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      <journal-id journal-id-type="publisher">ARIS</journal-id>
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        <journal-title specific-use="original" xml:lang="es">Arte, Individuo y Sociedad</journal-title>
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      <issn-l>1131-5598</issn-l>
      <publisher>
        <publisher-name>Ediciones Complutense</publisher-name>
        <publisher-loc> España </publisher-loc>
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      <article-id pub-id-type="doi">10.5209/aris.98844</article-id>
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          <subject>Artículos</subject>
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        <article-title>Que mi dolor resida en tu cuerpo: mujeres, arte y desaparición forzada en México<xref ref-type="fn"
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          <trans-title>May my pain reside in your body: women, art and forced disappearance in Mexico</trans-title>
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            <surname>Lio</surname>
            <given-names>Melisa</given-names>
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          <institution content-type="original">Universidad Autónoma de Estado de Morelos (UAEM), México</institution>
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      <author-notes>
        <corresp id="cor1">Melisa Lio<email>melisa.lio@uaem.edu.mx</email></corresp>
      </author-notes> 
      <pub-date date-type="pub" publication-format="electronic" iso-8601-date="2025-04-01">
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        <year>2025</year>
      </pub-date>
      <volume>37</volume>
      <issue>2</issue>
      <fpage>329</fpage>
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          <license-p>Este artículo se publica bajo la licencia CC-BY 4.0.
            https://creativecommons.org/licenses/by/4.0/</license-p>
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      <abstract>
        <p>El presente artículo analiza los proyectos de dos mujeres artistas que trabajan con
          colectivos de madres buscadoras en México. Laura Valencia (1974) y Fabiola Rayas Chávez
          (1985). El objetivo de este artículo es estudiar cómo a lo largo de su trabajo se han
          originado comunidades emocionales que nacen a partir del acompañamiento cotidiano, al
          tiempo que se producen obras, en donde el cuerpo individual y social, se emplea para
          comunicar y accionar diferentes afectos en el espacio público. Con ello se ha permitido
          borrar los límites en el campo del arte, la vida, el activismo y las emociones como
          consecuencia del involucramiento y la lucha conjunta de mujeres. Por lo que la finalidad
          de este trabajo, por un lado, reconoce y documenta algunas de las prácticas artísticas con
          carácter colaborativo que realizan mujeres durante la segunda década del siglo XXI en
          México; y por otro, reafirma que dicha labor artística construye nuevos tejidos sociales,
          los cuales son el resultado de compartir afectos alrededor del dolor y la justicia por
          parte de diferentes sectores de la sociedad. </p>
      </abstract>
      <trans-abstract xml:lang="en">
        <p>This article analyzes the projects of two women artists who work with collectives of searching mothers in Mexico. Throughout their work, emotional communities have originated from the daily accompaniment, while producing works, where the individual and social body is used to communicate and activate different affections in the public space. This has made it possible to blur the boundaries in the field of art, life, activism and emotions as a result of the involvement and joint struggle of women. Therefore, the purpose of this article, on the one hand, is to document and recognize some of the collaborative artistic practices carried out by women during the second decade of the 21st century in Mexico; and on the other, to confirm that this artistic work builds new social fabrics that are the result of sharing affects around the pain and justice from different sectors of society.</p>
      </trans-abstract>
      <kwd-group>
        <kwd>comunidades emocionales</kwd>
        <kwd>afectos</kwd>
        <kwd>activismo</kwd>
        <kwd>arte</kwd>
        <kwd>desaparición forzada en México</kwd>
      </kwd-group>
      <kwd-group xml:lang="en">
        <kwd>emotional communities</kwd>
        <kwd>affection</kwd>
        <kwd>activism</kwd>
        <kwd>art</kwd>
        <kwd>enforced disappearance in Mexico</kwd>
      </kwd-group>
    </article-meta>
  </front>
<body>
<sec id="introducción">
  <title>Introducción</title>
  <p>Quisiera comenzar este artículo con la frase que apunta la
  antropóloga colombiana Myriam Jimeno “que mi dolor resida en tu
  cuerpo” (Jimeno, 2007, p. 181) como expresión de compartir la emoción
  de pérdida y sufrimiento que se transmite de un cuerpo a otro en
  situaciones de violencia y trauma, debido a que el len­guaje —verbal o
  visual— muchas veces es incapaz de comunicar (Das, 2026, p.63). Y es
  este afecto, el cual se contagia de un cuerpo a otro, que detona lo
  que Jimeno denomina como comunidades emocionales (Jimeno et al., 2019,
  p. 34). Un grupo de personas que se congregan y coinciden a partir del
  sentimiento de dolor, pero también de solidaridad y cuyo objetivo es
  la lucha social y de resistencia. Este es el caso del tra­bajo que han
  realizado algunas artistas interdisciplinarias en conjunto con
  colectivos de madres buscadoras de desaparición forzada en México
  desde el año 2010 a la fecha. Todas ellas han trabajado largos
  periodos de tiempo con los familiares, estableciendo fuertes lazos
  afectivos que se reflejan en proyectos artísticos en el ámbito de la
  protesta y la ocupación del espacio público.</p>
  <p>En consecuencia, el presente análisis se enfoca en las obras de dos
  artistas que participan directamente con colectivos y que han
  extendido sus prácticas a los terrenos afectivos y del activismo
  partiendo del uso del cuerpo colectivo y la presencia, lo que
  involucra no solo a los familiares directamente, sino a otras tantas
  agrupaciones comprometidas con dichos trabajos. Dentro de estas obras,
  el cuerpo traza nuevas configura­ciones en función de lo performativo y
  la ocupación colectiva en las calles. De un cuerpo a otro se comunica
  el dolor, lo que origina la propagación de afectos dentro de un cuerpo
  social que se une para conformar un nuevo tejido en busca de justicia
  y verdad (Das, 2016, p.60).</p>
  <p>Para abordar este artículo, he retomado como primer acercamiento, el proyecto de Laura
        Valencia, con la obra titulada <italic>Cuenda</italic>, la cual incluye acciones públicas,
        performances, además de talleres en donde se realizan cartas que han sido elaboradas por
        mujeres para sus familiares desaparecidos. Particularmente, el cuerpo, a lo largo de este
        proyecto, reafirma el concepto de <italic>presencia</italic> para comunicar el dolor, ya no
        solo como representación, sino como acción que afecta a otros y otras, tal y como lo ha
        desarrollado la teórica Diana Taylor (2020, s.p.) cuando analiza el sentido del
        acompañamiento durante ciertas acciones performáticas. Este diálogo entre cuerpos disemina
        afectos como el trauma, al mismo tiempo que propaga la empatía, lo que origina que estos
        movilicen la toma del espacio público de forma colectiva (Ortega Domínguez y Abel, 2023, p.
