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<!DOCTYPE article PUBLIC "-//NLM//DTD JATS (Z39.96) Journal Publishing DTD v1.3 20210610//EN" "http://jats.nlm.nih.gov/publishing/1.3/JATS-journalpublishing1-3.dtd">
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      <journal-id journal-id-type="publisher">ARIS</journal-id>
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        <journal-title specific-use="original" xml:lang="es">Arte, Individuo y Sociedad</journal-title>
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      <issn publication-format="electronic">1131-5598</issn>
      <issn-l>1131-5598</issn-l>
      <publisher>
        <publisher-name>Ediciones Complutense</publisher-name>
        <publisher-loc> España </publisher-loc>
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      <article-id pub-id-type="doi">10.5209/aris.98610</article-id>
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          <subject>Artículos</subject>
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      <title-group>
        <article-title>Índices e iconografía política en el traslado de <italic>Guernica</italic>:
          del Casón del Buen Retiro al Museo Reina Sofía, julio del 1992<xref ref-type="fn"
            rid="fn1">1</xref></article-title>
        <trans-title-group xml:lang="en">
          <trans-title>Indexes and political iconography in the move
            of Guernica: from the Casón del Buen Retiro
            to the Reina Sofía Museum, July 1992</trans-title>
        </trans-title-group>
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      <contrib-group>
        <contrib contrib-type="author" corresp="yes">
          <contrib-id contrib-id-type="orcid">https://orcid.org/0000-0003-3521-3746</contrib-id>
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            <surname>Robles-Tardío</surname>
            <given-names>Rocío</given-names>
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          <xref ref-type="corresp" rid="cor1"/> 
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          <institution content-type="original">Universidad Complutense de Madrid</institution>
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      <author-notes>
        <corresp id="cor1">Rocío Robles-Tardío<email>rrobles@ucm.es</email></corresp>
      </author-notes> 
      <pub-date date-type="pub" publication-format="electronic" iso-8601-date="2025-04-01">
        <day>01</day>
        <month>04</month>
        <year>2025</year>
      </pub-date>
      <volume>37</volume>
      <issue>2</issue>
      <fpage>307</fpage>
      <lpage>315</lpage>
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      <permissions>
        <license license-type="open-access">
          <license-p>Este artículo se publica bajo la licencia CC-BY 4.0.
            https://creativecommons.org/licenses/by/4.0/</license-p>
        </license>
      </permissions>
      <abstract>
        <p>Este artículo propone una aproximación al complejo por plural estudio de la obra de Pablo Picasso: Guernica (1937). No obstante, en lugar de estudiar el lienzo como tal, se ocupa de un episodio de su biografía: el traslado del cuadro del Museo Nacional del Prado-Casón del Buen Retiro al Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, ocurrido el 26 de julio de 1992, a partir del análisis de las imágenes que se generaron durante dicho traslado y que fueron difundidas en los medios de comunicación en su mayoría. Empleando para ello la perspectiva de la iconografía política, se quiere señalar, por un lado, la capacidad de esta obra para conectar con el tiempo que atraviesa y, en este caso concreto, con el cambio de ciclo político nacional e internacional al que se asiste a finales de la década de 1980. Por otro lado, reflexionar acerca del potencial del análisis de las imágenes (fotográficas) en cuanto soportes de prácticas simbólicas.</p>
      </abstract>
      <trans-abstract xml:lang="en">
        <p>This article constitutes an approach to the complex as diverse study of the work of Pablo Picasso: Guernica (1937). However, instead of dealing with the canvas as such, it focuses on an episode in its biography: the translation of the painting from the Museo Nacional del Prado-Casón del Buen Retiro to the Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, which occurred on July 26, 1992, based on the analysis of the images generated during the move and were mostly disseminated in the media. For that, and from the perspective of political iconography, the aim of this article, on the one hand, is to address the capacity of Guernica to connect with the time it passes through and, in this specific case, with the change in the national and international political cycle that is witnessed at the end of the 1980s. On the other hand, to reflect on the potential of the analysis of (photographic) images as supports for symbolic practices.</p>
      </trans-abstract>
      <kwd-group>
        <kwd>Guernica</kwd>
        <kwd>iconografía política</kwd>
        <kwd>monumento</kwd>
        <kwd>iconoclasia</kwd>
      </kwd-group>
      <kwd-group xml:lang="en">
        <kwd>Guernica</kwd>
        <kwd>Political iconography</kwd>
        <kwd>Monument</kwd>
        <kwd>Iconoclasm</kwd>
      </kwd-group>
    </article-meta>
  </front>
<body>
<sec id="introducción.-planteamiento">
  <title>1. Introducción. Planteamiento</title>
  <p>Los estudios sobre el lienzo <italic>Guernica</italic> (1937) de
  Pablo Picasso están dominados por una voluntad interpretati­va,
  sustentada en una (aparente) lógica de los motivos y las
  correspondencias entre acción bélica y respues­ta plástica, apoyada en
  la necesidad de explicar lo que el artista se resistió a aclarar. En
  esta línea se encuen­tra la abundante bibliografía sobre el lienzo,
  donde el análisis iconográfico-simbólico-político de Juan Larrea ocupa
  un lugar destacado, entre otros motivos por el debate interpretativo
  que generó tras su publicación, en 1947, el cual ha sido estudiado por
  Andrea Giunta en su artículo “El poder de la interpretación (o cómo
  Alfred H. Barr explicó el <italic>Guernica</italic> al público del
  MoMA” (2009). Otras referencias fundamentales son el libro de Rudolf
  Arnheim: <italic>The Genesis of a Painting. Picasso´s
