierde a sí mismo y se convierte en algo distinto de
    sí. Sontag se refiere a la condición del espectador absorto como a
    “un estado de sometimiento o seducción” (Mitrano, 2022, p. 81).</p>
  </disp-quote>
  <p>Esta experiencia no solo se dirige al dolor individual, sino que
  también evidencia el sufrimiento colectivo, expresando un deseo de
  conexión y liberación a través del cuerpo creando redes afectivas que
  nos permitan transitar esa crueldad transformadora sin que nuestra
  vulnerabilidad acabe con nuestra agencia:</p>
  <disp-quote>
    <p>Una red afectiva es aquello que, cuando andas por la cuerda floja
    y caes, evita que te mates. Literal­mente. Es aquel lugar esponjoso
    que amortigua tu caída al vacío, que se come el golpe contigo, que
    atenúa el derrumbe haciendo de las piedras, plumas. Que te permite
    resoplar, levantarte, sacudirte el polvo enganchado a la ropa, y
    seguir. Sin sangre irrecuperable, sin fracturas inviables, sin
    vísceras deterioradas para siempre (Vasallo, 2020, p. 81).</p>
  </disp-quote>
  <p>En este sentido, los performers que hacen happening buscan en ese
  nerviosismo de las imágenes y los sonidos modos de ejecutar una
  ruptura del tiempo y el espacio para propiciar el desarrollo de esa
  estructura reticular (Sontag, 2019b, p. 340). El dolor colectivo de
  los sujetos alienados permite un reconocimiento que nos organiza
  políticamente en una acción colectiva. En este sentido, el happening y
  el arte performativo despliegan una red afectiva, como señala Brigitte
  Vasallo (2020), donde nos vinculamos mediante una anarquía relacional:
  “también es el deseo de hacer de este vértigo un auténtico movimiento
  terrorista, hacer de nuestro cuerpo y nuestros afectos una amenaza a
  los cimientos mismos de las relaciones capitalistas, del sistema
  sexo-género monógamo, de los privilegios raciales y de clase” (p.
  200). Esta relación que se abre en el encuentro estético entre los
  cuerpos se convierte en un espacio de exploración del dolor personal y
  compartido, así como de los deseos de emancipación y acción. Permite
  tocar la realidad sin representaciones desvirtualizadas por la razón
  instrumental que sufren los sujetos alienados, generando redes
  colectivas basadas en la afectividad para desarrollar relaciones
  eróticas políticamente subversivas.</p>
</sec>
<sec id="sec5">
  <title>5. Conclusiones</title>
  <p>A lo largo de este texto hemos señalado desde el análisis que nos
  propone Susan Sontag cómo en los happenings se despliega una intención
  dolorosa vinculada social y políticamente a través de la noción de
  crueldad que propone Artaud. Este enfoque se vincula en primera
  instancia a una tendencia didáctica al estilo de Bertolt Brecht, sin
  embargo, desde la obra de Peter Weiss y la película de Peter Brook
  <italic>Marat/ Sade</italic>, es posible percibir un proceso de
  incitación mucho más complejo. De lo que se trata es de mostrar el
  despliegue de un fenómeno que pone en entredicho las estructuras
  sociales y políticas que alienan a los sujetos a través de una
  vivencia extrema de forma controlada en la escena:</p>
  <disp-quote>
    <p>Cuanto ocurre en los happenings no hace sino seguir la receta de
    Artaud de un espectáculo que elimine el escenario, es decir, la
    distancia entre espectadores y actores, y “envuelva físicamente al
    espectador’. En los happenings, esta cabeza de turco es el público
    (Sontag, 2019c, p. 350).</p>
  </disp-quote>
  <p>Esta situación nos ha mostrado que desde el happening es posible,
  por un lado, proponer una tensión dolorosa que toca directamente a la
  audiencia para despertar, a través de los mecanismos que desarrolla
  Artaud, una situación de autoconocimiento; y, por otro lado, construir
  conjuntamente una respuesta política que se pueda reconocer como
  emancipatoria a través de ese ejercicio común. Esta comunidad que
  engendra el teatro de la crueldad a través de los happenings favorece
  una situación afectiva entre los sujetos que evidencia la necesidad de
  desembarazarnos de estructuras relacionales que reproducen
  sistémicamente los mecanismos alienantes del capitalismo neoliberal.
  Nuestra propuesta pasa por señalar cómo el arte permite que se
  propicien esos espacios de anarquía relacional o de relaciones
  alternativas que pongan en el centro las redes afectivas que
  configuran poderosas formas de respuesta social ante ese sistema que
  ampara los privilegios burgueses.</p>
  <p>De lo que se trata, a fin de cuentas, es de situarnos en una
  dimensión del arte social que cumpla esa demanda acerca de una erótica
  del arte que termina por ser políticamente militante y que se ampara
  en un requisito que la propia Sontag señaló: “el verdadero arte tiene
  el poder de ponernos nerviosos” (Sontag, 2019d, p. 19). La propuesta
  que hemos traído a colación pasa por reconocer en los happenings esa
  dimensión estética y política que demanda la autora en el despliegue
  de una situación fenomenológica que comunica afectivamente a los
  sujetos en aras de engendrar vías críticas de transformación social.
  Ese nerviosismo que inicia esta situación no solo apunta a un modo de
  infringir miedo, sino que supone una situación y una posición crítica
  desde la que participamos en la obra de arte. En última instancia, de
  lo que se trata es de desbordar eróticamente las fronteras del prisma
  interpretativo artista-arte-espectador y proponer dinámicas abiertas a
  otras formas de participación que no se ampare en la colonización de
  nuestra experiencia política ni en la neutralización de nuestra
  potencia de transformación social.</p>
</sec>
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