        176). En segundo lugar, se analizará el proyecto artístico de Fabiola Rayas Chávez quien ha
        contri­buido a generar un espacio social y afectivo para que algunos colectivos puedan
        bordar e intervenir los nom­bres y rostros de sus familiares desaparecidos; además de
        realizar caminatas con el cuerpo de la artista para reconfigurar las últimas huellas de las
        personas por las cuales se sigue en su búsqueda. El trabajo de Rayas ha producido
          <italic>comunidades emocionales</italic> que construyen nuevas redes de apoyo (Jimeno, et
        al., 2019, p. 57), lo que genera no solo visibilizar estas violencias, como bien lo ha
        señalado la investigadora y especialista en el tema Ileana Diéguez (2018, 28m53s), sino que
        se vuelven a tejer otros cuerpos sociales —emocionales, de resistencia y acompañamiento— que
        detonan otras relaciones interpersonales y que manifiestan de manera clara, una lucha en
        conjunto por justicia social (Macleod y Marinis, 2019, pp. 11-16).</p>
  <p>Como resultado de estas prácticas, la clasificación alrededor del
  concepto artista, activista o mujer se entremezclan en la mayoría de
  estos proyectos, para de esta forma desvanecer la idea de la autoría
  del artista debido a que disipan la creación individual a través del
  trabajo colectivo; además se reafirma el com­promiso con las madres,
  esposas, hijas de familiares, más allá del deber con el campo del arte
  a través de la sororidad entre mujeres (Lagarde y de la Ríos, 2006, p.
  125). Esto implica reconfigurar y analizar esos “otros” espacios del
  arte; aquellos procesos creativos que no intervienen de manera
  singular en los sistemas co­munes del arte, así como la importancia del
  involucramiento emocional y subjetivo por parte de todas las personas
  que participan. Finalmente, este artículo analiza algunas estrategias
  que estas obras propician para reconfigurar las lecturas críticas
  sobre los roles, las emociones y las formas de aprehender conceptos
  claves como lo sería la maternidad o el espacio doméstico que están
  directamente relacionados con la fe­minización por la lucha y la
  búsqueda de personas desaparecidas como consecuencia de la violencia
  que inició hace dos décadas en el país (Carrasco Gutiérrez, 2021,
  pp.136-137).</p>
</sec>
<sec id="de-lo-doméstico-a-la-agencia-política">
  <title>De lo doméstico a la agencia política</title>
  <p>Desde el año 2006, la supuesta lucha contra el narcotráfico que el
  gobierno llevó a cabo para erradicar el tráfico ilegal de drogas
  desencadenó la desaparición masiva de personas a lo largo de todo el
  territorio. De acuerdo con el proyecto de investigación periodística
  en línea <italic>A dónde van nuestros desaparecidos</italic>, a partir
  del año 2010 a la fecha, las protestas y la lucha por la búsqueda de
  personas se convierte en un tema de preocupación
  pública.<xref ref-type="fn" rid="fn2">2</xref> Los colectivos de
  familiares y madres buscadoras comienzan a conformarse, mientras que
  otros sectores de la población deciden unirse para solicitar y
  demandar justicia ante las autoridades del país —hasta el año 2023, se
  han contabilizado alrededor de 234 colectivos de familiares y madres
  buscadoras—. No obstante, desde hace unas décadas atrás, el país
  cuenta con una larga his­toria de prácticas relacionadas con la
  desaparición forzada en donde uno de los objetivos es propiciar el
  deterioro del tejido social y generar el terror en las poblaciones
  para la apropiación de tierras y recursos naturales (Mastrogiovanni,
  2017, pp. 15-28).</p>
  <p>Concretamente, este crimen consiste en ocultar el paradero de
  personas que son privadas de su libertad por parte del Estado o por la
  omisión de este. Como primera teoría, este delito se ha llevado a cabo
  con fines de aniquilamiento político o ideológico. No obstante, en
  años recientes se ha analizado que la desaparición forzada está
  directamente relacionada con los sistemas patriarcales económicos
  neoliberales y de explo­tación de recursos en los territorios
  (extractivismo, desplazamiento forzado, rutas de control), además de
  actividades que involucran el tráfico ilegal de productos y de
  personas (Paley, 2020, pp. 100-105; Alvarado, 2019, pp. 6-8; Fazio,
  2016, pp. 16-20). Es por ello que este <italic>crimen de lesa
  humanidad</italic> es una de las estrategias más comunes para generar
  violencia y que, en condiciones sofocantes, las mujeres han sido
  capaces de resistir y entablar una lucha continua. Paula Cuellar,
  investigadora de derechos humanos, ha señalado que la búsqueda de
  personas desaparecidas en México y América Latina tiene rostro de
  mujer, lo que enfatiza el intenso trabajo que las mujeres realizan por
  encontrar a sus familiares y con lo cual se denomina común­mente como
  “la feminización en la búsqueda de personas desaparecidas” (Cuellar,
  2019, s.p.). Esto se debe a que, de acuerdo con las cifras recientes
  en el país, el porcentaje de personas que realizan esta labor son en
  la mayoría mujeres. De ninguna manera, esto quiere decir que los
  hombres no participen, ni se involucren en estas tareas, pero son
