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      <journal-id journal-id-type="publisher">ARIS</journal-id>
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        <journal-title specific-use="original" xml:lang="es">Arte, Individuo y Sociedad</journal-title>
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      <issn-l>1131-5598</issn-l>
      <publisher>
        <publisher-name>Ediciones Complutense</publisher-name>
        <publisher-loc> España </publisher-loc>
      </publisher>
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      <article-id pub-id-type="doi">10.5209/aris.96225</article-id>
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          <subject>Artículos</subject>
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        <article-title>El marco conceptual de la educación artística. Una mirada desde el nuevo realismo</article-title>
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          <trans-title>The conceptual framework of arts education. A look from the new realism</trans-title>
        </trans-title-group>
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        <contrib contrib-type="author" corresp="yes">
          <contrib-id contrib-id-type="orcid">https://orcid.org/0000-0003-1009-2589</contrib-id>
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            <surname>Ramon</surname>
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          <institution content-type="original">Universitat de València </institution>
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      <author-notes>
        <corresp id="cor1">Ricard Ramon<email>ricard.ramon@uv.es</email></corresp>
      </author-notes> 
      <pub-date date-type="pub" publication-format="electronic" iso-8601-date="2025-01-09">
        <day>01</day>
        <month>04</month>
        <year>2025</year>
      </pub-date>
      <volume>37</volume>
      <issue>1</issue>
      <fpage>49</fpage>
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          <license-p>Este artículo se publica bajo la licencia CC-BY 4.0.
            https://creativecommons.org/licenses/by/4.0/</license-p>
        </license>
      </permissions>
      <abstract>
        <p>Este artículo analiza la postura filosófica del llamado nuevo realismo, especialmente, partiendo de las propuestas del filósofo Markus Gabriel, en referencia al impacto de sus ideas en la construcción del marco conceptual y de pensamiento de la educación artística y sus prácticas. Se sintetiza una explicación sobre la corriente del nuevo realismo, como alternativa al materialismo, al idealismo y al constructivismo posmoderno. Hace un breve recorrido crítico por algunas de sus propuestas, centrándose, de manera exclusiva, en aquellos aspectos que tienen un impacto significativo en el desarrollo conceptual contemporáneo de la educación artística. Se pretende establecer unas bases de pensamiento que permitan ir tejiendo un nuevo desarrollo y definición de la educación artística, convencidos de la necesidad de teorizar para consolidar y fortalecer la disciplina y sus prácticas e investigaciones. Finalmente, establece la necesidad de consolidar una educación artística centrada en su propia realidad objetiva y en el reconocimiento de la realidad del arte como campo de sentido autónomo sobre el que debe girar de forma exclusiva la función de la disciplina.</p>
      </abstract>
      <trans-abstract xml:lang="en">
        <p>This article analyses the philosophical position of the new realism. Especially, starting from the proposals of the philosopher Markus Gabriel, about the impact of his ideas in the construction of the conceptual and thinking framework of arts education and its practices. It synthesises an explanation of the current of new realism, as an alternative to materialism, idealism and postmodern constructivism. It takes a brief critical look at some of its proposals, focusing exclusively on those aspects that have a significant impact on the contemporary conceptual development of arts education. The aim is to establish a basis of thought that allows a new development and definition of arts education, convinced of the need to theorise to consolidate and strengthen the discipline and its practices and research. Finally, it establishes the need to consolidate an arts education based on its own objective reality and on the recognition of art as an autonomous field of meaning on which the function of the discipline should be exclusively focused.</p>