  Guernica</italic> (1962), la publicación <italic>Guernica — Legado
  Picasso</italic>, editada con motivo de la presentación del cuadro y
  el conjunto de obras que siempre le acompaña­ron en el Museo del
  Prado—Casón del Buen Retiro, en octubre de 1981, tras su celebrada
  entrega y llegada a España un mes antes, o el de Herschel B. Chipp:
  <italic>Picasso’s Guernica. History, Transformations,
  Meanings</italic> (1988), que fue y sigue siendo uno de los más
  exhaustivos en su propuesta de análisis. A ellos se añaden trabajos
  posteriores: pioneros para el caso que ocupa a este artículo como el
  de Carlo Ginzburg: <italic>The Sword and the Lightbulb: a Reading of
  Guernica</italic> (2001), incluido después en su libro <italic>Peur
  révérence terreur. Quatre essais d´iconographie politique</italic>
  (2013) y en su traducción al italiano (2015), quien se pregunta si
  realmente el mensaje de <italic>Guernica</italic> es de verdad tan
  evidente; o el de Gijs van Hensbergen: <italic>Guernica. The Biography
  of a Twentieth Century Icon</italic> (2005), por citar solo
  algunos.</p>
  <p>Se observa también que, en los últimos años, el interés por el cuadro se ha organizado en tres
        líneas, aunque sin querer limitarlo a estas: otros momentos de su biografía más allá de
        1937, su capacidad de agen­cia y su lugar dentro de la revisión de los últimos años del
        franquismo y los primeros años de la democracia en el contexto español. En relación con las
        primeras dos líneas, cabe citar la búsqueda de antecedentes simbólico-compositivos dentro de
        la obra del propio artista desarrollada en la propuesta de T.J. Clark y Anne Wagner en la
        exposición <italic>Piedad y terror en Picasso: el camino hacia el Guernica</italic> (Museo
        Reina Sofía, 2017), o mi libro <italic>Informe Guernica. Sobre el lienzo de Picasso y su
          imagen</italic> (2019); también la revisión de su legado artístico-político en cuanto
        imagen: <italic>Guernica</italic> (Musée national Picasso, 2018), <italic>Guernica
          Remastered</italic> (Remai Modern, Saskatoon, 2021) o su alcance deslocalizado y
        desjerarquizado, como lo piensa y trabaja Nicola Ashmore desde el proyecto Guernica
        Remakings (2012- ). En cuanto a la tercera línea, puede citarse el li­bro de Genoveva Tusell
        sobre las gestiones político-diplomáticas de recuperación del lienzo y su llegada a España,
        publicado en 2017, o el libro editado por Matei Chihaia y Ursula Hennigfeld:
          <italic>Guernica entre icono y mito. Productividad y presencia de memorias
          colectivas</italic> (2020). A todos ellos, por su naturaleza de fondo documental abierto
        dedicado al cuadro y de voluntad exhaustiva, debe añadirse el proyecto digital
          <italic>Repensar Guernica</italic>, impulsado y desarrollado por el Museo Reina Sofía
        (2017-), y en el que participé como investigadora principal en su primera fase y
        lanzamiento.</p>
  <fig id="imagen1">
    <caption><p>Figura 1. Una grúa móvil saca la caja que contiene el cuadro Guernica. Museo del Prado — Casón
            del Buen Retiro. Madrid, 26 de julio de 1992. EFE/yv</p></caption>
    <graphic mimetype="image" mime-subtype="jpeg" xlink:href="media/image1.jpeg" />
  </fig>
  <p>Mientras que las negociaciones para la entrega de <italic>Guernica</italic> por parte de las
        autoridades estadouni­denses y la dirección del Museo de Arte Moderno de Nueva York (MoMA),
        así como la llegada del lienzo a España y su presentación pública, en octubre de 1981, han
        generado un abundante número de artículos y libros, sea en clave artística, política o de
        crítica cultural, mucha menor atención ha recibido el traslado del lienzo de un museo
        nacional a otro en Madrid, el 26 de julio de 1992. Este artículo señala y aborda las
        implicaciones (culturales, memorísticas, políticas) de aquel movimiento de la obra; y si
        bien no se propone solventar de una vez por todas una laguna en la historiografía, sí
        constituye un primer paso para la revisión crítica de aquel episodio, lo cual sin duda
        redundará en una todavía más amplia comprensión de la obra de Picasso y su gestión. El
        interés por este episodio se inscribe en una investigación mayor en la que el estu­dio de
          <italic>Guernica</italic> (y su imagen) no se centra sólo en el lienzo como objeto
        artístico o atendiendo a su función estética; también se presta especial atención al momento
        de su creación y su recepción, por la diversidad de funciones que desde 1937 sigue
        desempeñando. El argumento que sostiene esta propuesta es que el cuadro (y su imagen)
        también se explica e interpreta por los vínculos que en su biografía —entendiendo aquí la
        vida de la obra, aunque también su vida posterior (en el rango de la pervivencia/
          <italic>Nachleben</italic> o como <italic>afterlife</italic>)— se establecen entre poder,
        imágenes y medios de comunicación. En este sentido, las imágenes que ha generado y genera el
        lienzo, así como las derivadas del uso de su imagen dan cuenta de que se trata de una
        obra/imagen viva, que posee agencia y la capacidad de conectar con el tiempo que atraviesa.
        Y, en el caso concreto que aborda este artículo, enlaza con el cambio de ciclo político a
        nivel nacional e internacional al que se asiste a finales de la década de 1980 y se prolonga
        en los primeros años de la siguiente. Para elaborar esta propuesta, en cuanto parte
        consustancial a ella, se ha estudiado un conjunto de fotografías de prensa y material
        audiovisual referidas al traslado del cuadro con el propósito de examinar las estrategias
        por las que las imágenes se hacen significantes.</p>
  <p>Con el traslado del cuadro del Museo del Prado-Casón del Buen
  Retiro al Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía como eje
  espacio-temporal de este artículo, se analizarán tres aspectos. El
  primero es sobre el alcance de este traslado de
  <italic>Guernica</italic>, una obra que, a partir de 1938 —y sobre
  todo desde noviembre de 1939, cuando Picasso acuerda su depósito en el
  MoMA— se podría decir que adquiere la naturaleza de “obra nómada”.