  diferentes factores que hacen que esta búsqueda se realice en gran
  parte por mu­jeres. Uno de los planteamientos se debe a que, en el
  número de estadísticas y de acuerdo con la Fundación Heinrich Böll
  Stiftung, el 74% por cierto de personas desaparecidas son hombres y
  como resultado, es la mujer quien se da a la tarea de salir a buscar a
  sus esposos, hijos o hermanos (Palacios y Maroño, 2021, s.p.).</p>
  <p>Es por ello y debido a estas violencias, que las mujeres han
  comenzado un largo camino en el que indi­rectamente se han replanteado
  los estereotipos asignados al rol de género. Esta llamada feminización
  en la búsqueda no tendría resonancia, sin las transformaciones y las
  violencias que repercuten por el hecho de ser mujer, madre, esposa o
  hija que habita en el espacio privado/doméstico y que, desde la
  externalización de sus emociones y afectos buscan a sus seres y
  familiares desaparecidos. Como consecuencia, ellas se han convertido
  en agentes políticas que contribuyen a una resistencia social en
  contra de ciertos poderes del Estado, criminales y fácticos (Maier,
  1990, p. 75). Como bien lo menciona la investigadora Nadejda Iliná en
  relación con las madres buscadoras: “ellas movilizaron otro tipo de
  energía con base en sus roles familiares “tradicionales”, en una
  lógica diferente a la política, pues partía de los sentimientos, del
  amor y una ética de cuidado para denunciar crímenes contra sus
  familias” (Iliná, 2020, p. 121).</p>
  <p>De manera intempestiva, la maternidad, los cuidados y los afectos
  se convierten en agentes activos para la acción política, cuyas bases
  se originan en la gestión emocional derivada de las responsabilidades
  que han sido asignadas como parte de los roles de género (Iliná, 2020,
  p. 125). Uno de estos motores para las mo­vilizaciones son las
  emociones que comparten las madres como encargadas del cuidado, amor y
  protección de sus seres queridos. Por tanto, esta feminización recae
  primordialmente en cambios de estereotipos y re­planteamientos sobre
  los afectos en los cuerpos de las propias mujeres que salen a las
  calles. Y es el cuerpo desaparecido que tiene una repercusión en los
  cuerpos de las madres, esposas e hijas. Como una extensión propia,
  esos cuerpos ausentes son ocupados por esos otros que salen en su
  búsqueda. Finalmente, es el cuerpo individual y colectivo de las
  mujeres-madres que queda marcado por el dolor, la rabia, la angustia
  al salir a protestar, a caminar y a enfrentarse con las instituciones
  y espacios públicos que han sido designados como masculinos (Maier,
  1990, p. 75). Es decir, es un cuerpo en disputa expuesto a violencias
  sistemáticas, como bien lo ha señalado la antropóloga y feminista Rita
  Segato. Son “cuerpos-territorio”, pues este es su instrumento de lucha
  en contra de sistemas patriarcales, que a la vez al salir de un
  espacio privado al terreno de lo público, se expone a ser vulnerado
  física y simbólicamente (Segato, 2014, p. 36).</p>
  <p>Estas reflexiones se han abordado de igual manera desde algunos terrenos del arte, en
        particular dentro de las propuestas artísticas y feministas en México. Cabe recordar que, en
        los años 80, el colectivo <italic>Polvo de Gallina Negra</italic> conformado por las
        artistas interdisciplinarias Mónica Mayer y Maris Bustamante produjeron la propuesta
        titulada <italic>Maternidades</italic>. Uno de los afiches que formaba parte del proyecto
        hacía referencia al término <italic>transmaternidad,</italic> con relación al tema de la
        desaparición forzada en México (<xref ref-type="fig" rid="imagen1">Fig. 1</xref>). El principal
        cuestionamiento giraba alrededor del cambio sociocultural del concepto maternidad, debido
        a que este se con­vierte en una potente fuerza de acción política al momento de desaparecer
        a un hijo o una hija (McKelligan Hernández, 2021, p. 47). Es decir, cuando la propia
        violencia patriarcal empuja a que estos roles cambien, la maternidad se convierte en un
        motor de luchas y choques en contra de poderes donde no se pensaba encontrar resistencia
        alguna. La violencia que genera el sistema, paradójicamente, hace que la figura de la madre
        salga para unirse con otras voces y otros cuerpos para lograr cambiar, a través de la lucha,
        el rumbo devastador de los sistemas patriarcales.</p>
  <fig id="imagen1">
    <caption><p>Figura 1. La transmaternidad, 1987. Fuente: Elaboración
    de la autora</p></caption>
    <graphic mimetype="image" mime-subtype="jpeg" xlink:href="media/image1.jpeg" />
  </fig>
  <p>Lo significativo del trabajo de las mujeres artistas en países de Latinoamérica es que han
        reconfigurado el pensar del arte y sus formas de acción y representación. Pero, sobre todo,
        se ha profundizado en el sentir de aquello que se considera femenino y sus devenires en las
        esferas sociales. Con ello, el quehacer de las artistas en unirse a colectivas y grupos de
        madres —aunque en ciertas ocasiones no necesariamente ninguna de ellas opte por una agenda
        feminista—, ayuda a comprender la empatía y sororidad que se desen­cadena dentro de estos