      </trans-abstract>
      <kwd-group>
        <kwd>nuevo realismo</kwd>
        <kwd>educación artística</kwd>
        <kwd>concepto de arte</kwd>
        <kwd>pensamiento artístico</kwd>
      </kwd-group>
      <kwd-group xml:lang="en">
        <kwd>artistic thought</kwd>
        <kwd>concept of art</kwd>
        <kwd>art education</kwd>
        <kwd>new realism</kwd>
      </kwd-group>
    </article-meta>
  </front>
<body>
<sec id="introducción">
  <title>1. Introducción</title>
  <p>Una de las carencias disciplinares más detectables en el ámbito de
  la educación artística, como se eviden­cia de la falta de suficientes
  textos relevantes al respecto en la literatura académica, es la de una
  construc­ción conceptual suficientemente sólida y diversa. De un cuerpo
  de teoría y de pensamiento, que defina, o discuta, los ejes
  conceptuales sobre las que esta se construye. Más allá de las
  propuestas del llamado padre de la disciplina, tal y como la
  entendemos en el presente, Elliot Eisner (1995, 2004), la cuestión se
  acaba re­solviendo en proposiciones metodológicas y en narrativas del
  qué hacer y cómo hacerlo, con diferentes sabores y formulaciones. La
  propuesta de Eisner es una de las pocas, que nace desde la propia
  disciplina, y que se asienta en una base profundamente pragmática. Se
  trataba de fortalecer los argumentos, en ocasio­nes claramente
  economicistas, pero sólidos, para justificar la misma existencia y
  presencia de la disciplina en los sistemas educativos. Esto, supuso el
  nacimiento, la salvación y, a su vez, la condena de la educación
  artística a la apelación permanente a justificar su existencia. Casi a
  disculparse de su propia esencia; a pesar de las acertadas apelaciones
  a la necesidad de prescindir de mártires de la disciplina
  (Mesías-Lema, 2021). No debemos olvidar que lo único que justifica la
  existencia de la educación artística, es la misma existencia del arte.
  Ello implica que la educación artística no puede ser sin el arte. Una
  afirmación obvia, pero sobre la que conviene insistir, en
  ocasiones.</p>
  <p>Esto delata una de las grandes debilidades del área de
  conocimiento, como es su enorme dependencia a su existencia
  disciplinar académica. Es decir, nos definimos más por nuestra
  existencia académica y su ejercicio disciplinar, que, por el concepto,
  o la existencia per se, de la educación artística. Un problema que
  comparten, en general, las llamadas didácticas específicas, por su
  propia naturaleza. En nuestro caso, además, para justifi­car nuestros
  marcos conceptuales, debemos recurrir de forma casi permanente y
  obligatoria a los marcos teó­ricos construidos desde otras disciplinas,
  esencialmente desde la filosofía del arte, la estética y teoría del
  arte. Ignoramos habitualmente, y de forma mutua, a la historia del
  arte; a pesar de su notable influencia indirecta, que no reduce la
  lógica distancia entre ambas áreas. Un aspecto sobre el que también
  habría que trabajar.</p>
  <p>Pero si se nos reconoce como disciplina académica autónoma y área
  de conocimiento específica en los planes de estudio, aunque sea con
  poca dotación y presencia en esos mismos planes, debemos construir
  conceptualmente la materia desde nuestra área de conocimiento. Más
  allá de definir qué hacemos y cómo lo hacemos, hay que definir qué
  somos, que no siempre viene dado por lo que hacemos o sus formas;
  aun­que nuestra disciplina esté tan ligada al pensar haciendo,
  lógicamente. Esto no implica considerarse una caja estanca. No existe
  el conocimiento aislado, y, por tanto, debemos mirar hacia un
  horizonte extenso, para construir esos marcos. Pero se debe hacer
  desde el interior de la disciplina. En ese sentido, las propuestas
  filosóficas del nuevo realismo nos permiten focalizar y definir mejor
  esos marcos flexibles, orientándolos hacia la esencia de la existencia
  de la educación artística como campo de conocimiento autónomo, que es
  lo que se reclama específicamente en este trabajo.</p>
  <p>Este artículo propone indagar en esta faceta, centrándose en un
  análisis de las propuestas teóricas de la corriente filosófica del
  nuevo realismo, con la intención de definir posibles marcos de
  influencia que contribu­yan a una conceptualización propia de la
  disciplina de la educación artística, desde bases teóricas sólidas. Se
  aborda este objetivo desde un análisis y reflexión teórico crítico. El