  Esta expresión es una categoría poética y política formulada por Le
  Corbusier en 1952; con ella se refería a la producción de tapices en
  el marco de los debates sobre la síntesis de las artes como “medio de
  humanizar la monumentalidad” en los tiempos de la reconstrucción
  material y la realidad socio-artística tras la Segunda Guerra Mundial.
  Le Corbusier sostenía que “el tapiz de hoy es y será el mural del
  nómada; la pintura mural que uno enrolla y se lleva bajo el brazo.
  Todos somos nómadas viviendo en apartamentos alquilados y en futuras
  unidades de habitación” (Golan, 2009, p. 236). No obstante, en el caso
  de <italic>Guernica</italic>, el lienzo —como también el tapiz que a
  partir de él se tejió en 1955— desbordará el espacio doméstico y se
  politizará en un edificio concreto, sea en el MoMA, el Museo del
  Prado, el Museo Reina Sofía o sea en la sede de las Naciones Unidas en
  Nueva York, donde el tapiz encargado por Nelson Rockefeller ingresa en
  septiembre de 1985. El segundo aspecto que se analizará en el artículo
  refiere a la condición de <italic>Guernica</italic> de mural/
  monumento; y el tercero es la participación en una acepción inversa de
  iconoclastia que las imáge­nes de su traslado, en julio de 1992, nos
  devuelven. En este sentido, el estudio de las imágenes del cambio de
  sede nos informa de que se trata de un acto contra la iconoclastia,
  pues en su caso lo que se acomete es la conservación del cuadro, no su
  destrucción. También podría ser un gesto que marca el definitivo fin
  de la Transición, con el reconocimiento a la democracia española; por
  último, de un gesto contra el desplazamien­to de las obras de arte, por
  cuanto la idea de traslado es efecto de un episodio de
  desestabilización política, exilio, escenario bélico, riesgo o
  protección.</p>
  <p>Para el análisis de un conjunto de imágenes generadas aquel día se
  empleará la metodología y las he­rramientas que propone la iconografía
  política, según la han definido los historiadores e historiadoras del
  arte que han trabajado la propuesta de archivo de imágenes fundada por
  el profesor Martin Warnke, de la Universidad de Hamburgo a comienzos
  de la década de 1990. También, se acudirá a dicho archivo de imá­genes:
  Bildindex zur Politischen Ikonographie (Warburg-Haus, Universität
  Hamburg) y se utilizarán algunos de los materiales en él conservado
  (fichas de imágenes) en la fase comparativa de esta propuesta. A este
  respecto, y en palabras de Christian Joschke, la iconografía política
  es un marco de trabajo transhistórico de análisis de fórmulas
  visuales, su circulación o su aceleración, que entiende que “en las
  imágenes no se detectan solo tensiones técnicas, sino también
  prácticas simbólicas” (Joschke, 2012, p. 187). Compartiendo cierta
  génesis con la noción de <italic>Pathosformeln</italic> de Aby
  Warburg, para Carlo Ginzburg, la iconografía política, en cuanto
  herramienta analítica, se concretaría como
  <italic>Logosformeln</italic>: una interrogación sobre las ideas y el
  poder que encierran las imágenes (2015, p. 17). En el caso de estudio
  que ahora se presenta, al volver a mirar las fotografías de aquel 26
  de julio de 1992 y estudiarlas junto con un conjunto de imágenes
  recogidas en el Bildindex zur Politischen Ikonographie, en concreto en
  la entrada Denkmal (monumento) —en cuanto evento, circunstancia y
  representación— se reconocen elementos generalizables, esto es
  iconografías simultáneas que han sido utilizadas en múltiples
  ocasiones a lo largo de la historia de la representación política.</p>
</sec>
<sec id="a-modo-de-contexto-las-gestiones-entre-museos-y-ministerio">
  <title>2. A modo de contexto: las gestiones entre museos y Ministerio</title>
  <p>Valga una breve presentación del episodio del traslado. La salida
  de <italic>Guernica</italic> del Museo del Prado - Casón de Buen
  Retiro, en julio de 1992, se produjo en un momento de máxima
  exposición mediática nacional e internacional de España, pues el país
  organizaba y celebraba un cuádruple acontecimiento: la conmemora­ción
  del 500 aniversario de la llegada de Cristóbal Colón al continente
  americano, la Exposición Universal en Sevilla (inaugurada el 20 de
  abril), los Juegos Olímpicos en Barcelona (inaugurados el 25 de julio)
  y Madrid era Capital Europea de la Cultura. Se podría decir que con
  este marco de celebraciones España demostraba públicamente haberse
  incorporado de pleno derecho a la liga de los países desarrollados
  cultural y política­mente hablando. El país cerraba de este modo una
  etapa de formación y prueba constante de moderniza­ción económica y
  democrática, que se había iniciado con la firma del Tratado de
  adhesión a la Comunidad Económica Europea, en junio de 1985. Este
  hecho quedó ratificado con la invitación al festival Europalia 85
  (septiembre-diciembre de 1985), donde, atendiendo a los objetivos de
  esta manifestación, España presentó aquellos rasgos nacionales que
  mejor definían su identidad histórica y cultural. Entre otras
  propuestas, se in­sistió en el mito de la “españolidad de Picasso” en
  la exposición titulada <italic>Picasso, Miró, Dalí</italic> (Palais
  des Beaux- Arts, Charleroi, 1985). De manera que, en 1992, en mitad de
  todos esos actos celebratorios y de reconoci­miento a la así denominada
  joven democracia española, la entrada de <italic>Guernica</italic> en
  el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía constituía una de las
  señales visibles del cambio político en el que se había trabajado los
  años previos. Y por lo que respecta a la renovación de las
  instituciones culturales, por ejemplo, hacia 1986, el Centro Nacional
  de Exposiciones se vio forzado a redefinir (y reducir) sus objetivos a
  medida que el Centro de Arte Reina Sofía empezaba a adquirir forma
  administrativa y física como nuevo museo de arte contem­poráneo del
  país, al cual se le fueron asignando funciones, como “la revisión
  histórica de las vanguardias, la presentación de grandes colecciones
  extranjeras y la exhibición de arte español actual” (Rubio, 1987, p.