        movimientos. De la misma manera, esta participación en conjunto moviliza, desde diferentes
        trincheras, las emociones, performatividades, el acompañamiento, así como las luchas en
        contra de los mismos sistemas que oprimen y violentan a grupos específicos de la
        sociedad.</p>
</sec>
<sec id="otras-propuestas-mujeres-en-el-arte">
  <title>Otras propuestas, mujeres en el arte</title>
  <p>Desde los años setenta, las mujeres en el arte han establecido
  problemáticas en lo que se refiere al cuerpo femenino, la sexualidad,
  la deconstrucción ideológica, simbólica patriarcal y con ello lo que
  implica la división en torno a lo racional y las emociones; lo
  individual y lo colectivo, así como la construcción de nuevas
  icono­grafías en el arte que desestabilizan aquello que se consideraba
  como natural. Si bien, no existe una fórmula femenina de hacer arte,
  como bien lo mencionaba la historiadora de arte Linda Nochlin, sí se
  han originado estrategias conjuntas para desestabilizar la producción
  y el consumo tradicional del arte (Nochlin, 2022, pp. 26-28). En
  Latinoamérica, en particular, la importancia de proyectos relacionales
  con ciertas comunidades vulnerables ha sido constante en la producción
  artística realizada por mujeres. A lo largo de la reciente historia
  del arte, podríamos considerar ciertas características donde convergen
  algunos de estos trabajos: acciones colectivas, la lucha por el
  espacio público, prácticas que involucran el cuerpo, etc. (Antivilo,
  2013, p. 127). Como bien lo señala la artista y teórica chilena Julia
  Antivilo (2013), el arte feminista no pretende ser una “metodología,
  ni un estilo, sino una posición ideológica que aspira a hacer una
  revisión crítica de conceptos.” (p.128). Aunado a esto, yo agregaría
  otra característica: los vínculos afectivos y emocionales que nacen
  como consecuencia de la colaboración con diversas comunidades que
  coinciden en el activismo y el arte. Por lo tanto, las artistas se han
  involucrado en proyectos sociales, debido a que la antigua idea del
  artista solitario y apartado de la so­ciedad, no encaja con la actual
  reconfiguración de responsabilidad social que recae sobre esta figura.
  Y con ello, la demanda emocional por parte del artista, es otra
  característica que ha sido poco analizada, así como las consecuencias
  de los vínculos afectivos que se producen dentro y fuera en dichas
  colaboraciones.</p>
  <p>En México, recientemente, varias artistas han utilizado estas
  prácticas para difuminar las fronteras entre el arte y el activismo,
  dejando que los afectos circulen por cada uno de los involucrados
  durante el proce­so de creación y al exponer sus proyectos artísticos o
  cinematográficos hacia un público más amplio. En años recientes
  artistas visuales, fotógrafas, bordadoras y documentalistas han
  conformado comunidades alrededor de sus trabajos creativos sobre la
  desaparición forzada en México, es el caso de la Colectiva Hilos, Rosa
  Borrás, Luz María Sánchez, Zahara Gómez, Miriam Rodríguez, Mónica
  González, Carolina Corral Paredes, Daniela Rea o Tatiana Huezo, por
  nombrar algunas, así como el caso de Fabiola Rayas Chávez y Laura
  Valencia que analizaremos a continuación.</p>
</sec>
<sec id="el-cuerpo-la-presencia-y-el-espacio-público">
  <title>El cuerpo, la presencia y el espacio público</title>
  <p>Las estrategias que comunican el dolor y la angustia en situaciones
  de extrema violencia siempre han ge­nerado debates en el campo de las
  artes visuales, en particular en la pintura o la fotografía. Incluso
  en la literatura o el cine, expresar el dolor es invariablemente un
  deber incompleto dado que no existe palabras, ni imágenes para
  alcanzar a aprehender lo que la otra persona siente o experimenta
  (Ahmed, 2015, p.50); no obstante, el cuerpo pareciera que asume otra
  comunicación basada en los afectos y lo emotivo, distinto a la palabra
  y la representación visual (Huffschmid, 2013, p.117).</p>
  <p>Tras la incursión del uso del cuerpo, disciplinas como la
  performance artística han dado otra perspectiva so­bre cómo la
  violencia o el terror puede ser asimilado por alguien externo a este,
  pues en ocasiones, este permite que no existan mediaciones, ni
  evocaciones representativas entre el dolor del otro y la empatía por
  el evento traumático (Moyano Ariza, 2020, p. 4). La condición de
  corporeidad externaliza aquello que no es visible, con ello me refiero
  a los afectos y aquellas impresiones emotivas que salen a la luz de
  manera gestual y corporal, sin necesidad de un razonamiento verbal, ya
  que el cuerpo comunica por sí solo. En tanto estos registros
  emocio­nales se manifiestan en expresiones corporales o aspectos
  sensitivos a la mirada y sentir del otro. Por lo que la performance
  puede situar el dolor en el cuerpo de quien realiza la acción,
  detonando una experiencia colectiva en los cuerpos presentes, tal y
  como Diana Taylor lo señala al ser <italic>actos de
  transferencias</italic> donde la performance artística tiene el
  potencial de convertirse en acción política que reconfigura el dolor
  individual hacía un trauma colectivo (Taylor y Fuentes, 2011, pp.