  artículo establece una relación con aquellos aspectos que pueden
  contribuir a definir una determinada mirada hacia la educación
  artística y su conceptualización. Y lo hace, a partir de los aspectos
  que se derivan del análisis de las propuestas de la filosofía del
  nuevo realismo, especialmente, desde el análisis de los textos de
  Markus Gabriel (Castro Córdoba, 2018).</p>
  <p>Para ello se plantea un análisis, que empieza con una exposición
  sobre la filosofía del nuevo realismo y su propuesta como alternativa
  a las teorías posmodernas, que nos permite contextualizar y comprender
  sus bases. Posteriormente, se analiza, de forma más específica, la
  mirada que el nuevo realismo propone hacia el arte. Se continúa, con
  un análisis de lo que se considera como los principales impactos que
  el nuevo rea­lismo aporta, para ayudar a definir un marco conceptual
  contemporáneo de una educación artística, inde­pendiente y
  autosuficiente. Finalmente, propone, como conclusión, que la filosofía
  del nuevo realismo aporta algunas bases teóricas sólidas que permiten
  justificar y definir la educación artística, como un campo de
  conocimiento autónomo, que debe regirse por sus propios parámetros y
  definirse conceptualmente desde estos. Se construye, por tanto, una
  base sobre la que empezar a trabajar en unos sólidos cimientos
  teóricos sobre los que la educación artística se defina y afiance, por
  sí misma.</p>
</sec>
<sec id="el-nuevo-realismo-y-su-alternativa-a-la-posmodernidad">
  <title>2. El nuevo realismo y su alternativa a la posmodernidad</title>
  <p>Se puede afirmar, partiendo de una necesaria simplificación, que el
  nuevo realismo (Hernández Marcelo, 2020; Ramírez, 2016), nace como una
  reacción hacia la saturación y el escepticismo emergidos del
  desarro­llo de las teorías posmodernas. Una reacción a la idea de que
  toda realidad es construida, habitualmente por el lenguaje o las
  narrativas. Una conceptualización que tiene repercusiones respecto a
  nuestra forma de experimentar y concebir la vida y el mundo, por eso
  se considera muy relevante.</p>
  <disp-quote>
    <p>En esta estrategia, la posmodernidad realizada se manifiesta como
    un utopismo violento e invertido. En vez de reconocer lo real e
    imaginar otro mundo que realizar en lugar del primero, pone lo real
    como fábula y asume que esta es la única liberación posible: de modo
    que no hay nada que realizar, y des­pués de todo no hay tampoco nada
    que imaginar; se trata, al contrario, de creer que la realidad es
    como un sueño que no puede hacer daño y que satisface. (Ferraris y
    Martin, 2013, p. 37)</p>
  </disp-quote>
  <p>El hecho de considerar que la realidad existe, no deja de ser
  también un producto de nuestra capacidad de percibir y pensar.
  Especialmente, cuando se refiere a una parte de la realidad, como son
  los objetos, la materia o las leyes de la naturaleza. Este aspecto,
  tampoco nos conduce a concluir que, la piedra con la que una persona
  tropieza en un paseo por la montaña exista únicamente en la mente.
  Evidentemente, está allí, hasta que algo o alguien la mueva o la
  degrade, con todas sus implicaciones y efectos. Pero, sin el concierto
  o la presencia del pensamiento, poco importa para el conocimiento
  humano, que es el único al que pode­mos aspirar, si la piedra del
  camino existe; sin una experiencia humana de por medio. Ni siquiera la
  piedra o el camino serían piedra o camino; solo aspirarían a reuniones
  o amalgamas de materia, sin significado ni sentido, sin la presencia
  de un ser pensante, especialmente la idea misma de camino.</p>
  <p>De esta forma, el nuevo realismo, especialmente a partir de los
  trabajos de Markus Gabriel, consolida una alternativa que bascula
  entre el positivismo radical materialista y el idealismo más ortodoxo.
  Una, pretende reducirlo todo a la materia de la física, con la
  pretensión de ser capaz de explicar la totalidad del mundo de­finido
  por sus leyes. En el otro extremo, las posiciones idealistas extremas,
  niegan la existencia misma del mundo material. El nuevo realismo
  propone una posición intermedia, con evidentes matizaciones e
  interpre­taciones. Entre las diferentes versiones o propuestas
  conceptuales sobre el nuevo realismo, encontramos las que van de la
  propia nacida de Ferraris (2013, 2014, 2016), pasando por la idea de
  realismo analógico de Beuchot (2016; Buganza, 2017), entre otras.