  73). Fue entonces cuando se tomó la decisión del cambio de sede del
  cuadro, pero también el inicio de un proceso de industrialización de
  la cultura, como bien han estudiado Jorge Luis Marzo y Tere Badía
  (2006).</p>
  <p>Por otro lado, la transformación administrativa del Museo Reina
  Sofía coincidió con el proceso de nom­bramiento de Madrid como Capital
  Europea de la Cultura, en 1988. Y a estos dos hitos podrían añadirse
  las negociaciones para el préstamo y depósito de la Colección del
  Barón Thyssen-Bornemisza en el Palacio de Villahermosa, en el Paseo
  del Prado, quedando inaugurado el museo el 8 de octubre de 1992.
  También debe mencionarse la adquisición municipal del Palacio de
  Linares para su transformación en la Casa de América, en la Plaza de
  Cibeles, que fue inaugurada el 25 de julio de 1992 en el marco de la
  II Cumbre Iberoamericana, de la que fue sede. Estas casualidades, que
  podrían componer la lista de actuaciones de cualquier agen­da política
  en aquellos años, comparten la voluntad de modernización de las
  instituciones culturales de la ciudad (y del Estado), con el propósito
  de mostrar las colecciones estatales y ofrecer una oferta variada de
  actividades para todos los públicos, sin olvidar el turismo. El
  primigenio “Paseo del arte” o “Triángulo de
  oro”,<xref ref-type="fn" rid="fn2">2</xref> como quedó bautizado
  entonces, es el tramo del Paseo del Prado que queda balizado por los
  museos Prado, Thyssen-Bornemisza y Reina Sofía, de 1km escaso de
  extensión y que traza un eje de gran valor artístico y económico. Ese
  eje fue el recorrido que hizo <italic>Guernica</italic> en su “último
  viaje”, empleando aquí la épica simbóli­ca y aludiendo a la memoria
  política que ese episodio activó.</p>
</sec>
<sec id="el-traslado-iconografía-de-rito-de-paso-político-social">
  <title>3. El traslado: iconografía de rito de paso político-social</title>
  <p>El cambio de sede de <italic>Guernica</italic> quedó documentado en un abundante número de
        fotografías, notas de prensa y videos grabados aquella mañana del 26 de julio de 1992; que
        en gran parte aparecieron en los telediarios de aquel día y otras en la prensa del día
        siguiente, mayoritariamente nacionales. Además, debe señalarse la película documental que el
        artista Tino Calabuig realizó aquella mañana, que se conoce con el título de
          <italic>Guernica</italic> (1992).<xref ref-type="fn" rid="fn3">3</xref> En líneas
        generales, las imágenes aluden fundamentalmente a dos momentos: la salida del Museo del
        Prado - Casón del Buen Retiro (<xref ref-type="fig" rid="imagen1">Fig. 1</xref>) y la
        entrada en el Museo Reina Sofía (<xref ref-type="fig" rid="imagen2">Fig. 2</xref>). Todas
        comparten los siguientes ele­mentos: operarios, personal del museo, los directores de ambos
        museos y autoridades políticas, miembros de los cuerpos de seguridad del Estado, la prensa,
        un camión, una grúa y una caja, a lo que se añade la presencia de vecinos en los balcones de
        las casas de alrededor. Por un lado, en ellas advertimos algunos atributos, índices o
        elementos compositivos que devienen signos elocuentes y por los que esas imágenes participan
        de una icono­grafía política determinada con la cual, para el verano de 1992, se estaba
        ampliamente familiarizados: las grúas y cuerdas protagonistas en la destrucción de
        monumentos, la iconoclasia que acompaña a un cambio político-social, la que marca un
        “periodo de revoluciones”, como la que había acontecido con la caída del Telón de acero a
        partir del otoño de 1989. Además, por su iconografía política, esas imágenes añaden a sus
        posibilidades repre­sentativas otra acepción o figura: la de rito de paso de un régimen
        político a otro.</p>
  <fig id="imagen2">
    <caption><p>Figura 2. Operarios bajando la caja que contiene Guernica para su entrada en el muelle del Museo
            Reina Sofía. Madrid, 26 de julio de 1992. EFE/Manuel Contreras/aa</p></caption>
    <graphic mimetype="image" mime-subtype="jpeg" xlink:href="media/image2.jpeg" />
  </fig>
  <p>La destrucción de monumentos durante los primeros momentos de la Revolución francesa inauguró
        la etapa de la iconoclastia moderna, como bien ha estudiado Dario Gamboni en <italic>La
          destrucción del arte: icono­clasia y vandalismo desde la Revolución Francesa</italic>
        (1997), entre otros. Las imágenes de la caída de la Columna Vendôme en París en 1871
        constituyen otro hito destacado de este fenómeno y proceso que es bien cono­cido por todos.