  21-22). Es precisamente esa acción lo que constituye ese actuar en
  conjunto para el reclamo y que, por medio de las fuerzas y afectos
  propios de un solo cuerpo, transmite ese “algo” que no se conforma de
  palabras, ni de razón (Huffschmid, 2013, p.117). De ahí que los
  afectos circulen todo el tiempo y permeen la emotividad de todas y
  todos los asistentes (Gregg y Seigworth, 2010, pp.1-3). Pongamos el
  ejemplo de los cuerpos presentes de madres, activistas y familiares
  que acompañan la protesta en el espacio público, y en donde la acción
  de la performance artística contagia y produce un mismo cuerpo en el
  cual se esparcen emo­ciones de dolor, amor, enojo, tristeza, para
  finalmente culminar en un acto de agencia política.</p>
  <p>En el año 2011, Laura Valencia llevó a cabo, como parte de las
  actividades artísticas de la Caravana de la
  Paz<xref ref-type="fn" rid="fn3">3</xref>, tres acciones performáticas
  en el espacio público con el acompañamiento del investigador y
  activista Pietro Ameglio. Estas acciones forman parte de la obra que
  lleva por nombre <italic>Cuenda</italic> y que integra un proyecto
  colaborativo con los colectivos de madres buscadoras en México desde
  el año 2011. De la mano con ellas y otros familiares es que Laura ha
  reformulado varias acciones y actividades que tienen como fin
  visibilizar y acompañar a las mujeres en su demanda de justicia. Como
  artista, pero también como feminista y activista, la propuesta
  artística de Valencia disipa los límites para demandar justicia desde
  su campo de trabajo y con la participación de personas que han sido
  afectadas directamente por la violencia.</p>
  <p>En el año 2011, se llevó a cabo una primera acción en avenida Reforma, en la Ciudad de México,
        y con­sistió en cubrir con rollos de cuenda color negro los monumentos que se encuentran a
        todo lo largo de esta conocida avenida. Los hilos negros cubrían los bustos y esculturas de
        los héroes de la historia de México, evocando la ausencia de los cuerpos de las personas
        desaparecidas. Tanto familiares, madres e hijas como otras personas involucradas en el
        proyecto se unieron a la tarea de cubrir estas esculturas. Cada madeja de estambre que se
        utilizaba, pesaba en masa corporal, el cuerpo de la persona ausente y de la misma manera
        llevaba un texto escrito por sus familiares, en donde de manera individual y emotiva se le
        escribía a cada uno de ellos y ellas. Durante la segunda caravana se pensó realizar esta
        misma acción, pero ahora en las calles de la ciudad de Los Ángeles, en Estados Unidos. Sin
        embargo, debido a las me­didas de seguridad para ocupar las calles, fue imposible intervenir
        algún monumento que se encontrará cerca. La decisión de Valencia y de todas las madres fue
        entonces, la de tomar los cuerpos de personas que se encontraban ahí presentes y cubrirlos
        con las cuendas de hilo negro (L. Valencia, comunicación personal, 18 de junio de 2024).
        Tres personas sustituyeron el cuerpo ausente de las y los desaparecidos, accionando imágenes
        en negativo que encarnaban la ausencia y el dolor. Participaron María Coronado quien a la
        fecha sigue buscando a su esposo Mauricio Aguilar que desapareció en 2011 en el estado de
        Veracruz, el activista estadounidense John Lindsay-Poland, así como la artista y activista
        Elizabeth Muñoz, quienes “prestaron” su cuerpo para la realización de la performance. Y con
        ese mismo acto performativo, cuyo proceso fue azaroso e improvisto, tuvo un potente eco
        emocional y visual en el espacio público y de los propios asistentes (<xref ref-type="fig"
          rid="image2">Fig. 2</xref>).</p>
  <fig id="image2">
    <caption><p>Figura 2. Cuenda, performance en el espacio público,
    2011. Fuente: Laura Valencia</p></caption>
    <graphic mimetype="image" mime-subtype="jpeg" xlink:href="media/image2.jpeg" />
    <graphic mimetype="image" mime-subtype="jpeg" xlink:href="media/image2.1.jpeg" />
  </fig>
  <p>A petición de las madres se realizó una siguiente acción que tomó lugar en la Ciudad de México
        en el año 2012. En esta ocasión, se decidió volver a cubrir con hilo negro a seis personas,
        en este caso, fueron cuatro familiares, entre ellas, las madres Olga Reyes, María Elena
        Maldonado y los activistas Karla Ambrosio y Ricardo Gallego. Entre las y los encargados de
        envolver a los participantes se encontraban, la activista Ceci Bárcenas, Eugenia Ogarrio, el
        sociólogo Jorge Linares, el artista de performance Gerardo Sánchez y la propia Laura
        Valencia (L. Valencia, comunicación personal, 18 de junio de 2024). Los seis cuerpos
        cubiertos frente a la Secretaría de Gobernación provocaron momentos de tensión y pesar que
        contagiaron a todo el colectivo que se encontraba presente (Fig. 3). Mientras esta acción se
        llevaba a cabo, la congregación de madres compartía sus testimonios en medio del
        conglomerado de personas que asistieron a la protesta —periodistas, investigadores,
        activistas, artistas, etc.—. Tanto la escucha de los testimonios, como la vehe­mente y
        sombría imagen de los cuerpos cubiertos con cuenda negra afectó simbólicamente el espacio y
        a la colectividad que fue testigo directo en ese momento. Las fuerzas emotivas que emanan de