  Andres Vega (2022) plantea por su parte, que existen dos gran­des
  corrientes dentro de este pensamiento.</p>
  <disp-quote>
    <p>La anticorrelacionista y la interrelacionista. La primera de
    ellas busca establecer un punto de unión entre el pensamiento y la
    realidad, y es defendida por autores como Meillassoux o Ferraris;
    mientras que la segunda se centra en atender a las relaciones que
    acaecen entre objetos, con autores como Harman o Gabriel como
    principales representantes. (Vega Luque, 2022, pp. 250–251)</p>
  </disp-quote>
  <p>Para entender la posición y el impacto que esta corriente de
  pensamiento tendrá en las artes, que es el marco que nos interesa en
  este artículo, hay que partir de algunas ideas esenciales respecto a
  la concepción del mundo que se deriva del nuevo realismo.
  Especialmente, desde la rompedora y provocadora idea de que <italic>el
  mundo no existe</italic> (Gabriel, 2015), entendida como la renuncia a
  una explicación completa del mismo. Esta idea, presenta la existencia
  o aquello que llamamos mundo, como elementos interrelacionados en un
  cam­po específico. De esta forma, no se puede aspirar jamás a la
  totalidad, ni a la comprensión de la totalidad. «Simplemente no hay
  regla o fórmula que describa la totalidad del mundo, y eso no se debe
  a que no se haya hallado todavía, sino al hecho de que no puede
  existir» (Gabriel, 2015, p. 19). El autor insiste de forma incisiva,
  apelando a que la física abandone la absurda idea de tratar de
  explicar la totalidad del universo por sus me­dios. Una idea que no
  deja de tener sus detractores (Cardenas-Castaneda, 2023).</p>
  <disp-quote>
    <p>El universo designa no solo una cosa, sino también un modo de
    observación especial. No es ninguna indicación de lugar evidente de
    por sí y sin alternativa, ningún nombre irrevocable para la
    totalidad en la que nos encontramos, sino el resultado de una
    compleja operación mental. El universo, por grande que sea, es solo
    una parte del todo. (Gabriel, 2015, p. 35)</p>
  </disp-quote>
  <p>Nos situamos entonces, según la anterior clasificación, en la
  corriente interrelacionista del nuevo realis­mo. La propuesta, como ya
  se ha avanzado, plantea un camino intermedio entre el idealismo
  radical que niega la existencia misma del mundo material, como el
  nuevo idealismo metafísico (Kastrup, 2021), y el ma­terialismo
  estricto. Este, por el contrario, reduce la existencia a las leyes
  físicas y matemáticas, generando una compleja trama narrativa que
  acaba convertida inevitablemente en un relato metafísico.</p>
  <p>Las propuestas teóricas de Gabriel, especialmente las derivadas de
  su trilogía de ensayos (Gabriel, 2015, 2016, 2019b) y su texto
  dedicado al arte (Gabriel, 2019a), nos permiten huir de maximalismos
  esencialistas, alejándose también de posiciones posmodernas y sin caer
  en el escepticismo o el relativismo. La influencia de la posmodernidad
  en el hecho artístico, en sus prácticas y su conceptualización, es muy
  importante, has­ta el punto de delimitar el universo de las expresiones
  artísticas contemporáneas. En su momento, fue espe­cialmente
  liberadora, al proponer la ruptura con las jerarquías culturales y
  ampliar el concepto de arte más allá de los límites que había impuesto
  la modernidad. Aunque en este sentido, como nos recuerda muy bien
  Efland (2003) «La crítica posmoderna desafía al elitismo de la
  modernidad tardía reivindicando, por ejemplo, el realismo figurativo;
  sin embargo, buena parte de su propio discurso incurre en
  mistificaciones compara­bles a las del discurso moderno que pretende
  superar (p. 71).» Incluso algunos autores atribuyen el fracaso en la
  estrategia de la visualización en la modernidad, al éxito de la
  posmodernidad.</p>
  <disp-quote>
    <p>En otras palabras: la crisis visual de la cultura es lo que crea
    la posmodernidad y no su contenido textual. (…) Al igual que el
    siglo XIX quedó representado a través de la prensa y la novela, la
    cultura fragmentada que denominamos posmoderna se entiende e imagina
    mejor a través de lo visual. (Mirzoeff, 2003, p. 20)</p>
  </disp-quote>
  <p>Esto nos permite definir la importancia que, todo aquello relativo
  a las artes, tiene en el desarrollo del pen­samiento y en las acciones
  e interacciones sociales que desencadenan cambios de conciencia
  colectivos. Estos cambios, impulsados por las artes y el pensamiento,
  cuando son ampliamente compartidos, generan cambios culturales de