        También hubo episodios tras la Segunda Guerra Mundial (<xref ref-type="fig" rid="imagen3"
          >Fig. 3</xref>); y cabe mencionar el largo proceso de desmantelamiento de estatuas de
        Francisco Franco en España, siendo la de Valencia una de las primeras en retirarse, en 1983.
        A la vez, la destrucción y vandalización de monumentos es un fenómeno que se prolonga hasta
        nuestros días, como ejemplifica la retirada de la estatua de Saddam Hussein en Bagdad en
        abril de 2003; o los actos protagonizados por movimientos de revisión histórica o desde
        perspectivas antirraciales y anticoloniales. Sin embargo, el momento histórico que nos
        ocupa, el periodo 1989-1992, que marcó el fin de la Guerra Fría con la caída del muro de
        Berlín, el desmantelamiento de la Unión Soviética y la independencia de las repúblicas que
        la constituían nos devuelve un ingente número de imágenes de destrucción de monumentos e
        iconoclasia, propio de una época mediada por la imagen y los medios de comunicación (<xref
          rid="imagen4" ref-type="fig">Fig. 4</xref>); y baste recordar algunas de las escenas más
        conocidas de la película <italic>Good Bye Lenin</italic> (Wolfgang Becker, 2003). La
        aparición de este numeroso conjunto de fotografías en prensa, y que como imá­genes y
        documento iconográfico integran el Bildindex zur Politischen Ikonographie, coincide entonces
        con la publicación de una selección de imágenes de Sibylle Bergemann de su serie <italic>Das
          Denkmal</italic> (El monumento, 1975-1986), que se presentó en 1990 como fotolibro,
        acompañado con un texto de Heiner Müller y bajo el título <italic>Ein Gespenst verlässt
          Europa</italic> (Un fantasma recorre Europa, 1990). La serie, desarrollada a lo largo del
        tiempo, se ocupa del proceso de elaboración del monumento dedicado a Marx y Engels,
        realizado por el escultor Ludwig Engelhardt en Gummlin (Usedom, Alemania), hasta su
        instalación, en un parque próximo al Ayuntamiento de Berlín y el actual Humbolt Forum (<xref
          ref-type="fig" rid="imagen5">Fig. 5</xref>). Podríamos decir que sus fotografías contienen
        el anuncio de un inminente cambio de época precisamente porque en ellas se reconocen
        aspectos compositivos e índices fundamentales de la iconografía política de la destrucción
        de monumentos: esculturas atadas con cuerdas, seccionadas, suspendidas del cable de una
        grúa, etc. Aunque en este caso los fragmentos del monumento estaban protegidos con mantas
        con la intención de garantizar su integridad.</p>
  <fig id="imagen3">
    <caption><p>Figura 3. Tentativa de derribar la estatua de István
    Werbőczy en Budapest (Hungría), el 1 de mayo de 1945. Ficha en la
    entrada Denkmal (Monumento) en el Bildindex zur Politischen
    Ikonographie, Warburg-Haus / Universität Hamburg.</p></caption>
    <graphic mimetype="image" mime-subtype="jpeg" xlink:href="media/image3.jpeg" />
  </fig>
  <fig id="imagen4">
    <caption><p>Figura 4. Desmontaje de la escultura-memorial al Ejército
    soviético, Lubin (Polonia), el 9 de septiembre de 1990. Ficha en la
    entrada Denkmal (Monumento) en el Bildindex zur Politischen
    Ikonographie, Warburg-Haus / Universität Hamburg.</p></caption>
    <graphic mimetype="image" mime-subtype="jpeg" xlink:href="media/image4.jpeg" />
  </fig>
  <fig id="imagen5">
    <caption><p>Figura 5. Montaje del monumento a Engels, realizado por
    Ludwig Engelhardt, en Gummlin (Usedom, Alemania). Fotografía de
    Sibylle Bergemann, julio 1986. Ficha en la entrada Denkmal
    (Monumento) en el Bildindex zur Politischen Ikonographie,
    Warburg-Haus / Universitä Hamburg.</p></caption>
    <graphic mimetype="image" mime-subtype="jpeg" xlink:href="media/image5.jpeg" />
  </fig>
  <p>En las imágenes de Madrid de 1992, reconocemos similares elementos
  compositivos e índices: un abul­tado grupo de gente, testigo del
  desplazamiento, así como el alzado y arriado de una obra con la ayuda
  de cinchas y una grúa —superadas las cuerdas y escaleras que se
  aprecian en las imágenes del siglo XVIII y XIX. Al detener la atención
  en este conjunto de imágenes no se pretende narrar el traslado del
  lienzo en sentido literal, sino en el simbólico, así como reparar en
  el hecho de que conectan con su época y, por extensión,
  <italic>Guernica</italic> también se erige en un “actor que funciona
  [y participa] en una red de relaciones sociales”, como sostiene
  Caroline van Eck a propósito del poder de agencia de la obra de arte
  (2015, p. 9). Por este fenómeno de migración iconográfica, las
  imágenes del traslado de <italic>Guernica</italic> se suman al
  imaginario sociopolítico de la nueva Europa que se está construyendo y
  perfilando en ese momento, pudiendo decir que, por su iconogra­fía
  política, esas imágenes no solo hablan de la modernización de las
  instituciones españolas y del proyecto de museo de arte contemporáneo,
  sino que pueden leerse en clave internacional. También, y dentro de
  los estudios visuales, esas imágenes devienen “imágenes críticas”,
  esto es, aquellas que actúan como un espacio crítico y son resorte
  desde el que analizar la época a la que apela y convoca. En palabras
  de Sunil Manghani, este tipo de imágenes “no pretende ser un medio
  para alcanzar un fin, sino un medio para pensar más, para enriquecer
  lo que sabemos, para complicar lo que de otro modo podríamos llegar a