        lo no-verbal-racional impactan a otros que se encuentran cerca o participan en conjunto con
        estos actos, ya que con el simple hecho de acompañar y “estar presente” se desata una
        emoción particular en el otro a través de la corporeidad y su ocupación en conjunto en el
        espacio público. Esta acción sin palabras, que solo se experi­menta estando en el “ahí y
        ahora”, tiene un potencial inmensurable para constituir cuerpos colectivos unidos por una
        misma causa (Taylor, 2020, s.p.). Es la experiencia en sí misma y conjunta la que posibilita
        que el espacio público se reconfigure con gestos, posturas, pero sobre todo con afectos y
        emociones que circulan a través de un solo cuerpo sin la necesidad de la palabra (Faba,
        2016, s.p.). Así se va a afectando el espacio, mientras que el público asistente va creando
        comunidad y acción política. Este conglomerado de cuerpos da lugar a un “espacio de
        aparición” que reclama ser escuchado a consecuencia del impulso de los afectos que circulan
        por los lugares públicos (Butler, 2017, p. 65).</p>
  <p>De manera que el trabajo conjunto entre Valencia y las madres de
  las colectivas ha generado un sólido vínculo de relaciones emocionales
  que ha traído como resultado un acompañamiento sincero entre ellas. Lo
  que implica un mayor compromiso ético, además de un intercambio
  personal que ha afectado el estado emocional de cada una de ellas. El
  trabajo de Valencia ha tenido momentos de pausa, debido a los proce­sos
  de asimilación y duelo durante tantos años de involucramiento. No
  obstante, para Laura el imaginar y comunicar desde otras formas lo
  sucedido ha ayudado a que las madres puedan aproximarse desde otras
  directrices, lo que detonan lo afectivo, psicológico y lo emocional
  como realizar cartas, textos, talleres, o la misma acción de pesar o
  enrollar los infinitos metros de hilo negro (L. Valencia, comunicación
  personal, 18 de junio de 2024). En otras palabras, desde la esfera del
  arte, la situación por la búsqueda de un familiar puede encontrar
  otros matices que ayudan a las madres, esposas o hermanas a encontrar
  formas de so­breponerse para seguir en la lucha. La incapacidad y
  frustración por encontrarse frente a instituciones que vulneran y
  revictimizan su situación, en ocasiones hacen que ellas graviten en
  estados de violencia psico­lógica y emocional. Sin embargo, estos
  diálogos simbólicos que crea Valencia propician que las madres e hijas
  encuentren espacios más amorosos que acompañen el dolor para hablar de
  sus familiares y algunas veces asimilar este acto violento.</p>
  <p>De la misma manera, la colaboración entre Laura y las madres,
  hermanas y esposas también se ha nutri­do de personas que se han unido
  al proyecto a lo largo de los años, por lo que el cuerpo colectivo
  hace que <italic>Cuenda</italic> reúna no solo la participación de
  artistas o familiares afectados directamente, sino de igual manera, de
  activistas, curadores, periodistas, historiadores, antropólogas o
  sociólogos. Esto es lo que llamó Myriam Jimeno “comunidades
  emocionales” que se crean por los lazos afectivos durante procesos de
  investigación que como fin último tienen el reclamo de justicia social
  (Jimeno, et al., 2019, p.55).</p>
</sec>
<sec id="comunidades-emocionales">
  <title>Comunidades Emocionales</title>
  <p>La labor en conjunto y la conciencia ética es una constante en las prácticas de estas artistas.
        Se trabaja no solo con los colectivos, sino también con profesionales y activistas que se
        unen a estos encuentros, lo que detona lazos emocionales profundos entre todo el cuerpo
        colectivo. Como resultado, esta comunidad emo­cional borra la relación entre
        artista-espectador, obra-relación o arte-activismo para reformular la importancia de las
        emociones que circulan alrededor de estos proyectos.</p>
  <p>Por una parte, las emociones son un factor que actualmente han
  cobrado relevancia en las investigacio­nes humanísticas y sociales a
  partir del <italic>giro afectivo</italic>, pues son estas las que
  convocan, de manera arbitraria, a un conjunto de personas que se unen
  para buscar consuelo, además de justicia (Ahmed, 2015, p. 75). Las
  emociones para la investigadora y escritora Sarah Ahmed son “prácticas
  culturales que se estructuran socialmente a través de circuitos
  afectivos” con lo cual se entiende que el terreno de las emociones es
  un campo social y público, más que un estado subjetivo e interiorizado
  del ser humano (Ahmed, 2015, p.32). ¿En cuántas ocasiones estos
  afectos se convierten en emociones que tienen el poder de iniciar
  movilizaciones sociales? La fuerza de estas emociones es un mecanismo
  para accionar y generar historia, en donde incluso la política las
  emplea para construir discursos y congregar a las masas (Gutiérrez
  Vidrio, 2016, p. 400).</p>
  <p>Por otra parte, es importante subrayar que las emociones son
  construcciones socioculturales que apren­demos desde el núcleo familiar
  y social en el que nos desarrollamos. En cuestión de género, las
  emociones se han edificado en virtud de un código binario mujer-varón.
  Ese sentir de igual manera se compone de sentimientos que actuan
  dependiendo del rol performativo cotidiano (Lagarde, 1990, pp. 2-3).