  época. En ocasiones, estos cambios implican la pérdida de certezas y
  derivan en disgre­gación y disolución, que conviene diferenciar de la
  idea de diversidad. La diversidad necesita la existencia de
  identidades y conceptos definidos y que podrían llegar a ser incluso
  clasificados o categorizados; por tanto, diferenciados a partir de
  esas categorías. Estos, siempre se presentan con un marco de certeza,
  al menos suficiente, para ser aceptados como evidencia compartida. La
  idea de disolución, en cambio, implica disgre­garse en un maremágnum de
  ideas difusas, cuyo resultado imposibilita todo intento de
  conceptualización.</p>
  <p>De esta forma, la posmodernidad, y sus procesos de disolución, ha dificultado las teorías de
        conceptualización y ha acabado por conducirnos a esa idea, que nos sirve a su vez de
        metáfora, de un «arte líquido» (Bauman, 2014, p. 43). Esto ha tenido consecuencias en la
        concepción de la educación artística, que ha difi­cultado pasar de esa concepción líquida,
        arrastrada por la posmodernidad, a un estado sólido, que permita definir mayores certezas
        conceptuales, aunque estas sean diversas. La educación artística debe definir su propio
        camino, y definirse conceptualmente, sin estar atada a los preceptos que marcan la
        sociología, la teoría o la historia del arte, pero sin desdeñar las aportaciones que estas u
        otras disciplinas puedan hacer.</p>
  <p>Se trata de empezar a definir la idea de que los conocimientos que
  genera y define el arte y sus experien­cias, están más allá de
  constituirse en un reflejo social. Estos se perfilan como un campo de
  sentido autónomo, cuya función principal es la de constituir un tipo
  particular de conocimiento, no extrapolable ni comparable a otras
  formas de conocer o de pensar. Reivindicar un arte que se crea a sí
  mismo como entidad autónoma de conocimiento, al mismo nivel que el
  resto de formas de creación de conocimiento existentes y se defina sin
  complejos en esa línea. En esto, la educación artística, como área de
  conocimiento, se presen­ta como eje vertebrador fundamental.</p>
</sec>
<sec id="del-arte-sin-control-a-la-autonomía-del-arte">
  <title>3. Del arte sin control a la autonomía del arte</title>
  <p>Gabriel dedica un texto específico (Gabriel, 2019a) a reflexionar y
  definir el concepto de arte, según su mira­da y bajo el paradigma del
  nuevo realismo. Este texto contiene algunas ideas importantes, que
  deben ser analizadas y puestas en relación con la conceptualización de
  la educación artística; aunque no es el único de sus textos donde el
  arte tiene un papel esencial. La tesis fundamental de la propuesta de
  Gabriel se centra en definir a las artes como algo incontrolable.</p>
  <disp-quote>
    <p>El arte es, ciertamente, incontrolable. Nadie, ni siquiera el artista, está en posición de
          gobernar su histo­ria. Iría aún más lejos: el arte nos controla sin mostrar ningún interés
          particular; es aquella superinteligencia temida por numerosos críticos de las tecnologías
          digitales. El arte ha tomado posesión del espíritu humano desde las pinturas de las cuevas
          de Lascaux, de Altamira, etc. Se ejecuta en nuestro ser, como un programa en un
          computador. Más aún, es gracias al surgimiento del arte que nos hemos convertido en seres
          humanos, es decir, en seres que conducen su vida de acuerdo a una imagen del ser humano y
          al lugar que ocupa entre sus congéneres, la fauna, la flora y las estrellas. (Gabriel,
          2019a, pp. 31–32)</p>
  </disp-quote>
  <p>En esta descripción de un arte sin control, que, según Gabriel,
  sería donde reside su poder, establece que: es la existencia del arte
  la que nos convierte en seres humanos. Este es un aspecto en el que
  coincidi­mos ampliamente, desde la práctica y la defensa de la
  educación artística, pero que no nos lleva a renunciar a otras
  explicaciones y formulaciones, respecto a la esencialidad del arte
  como instrumento privilegiado de conocimiento. El aspecto en el que,
  inevitablemente, nos alejamos de las proyecciones de Gabriel, respecto
  del arte, se concentra especialmente en el ámbito de aquello que
  afecta a su entendimiento como una es­pecie de entidad autónoma
  ingobernable, y no, evidentemente, en el concepto de su autonomía
  radical, que resulta mucho más coherente con la idea planteada en el
  artículo.</p>
  <disp-quote>
    <p>Que seamos o no absorbidos por la obra está en poder de ella.