  aceptar con demasiada despreocupación” (2008, p. 31).</p>
</sec>
<sec id="límites-de-la-iconografía-de-destrucción">
  <title>4. Límites de la iconografía de destrucción</title>
  <p>No obstante, dos cosas llaman la atención en el caso de
  <italic>Guernica</italic>: la primera es la visión de la obra por
  obje­to interpuesto, pues se habla del cuadro <italic>Guernica</italic>
  cuando lo que se ve en las imágenes es una caja de trans­porte de obras
  de arte. La segunda es que aun compartiendo unos elementos
  composicionales con aquellas otras imágenes de las ciudades y la
  ciudadanía celebrando mediante el derribo de estatuas el nuevo estatus
  político adquirido, la destrucción de la obra no es el propósito de la
  acción desarrollada y documentada en Madrid. Al contrario, se trata de
  la conservación y preservación de una obra patrimonializada para, de
  este modo, agregarle una nueva función representativa; es decir,
  <italic>Guernica</italic>, por su valor artístico y su capital
  simbólico, estaba llamada a reforzar la naturaleza del nuevo museo de
  arte contemporáneo y su razón de ser, pues cabe no olvidar que el
  museo construye representaciones. Así, en el plan museológico diseñado
  entonces para el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía se
  reservaba a <italic>Guernica</italic>, el Pabellón de España de 1937 y
  la guerra civil española un lugar central en la ordenación de la
  colección, un eje que se mantiene hasta hoy. El 10 de septiembre de
  1992 quedaba inaugurada la Colección permanente y, con grandilocuentes
  titulares, la prensa concluyó que “el Reina Sofía ya es un museo”,
  como rezaba el titular de Carlos Piedras en el periódico
  <italic>Ya</italic> del 6 de septiembre (1992, p. 21).</p>
  <p>Hasta donde la documentación conservada y consultada muestra, este cambio de sede del cuadro
        fue un episodio sumamente mediático. También, era la primera vez que el cuadro no se
        enrollaba, sino que se construyó una caja a medida y se adaptó un vehículo para tal fin.
        Esto es: por motivos de conservación, se consensuó que el lienzo no se volviera a enrollar
        ni desmontar de su bastidor. La salida de la caja del Museo del Prado — Casón del Buen
        Retiro fue el tema y la tipología de imagen más reproducida en la prensa. Cabría añadir que
        en aquel instante se contraía lo que esa operación significaba: el fin de la Transición, la
        celebra­ción de la joven democracia española y la existencia de un museo de arte
        contemporáneo, al margen de la fricción entre la propiedad legal y la propiedad moral del
        cuadro. La observación atenta de una de aquellas imágenes (<xref rid="imagen1"
          ref-type="fig">Fig. 1</xref>) permite distinguir a un grupo de gente en la columnata de la
        fachada trasera del Casón (calle Felipe IV): se trata de los técnicos del museo y de la
        empresa de transportes; también aparece un grupo de gente al pie del edificio: los
        directores de los dos museos implicados, representantes políticos, la prensa y más técnicos,
        además de los operarios de la empresa de transporte. Cabe preguntarse por lo que la ima­gen
        muestra, pero también por lo que no muestra.</p>
  <p>Como se ha adelantado, la no-imagen de <italic>Guernica</italic>
  constituye el resorte o el argumento para una inter­pretación inversa
  de la iconoclastia ejercida contra los monumentos. Empleando el
  vocabulario propio de la querella de las imágenes, podemos afirmar que
  la visión de la caja propicia la defensa de la imagen ahora negada,
  encarnando de este modo la espera de su renacer —a la manera de su
  manifestación sagrada— en otro lugar. Las fotografías dan cuenta de
  esta suspensión momentánea de la imagen de <italic>Guernica</italic>,
  un acon­tecimiento que queda intensificado en la película documental de
  Tino Calabuig y en los videos grabados para los noticiarios de
  televisión con los momentos de izada y arriado de la caja, como el que
  emitió el canal Telemadrid. Al mismo tiempo, las imágenes desencadenan
  un fenómeno de simultaneidad de metáforas y metonimias: la caja es una
  no-imagen a la vez que es una bandera que se descuelga de un mástil de
  un museo nacional para ser instalada en otro; y
  <italic>Guernica</italic> es un monumento que abandona un pedestal
  para ocupar otro, pues sin duda el cambio de lugar o adscripción que
  se produce en julio de 1992 contribuye a la resemantización del cuadro
  y de los dos museos. Reconociendo que la iconografía política permite
  aunar presente y pasado e insistir en el mecanismo de persuasión
  política visual, se pueden señalar otros ejem­plos de la ambivalencia o
  los límites de la iconografía política sobre la destrucción de
  monumentos, en parti­cular la que apela a la “creación” por intercambio
  o conservación de patrimonio. Por ejemplo, esto es lo que nos enseñan
  las fotografías que documentan las tareas de embalaje y desplazamiento
  del tesoro artístico durante la guerra civil española, junto con su
  campaña de defensa del patrimonio, o, también, por ejemplo, la
  protección y salida de las obras del Museo del Louvre, en París, en
  septiembre de 1939.</p>
</sec>
<sec id="muro-mural-monumento">
  <title>5. Muro, mural, monumento</title>
  <p>Para abordar la actualización de la condición de
  <italic>Guernica</italic> de mural/monumento en julio de 1992,
  conviene volver a las imágenes que muestran la liquidación del