  Por ejemplo, algunas emociones como la compasión y la indignación se
  asocian frecuentemente con el rol femenino. Como consecuencia, estos
  afectos han tenido la capacidad de generar lazos comunitarios,
  constatando su potencial como movilizador social dentro de estos
  proyectos llevados a cabo por mujeres.</p>
  <fig id="imagen3">
    <caption><p>Figura 3. Familia Ortiz Ruiz, que busca a Guillermo
    Alejandro Ortiz Ruiz y a Vianey Heredia, desparecidos el 29 de
    noviembre de 2010. De la serie el Cuerpo desaparecido (2016).
    Fuente: Fabiola Rayas Chávez.</p></caption>
    <graphic mimetype="image" mime-subtype="jpeg" xlink:href="media/image3.jpeg" />
    <graphic mimetype="image" mime-subtype="jpeg" xlink:href="media/image3.1.jpeg" />
  </fig>
  <p>La artista interdisciplinaria Fabiola Rayas Chávez hace más de diez años comenzó a realizar
        obras y per­formances alrededor del tema de la violencia y la desaparición, específicamente
        de mujeres. Con el tiempo sus trabajos se tornaron sobre la desaparición forzada y la
        colaboración en conjunto con familias buscadoras. Fabiola inició con tres familias en el
        estado de Morelia, Michoacán. La participación en conjunto comenzó con entrevistas y visitas
        a sus casas; con el tiempo, la artista realizó “caminatas” como metáfora de las últimas
        huellas que había dejado cada una de las personas ausentes<xref ref-type="fn" rid="fn4"
          >4</xref>. Tomando los zapatos, con la autorización de las familias, Fabiola recorría las
        calles y lugares —a su trabajo, a la escuela— para visibilizar esos trazos territoriales
        como signo de afectos que habían quedado silenciados por la ausencia. Asimismo, y como parte
        de este pro­yecto, Rayas ha realizado el registro fotográfico de las familias a lo largo de
        estos años y cuyo objetivo es con­formar un archivo de memoria, el cual se compone de
        fotografías, árboles genealógicos y testimonios (<xref ref-type="fig" rid="imagen3">Fig.
          3</xref>).</p>
  <p>Finalmente, <italic>Bordar por todxs</italic> es otra de las
  acciones colectivas que forman parte de su proyecto, donde se invita a
  bordar retratos, coser e intervenir los nombres de las más de cien mil
  personas que han desapa­recido en el país (<xref ref-type="fig" rid="imagen4">Fig. 4</xref>).</p>
  <fig id="imagen4">
    <caption><p>Figura 4. Bordar por todxs, proyecto desde 2010 a la
    fecha. Fuente: Fabiola Rayas Chávez.</p></caption>
    <graphic mimetype="image" mime-subtype="jpeg" xlink:href="media/image4.jpeg" />
  </fig>
  <p>Para la artista, el cuerpo ausente se va desconfigurando al momento
  que este se percibe como un estig­ma de criminalidad y violencia, el
  cual se genera por la desinformación y simulación que difunden las
  propias autoridades (F. Rayas Chávez, comunicación personal, 5 de
  junio de 2024). Por lo que una de las labores es honrar y abrazar con
  empatía a aquellos y aquellas que se encuentran ausentes. Fabiola ha
  reconocido el arduo compromiso y el deber ético que requiere este
  proyecto con el apoyo de las familias y las diferentes personas que se
  han unido a lo largo de estos años, y en donde uno de los aspectos más
  importantes ha sido el proceso colaborativo. Con el paso del tiempo,
  otras familias se han acercado, por lo que al día de hoy se trabaja
  con 17 familias y se acompañan 32 casos, lo que ha dado lugar a
  conformar la organización civil que lleva por nombre “Caminando por
  nuestros desaparecidos”. De igual manera, las propias familias han
  reco­nocido el potencial del arte para visibilizar y establecer otros
  canales de diálogo y asimilación ante dichos crímenes; reconociendo
  que trabajar en el campo de la violencia y la desaparición es una de
  las actividades más delicadas, por lo que estas acciones se logran en
  conjunto y por consenso con las familias.</p>
  <p>Como consecuencia, las prácticas artísticas que Fabiola realiza
  implican colocar al arte como un me­dio y no como un fin, ya que lo
  esencial es el proceso de reconocimiento y encuentro (talleres,
  reuniones, bordados). La artista menciona que durante esos diálogos
  las madres tienen un espacio mental, de salud emocional y psicológica.
  Un respiro para resguardar la mente, de aquietar la ansiedad de la
  búsqueda, todo ello como un gesto de cuidado de la artista hacia las
  madres, esposas e hijas; además de los afectos, apoyo y solidaridad
  que las madres encuentran dentro de estos círculos de acompañamiento.