    Ninguna preparación tiene por sí sola el poder para hacer eso.
    Ninguna formación en historia del arte le preparará para tal o cual
    obra. La formación intelectual contribuye al análisis teórico que, a
    su vez, puede documentar la experiencia estética. Pero la
    experiencia estética puede tener lugar sin formación previa.
    (Gabriel, 2019a, p. 79)</p>
  </disp-quote>
  <p>En este caso, Gabriel parte de una premisa falsa, que el
  conocimiento del arte, pueda depender de la formación en historia del
  arte que uno tenga o deje de tener, al tiempo que cuestiona esta
  formación y su influencia en los procesos de recepción. El otro
  problema deriva de plantear la experiencia estética, como un elemento
  asociado de forma exclusiva al sentimiento, y no al pensamiento, que
  es en realidad donde realmente emerge. De esta forma, acaba
  recurriendo de nuevo a la asociación entre arte y sentimiento, de­jando
  apartada la relación entre arte y pensamiento, que es la más
  fructífera, y la que más se acerca a la verdad. El arte no se reduce a
  aquello que sentimos frente a la contemplación de una obra concreta,
  tal como parece deducirse de la cita del autor. No se puede desligar
  el sentimiento de los procesos de pensa­miento elaborados. No surge de
  forma irracional y autónoma, sin haberse gestado en la mente
  previamente, como una consecuencia del pensamiento.</p>
  <p>El arte es un fenómeno compuesto de elementos diversos puestos en
  interacción y que inevitablemente confluyen en el pensamiento. No se
  trata de un ejercicio de simple percepción de un objeto que convenimos
  en llamar artístico. La percepción solamente constituye una fase en el
  complejo entramado que implica el arte; que, esencialmente, es un
  producto del pensamiento expandiéndose en la exploración de sus
  límites. Pero entre esos límites, y en origen, se encuentra, en un
  sentido prioritario, el hecho del ejercicio de la práctica artís­tica.
  Un factor esencial en la educación artística, y que Gabriel olvida. El
  arte no tiene demasiado sentido, si se concibe solamente desde la idea
  exclusiva de la percepción o la recepción, dejando entrever, y cayendo
  en viejos mitos superados, asociados a la idea del artista como genio
  (Shinner, 2004) imbuido de un poder incon­trolable que le domina, ¿las
  musas?, y que le lleva a crear la obra, tal y como la obra misma
  desea.</p>
  <p>El error del planteamiento de Gabriel en este texto, desde el punto
  de vista que compete a los objetivos del artículo, es partir de la
  idea de separar el proceso de creación artística del de recepción,
  reduciendo en exceso la dimensión del arte a enfrentarnos a descubrir
  su significado. Esto equivaldría a concebir el deporte como la
  actividad perceptiva producida al seguir y observar una competición
  como espectador. Ver un partido de fút­bol, no es deporte, o no produce
  ni define el deporte, que es algo mucho más complejo, asociado a un
  conoci­miento del ser humano, explorando los límites del cuerpo en
  interacción permanente con la mente. De igual modo, ver una obra de
  arte, no es arte, aunque ambos están relacionados de algún modo con
  sus campos de sentido respectivos, la mera observación o percepción no
  garantiza el acceso. En esto, Gabriel sí insiste tam­bién, cuando
  afirma que: «como espectador pasivo, en el museo no se entiende nada.