  proyecto de la Unión Soviética y que tuvo en la caí­da del muro de
  Berlín su máxima concreción, el 9 de noviembre de 1989. Hasta ese
  momento, el muro de Berlín había sido y funcionado como una
  arquitectura política y un símbolo colectivo. Michael Diers, en un
  artículo que publicó en un número especial de la revista
  <italic>Kritische berichte</italic> (3/1992) dedicado a la caída del
  muro, señalaba que el muro y sus fotografías apelaban al sistema
  político responsable de su construcción, de tal manera que la caída
  del bloque soviético y el “fin del corto siglo XX” —en palabras del
  historiador Eric Hobsbawn— se materializan y confirman en la
  destrucción de dicho muro por parte de los ciudadanos: una acción
  colectiva con la que cancelar la cesura impuesta a la ciudad y al
  país. En ese proceso, en ese rito de paso, el muro se resignificaba en
  el plano simbólico y quedaba convertido en un monumento que se debía
  conservar (Diers, 1992, p. 63). No en balde, y como sabemos, de él
  quedan fragmentos que han sido musealizados, que se integran en
  espacios culturales como obra patrimonializada y con los que contar la
  historia del país; también incluso se han conservado fragmentos no
  desplazados, sino ahora integrados en el espacio público, como ocurre
  en algunas zonas de la ciudad de Berlín. Aquella noche del 9 de
  noviembre, la presencia de una multitud de ciudadanos reunidos a un
  lado y otro de ese límite y frontera anunciaba los derribos y el
  traslado de fragmentos del muro con grúas (<xref ref-type="fig" rid="imagen6">Fig. 6</xref>). Ante esas
  imágenes, la pregunta que surge es en qué medida la imagen de la
  suspensión de esos fragmentos de muro puede equipararse con la salida
  y entrada de la caja que transportó a <italic>Guernica</italic> de un
  museo nacional a otro, en cuanto que, junto a la migración
  iconográfica, lienzo y arquitectura política comparten una naturaleza
  mural, de límite y cesura.</p>
  <fig id="imagen6">
    <caption><p>Figura 6. Derribo de los primeros lienzos del muro de
    Berlín, en el entorno de la Puerta de Brandeburgo. Berlín, 9 de
    noviembre de 1989. (RP1DRILHNVAC) © STR Old / Reuters / Contacto /
    Contacto</p></caption>
    <graphic mimetype="image" mime-subtype="jpeg" xlink:href="media/image6.jpeg" />
  </fig>
  <p>Cuando el lienzo fue expuesto por primera vez en Londres, en
  octubre de 1938, el crítico de arte Herbert Read escribió un artículo
  sobre <italic>Guernica</italic>, publicado en <italic>London
  Bulletin</italic>, en el que lo definía de esta manera:</p>
  <disp-quote>
    <p>El arte dejó de ser monumental hace mucho tiempo. El artista debe
    tener un mínimo de fe en los suyos y un mínimo de confianza en la
    civilización a la que pertenece. Semejante actitud no resulta
    posible en el mundo moderno, o al menos no en nuestro mundo europeo
    occidental. […] El único monumento lógico sería una suerte de
    monumento negativo. Un monumento a la desilusión, la desesperanza,
    la destrucción. Era inevitable que el artista por excelencia de
    nuestra época llegase a esa conclusión. […] El gran fresco de
    Picasso es un monumento a la destrucción, un grito de indignación y
    de horror amplificado por el espíritu de un genio (1938, p. 6).</p>
  </disp-quote>
  <p>Más allá de la potencial interpretación que Read intenta del
  cuadro, lo que resulta interesante de su texto —por su carácter de
  epifanía— es que, con su apreciación, situó al público y al lector en
  el punto de inflexión de la consideración de <italic>Guernica</italic>
  como monumento negativo hacia una recepción positiva. Los motivos de
  esa mutación pueden encontrarse en la gestión, la exposición, la
  itinerancia y la interpretación posteriores del cuadro, todo ello
  garantizado por su naturaleza nómada y por la circulación de su
  imagen. Aunque quizás obedezca a una razón más paradójica: el hecho de
  que un monumento no esté asentado y sujeto a un único paisaje, un
  espacio, una comunidad. El cuadro de Picasso enseguida fue denominado
  y también considera­do funcional y simbólicamente como un mural (Robles
  Tardío, 2021), como una pintura destinada a cubrir el muro asignado en
  el Pabellón de España en la Exposición Internacional de París de 1937.
  Muchos años des­pués, Josep Lluís Sert, uno de los dos arquitectos del
  pabellón y testigo del “hacerse” (constructo)
  <italic>Guernica</italic>, redactó en 1982 unas notas bajo el título
  <italic>Picasso en els anys del Guernica</italic> y que se publicaron
  casi treinta años después en una recopilación de conversaciones y
  escritos. En ellas leemos:</p>
  <disp-quote>
    <p>Él mismo [Picasso] vino acompañando al camión e hizo la entrega
    del cuadro al pabellón. Se montó en el lugar escogido desde el
    comienzo, hacía ya meses. El efecto fue sorprendente —el tamaño de
    los perso­najes, la fuerza de la composición— y producía la
    sensación, el efecto, de una obra pintada sobre el propio muro. Se
    trataba de un verdadero mural que dominaba el espacio, tomando
    posesión del lugar (2011, p. 93).</p>
  </disp-quote>
  <p>Por su parte, el muro de Berlín siempre fue algo más que un simple
  muro; lo fue en sentido simbólico, pero también en sentido
  arquitectónico: “No solo fue un muro de piedra, sino un complejo
  sistema fron­terizo, con fosos, torres de vigilancia y varios muros,
  esto es, un conjunto de edificios, formas de paisaje, tecnología,
  objetos y personas,” como ha señalado Benjamin Dreschel (2011, p.