  (F. Rayas Chávez, comunicación personal, 5 de junio de 2024). Es por
  ello que, a lo largo de todo el proyecto, se puede observar la
  conformación de comunidades emocionales que se apoyan en el activismo
  y lo artístico, lo que suscita indudablemente, un involucramiento
  emocional entre todas ellas. Estas nuevas comunidades son tejidos de
  resistencia, lucha política, de reclamo, de justicia y
  esclarecimiento, pero del mismo modo, de complicidad y acompañamiento
  —artistas, madres, buscadoras, familiares y personas que se unen a
  estos procesos—.</p>
  <p>Las emociones que se comparten construyen estas comunidades, en
  donde existe un compromiso para la acción social y política. El dolor,
  como emoción, reconfigura comunidades que comparten el mismo
  sen­timiento, como bien lo señala Sara Ahmed:</p>
  <disp-quote>
    <p>Una comunidad que llora junta, que se reúne en este gesto de
    duelo, y que se vincula a partir del dolo­roso sentimiento de que la
    cercanía está perdida. El lenguaje del dolor alinea a este cuerpo
    con otros cuerpos; la superficie de la comunidad se habita de una
    manera diferente cuando ha sido tocada por una pérdida de esta
    magnitud. (Ahmed, 2015, pp. 75—76)</p>
  </disp-quote>
  <p>Por lo tanto, reconocer el dolor como razón social contribuye a la
  configuración de comunidades emo­cionales, lo que permite recobrar las
  dimensiones de la acción social (Jimeno, 2007, p.175). El trabajo de
  memoria que realiza Fabiola visibiliza la desaparición y abre espacios
  para el diálogo entre familias con personas que no han sufrido estos
  crímenes de manera directa. Estos encuentros propician agencia y
  re­sistencia política, es por ello que la visibilización, no solo
  expone lo que ocurre, pues de la misma manera, se producen otros
  tejidos sociales con un carácter de activismo y resistencia. Nuevas
  familias y lazos nacen de estas acciones artísticas colaborativas con
  el fin de resistir y pedir justicia. De manera que lo que en un
  principio intentaba destruir el tejido social, con estos proyectos se
  empiezan a tejer otras redes, muchas veces con más fuerza y agencia
  política, ya que, sin duda, las emociones cohesionan de manera
  potencial las fuerzas sociales de lucha y cambio.</p>
</sec>
<sec id="conclusiones">
  <title>Conclusiones</title>
  <p>Partiendo de diferentes acciones y proyectos colectivos propuestos
  por mujeres artistas en México durante la última década es que se han
  conformado diferentes comunidades emocionales, las cuales como Myriam
  Jimeno lo indica, son el resultado de alteraciones violentas que
  reacomodan la esfera social y establecen nuevos lazos como
  consecuencia del dolor compartido. Ciertamente, las acciones y
  proyectos artísticos, como primer acercamiento, son el de visibilizar
  tales atrocidades; de igual manera, se generan nuevas co­lectividades
  que reorganizan otros tejidos sociales en busca de justicia social
  alrededor de la empatía y el acompañamiento. La violencia que en
  décadas recientes ha sufrido México ha generado que nuevos cuerpos
  sociales nazcan como parte de una lucha social, con rostros de mujeres
  que coinciden en sus emociones y sentires. Por lo que los trabajos
  colaborativos aquí analizados, ayudan a entender que el que­hacer
  artístico no solo visibiliza la desaparición, sino que de manera
  paralela, abre otros canales en donde se exploran las emociones y se
  generan nuevos vínculos sociales —a través del acompañamiento, el
  consuelo o el autocuidado por medio de la sororidad entre mujeres.</p>
  <p>Trabajando de manera conjunta con los familiares y con otros
  sectores de la sociedad que se unen a la lucha, estas artistas se han
  involucrado con las madres y familiares tras reconfigurar sus propias
  prácticas y establecer diferentes estrategias de creación con un
  carácter participativo, ético, comprometido y colec­tivo. Ambas
  artistas germinan comunidades emocionales partiendo de diferentes
  acercamientos artísticos, como el uso performativo del cuerpo o la
  propagación de emociones las cuales se expanden alrededor del
  activismo y el posicionamiento político. Todos estos procesos
  artísticos no necesariamente son visibles en los circuitos dominantes
  del sistema del arte, sin embargo, los aportes y nuevas
  aproximaciones, sin duda, tienen que seguir siendo documentadas y
  examinadas como parte de los estudios del arte, de la memoria y el
  activismo social en México.</p>
</sec>
</body>
<back>
<fn-group>
  <fn id="fn1">
    <label>1</label><p>Este artículo es un resultado del Proyecto de
    Investigación con el apoyo de CONAHCYT (Secretaría Nacional de
    Humanidades, Ciencias y Tecnologías).</p>
  </fn>
  <fn id="fn2">
    <label>2</label><p>El año 2010 fue exponencial en el número de
    desapariciones, sin embargo, estas cifras cada año van en aumento. A
    la fecha, en el año 2024, se contabilizan más de 116 mil personas,
    además de las personas que no han sido reportadas oficialmente.
    (Turati, et al., 2022, s.p.).</p>
  </fn>
  <fn id="fn3">
    <label>3</label><p>De 2011 a 2013 surgió el Movimiento por la Paz
    con Justicia y Dignidad, el cual integró distintas caravanas por la
    paz a lo largo de todo el país y en Estados Unidos de Norteamérica.
    El principal objetivo era visibilizar, exponer y demandar justicia
    por la violencia y la desaparición de cientos de personas al inicio
    de la guerra en contra del narcotráfico.</p>
  </fn>
  <fn id="fn4">
    <label>4</label><p>Las colaboraciones comenzaron en conjunto con
    tres familias: Orozco, Ortiz Ruiz y Corona Bandera.</p>
  </fn>
</fn-group>
    <ref-list>
    <ref id="b0">
      <element-citation publication-type="book">
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        <year>2015</year>
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        <page-range>53-70</page-range>
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          <article-title>Arte Feminista Latinoamericano. Rupturas de un arte político en la producción visual</article-title>
          <comment>Tesis de doctorado</comment>
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            https://repositorio.uchile.cl/handle/2250/114336
          </ext-link>
        </element-citation>
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        <issue>21</issue>
        <page-range>135-154</page-range>
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        <pub-id pub-id-type="doi">10.32870/in.vi21.7184</pub-id>
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