  132). Esta acepción, aunque también bañada de metáfora, fue la que ya
  había probado la película <italic>Cielo sobre Berlín</italic> de Win
  Wenders (1987). En su consideración sobre el muro de Berlín, Dreschel
  se detuvo en una fotografía de Thomas Kienzle (Associated Press)
  tomada el 10 de noviembre de 1989, el día después de la caída del
  muro; en ella, un grupo de personas, de espaldas al fotógrafo, está
  encima del muro —esa arquitectura fronteriza— en la sección que
  coincide con la Puerta de Brandeburgo. Los hombres y mujeres se dan la
  mano, forman un muro humano que constituye la contrapartida al de
  piedra. Sobre la cuadriga que remata la puerta, se levanta la bandera
  negra, amarilla y roja de la República Federal Alemana (Dreschel,
  2011, p. 130). Al detenernos en esa imagen encontramos en ella otra
  señal de confirmación de ese imaginario compartido entre los episodios
  de Berlín y el de Madrid: las columnas de la puerta berlinesa resuenan
  en las de la fachada del Casón del Buen Retiro, y la promesa que
  encerraba la danza de libertad de los jóvenes de Berlín se traduce en
  “la santificación del <italic>Guernica</italic>”, en palabras de
  Antonio Saura en su “Réquiem” publicado en <italic>El País</italic> el
  27 de julio de 1992 (1992, p. 9), auspiciada por la presencia del
  ministro y los técnicos del museo en el escenario.</p>
</sec>
<sec id="conclusiones">
  <title>6. Conclusiones</title>
  <p>La biografía del lienzo que abarca desde su realización para el
  Pabellón de España en la Exposición Internacional de París de 1937
  hasta su instalación en el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía
  en julio de 1992 está marcada, adjetivada o participada por su
  condición de obra nómada, un carácter que le otorgan las
  circunstancias en las que fue creada, su historia expositiva
  posterior, así como su gestión. Sin embargo, al mismo tiempo que su
  naturaleza nómada quedaba confirmada por su presentación en distintas
  geogra­fías, museos e instituciones, <italic>Guernica</italic>
  afianzaba su cualidad de monumento, esto es: de algo que se quiere
  eterno y es digno de ser conservado, en cuanto que su función como
  monumento es la de recordar, hacer recordar, avisar y advertir. No
  obstante, <italic>Guernica</italic> no es un mural, en el sentido de
  que no es una obra reali­zada en el muro del pabellón, como sí fue la
  de Joan Miró, que se perdió con la destrucción de edificio, pues
  efímero era su carácter. Por su parte, el lienzo de Picasso ha
  ratificado su naturaleza de mural en la medida en que reunía todas las
  cualidades y valores que cabía esperar de una pintura mural:
  impresionar, ajustarse y corresponder a su espacio o emplazamiento, y
  durar. El principio de conservación de la obra que ha sido recibida
  como patrimonio se traduce en el esmerado trabajo de los restauradores
  por proteger el lienzo con su embalado especial, como muestran las
  imágenes. En ellas, utilizando las metáforas y las voluntades,
  pareciera que habían extraído el lienzo del muro del Casón empleando
  la técnica del <italic>stacco a masello</italic>: la extracción en
  bloque de la obra, que implicaba también la superación de la etapa de
  la urna antibalas.</p>
  <p>En definitiva, podría decirse que las imágenes del traslado del
  lienzo, por la inversión interpretativa de su iconografía política y
  en una lectura contextualizada, contienen la manifestación del término
  de algunas de las características que habían sido sustanciales en la
  naturaleza del lienzo <italic>Guernica</italic> y su biografía. Entre
  ellas destaca el fin o la suspensión de su condición de obra nómada,
  al favorecer con este cambio su conservación como monumento de
  memorias simultáneas en un nuevo espacio museístico, lo que no ha
  obstaculizado el proceso de migración constante de su imagen. También,
  y siguiendo una propuesta de Baumgartner (2021), que desde la zona
  fronteriza en la que se ha situado el análisis de su iconografía
  política, <italic>Guernica</italic> —desde su traslado— contribuye a
  la introducción de la noción de construcción en el campo semántico de
  la destrucción.</p>
</sec>
</body>
<back>
<fn-group>
  <fn id="fn1">
    <label>1</label><p>Esta investigación se ha desarrollado en el marco
    del proyecto <italic>Los públicos del arte y la cultura visual
    contemporáneas en España</italic> (PID2019-105800GB-I00).</p>
  </fn>
  <fn id="fn2">
    <label>2</label><p>Esta fue la denominación que le dio el ministro
    de Cultura, Jordi Solé Tura, en la rueda de prensa ofrecida tras la
    reunión del Real Patronato del Museo del Prado, celebrada el 5 de
    mayo de 1992. Parte de esta rueda de prensa queda recogida en la
    película de Tino Calabuig, <italic>Guernica</italic>, 1992.</p>
  </fn>
  <fn id="fn3">
    <label>3</label><p>Tino Calabuig ha utilizado metraje de esa
    grabación para la realización del documental <italic>Guernica. Un
    cuadro para la historia</italic>, 2017.</p>
  </fn>
</fn-group>
  <ref-list>
    <ref id="b0">
        <element-citation publication-type="journal">
          <person-group person-group-type="author">
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            </name>
          </person-group>
          <article-title>Modernización y política artística: el Centro Nacional de Exposiciones
            entre 1983 y 1989</article-title>
          <source>Anales de Historia del Arte</source>
          <volume>17</volume>
          <page-range>223-245</page-range>
          <year>2007</year>
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        <page-range>105-127</page-range>
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        <year>2017</year>
        <ext-link ext-link-type="uri" xlink:href="https://arthistory.columbia.edu/sites/default/files/content/faculty/pdfs/baumgartner/iconoclasts.pdf">https://arthistory.columbia.edu/sites/default/files/content/faculty/pdfs/baumgartner/iconoclasts.pdf</ext-link>
        <comment>En The art of revolutions</comment>
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        <page-range>58-74</page-range>
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        <comment>Der Fall der Denkmäler</comment>
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