  Uno debe esforzarse para interpretar una obra de arte inquietante,
  aparentemente sin sentido. Sin interpretar solo se ven toques de
  color, incluso en Miguel Ángel, no solo en Pollock» (Gabriel, 2015, p.
  182). Pero reduce esa experiencia a un ejercicio de interpretación.
  Aunque explica, y matiza, que esa interpretación, no va tanto en la
  línea de desvelar una supuesta verdad oculta que debe ser descifrada.
  Cabe insistir en la idea de que debe centrarse en profun­dizar en la
  verdad de la obra, que sin duda es multidimensional y que engloba
  todos los procesos que la con­forman; no solo el de su recepción final
  como una especie de producto acabado.</p>
  <p>En el fondo, en esta idea del arte incontrolable, yacen también las
  palabras de la gran Susan Sontag cuan­do afirmaba con contundencia que
  «la interpretación hace manejable y maleable al arte» (Sontag, 2007,
  p. 19). La autora escribió un pequeño decálogo dedicado a combatir la
  interpretación, que ella consideraba en su momento «reaccionaria» y
  «asfixiante» (Sontag, 2007, p. 18); si bien, seguramente discreparía
  completa­mente de la idea de que el mundo no existe de Gabriel. Un
  aspecto que lleva a discrepar también del texto de Sontag, es el de la
  intención expresada de apartar el arte del pensamiento. Insiste, en el
  mismo error que Gabriel, concebir esa relación con el arte, mutilada e
  ignorando el proceso más importante, que es el de su creación. La
  experiencia de su creación que activa precisamente el pensamiento
  artístico.</p>
  <p>Sin embargo, en lo que sí coincide el nuevo realismo con el
  pensamiento de Sontag, es en el hecho de recuperar la idea de concebir
  el arte, como algo profundamente real. En focalizar en el arte, y no
  fuera del arte, el sentido de su existencia. Se recoge este aspecto
  como esencial en la idea de formular el sentido de la educación
  artística como entidad radicalmente autónoma. Se rechaza, sin embargo,
  la reduccionista mi­rada encapsulada siempre en la recepción, y que ya
  desafió Dewey (2008) en su momento. El propio Gabriel, en cierto modo
  también reconoce esos límites, cuando escribe que «toda filosofía del
  arte debe tomar en cuenta el hecho de que la manera como recibimos el
  arte nunca es puramente perceptiva» (Gabriel, 2019a, p. 51), aunque
  sigue insistiendo en la idea de recibir y no en la de participar, que
  resulta más acertada y que se desarrolla con más detalle en el
  siguiente apartado.</p>
</sec>
<sec id="definiendo-argumentos-para-una-educación-artística-como-la-disciplina-que-estudia-el-arte-como-campo-de-sentido-autónomo">
  <title>4. Definiendo argumentos para una educación artística como la disciplina que estudia el
        arte como campo de sentido autónomo</title>
  <p>El nuevo realismo, sin obviar sus conexiones y precedentes, plantea
  un punto de partida interesante, tal y como se ha avanzado ya en los
  primeros apartados del texto, que permite situar la educación
  artística y su práctica en una posición desde la que trazar nuevos
  caminos de conceptualización disciplinar, que tengan su reflejo en su
  despliegue y desarrollo. En este apartado, se explora como estas
  aportaciones, permiten delimitar la idea del arte sin control,
  expuesta en el apartado anterior, para definirlo en función de la
  autono­mía radical del arte. Esto, permite situar la educación
  artística, como la disciplina que estudia el arte, como un campo de
  sentido autónomo de creación de conocimiento.</p>
  <p>La provocadora idea de Gabriel (2015) de que <italic>el mundo no
  existe,</italic> resumida en el desarrollo del concepto de campos de
  sentido (Gabriel, 2015), plantea una enmienda a la existencia de la
  totalidad universal como concepto. Esto implica diversas lecturas.
  Empezando por la idea de un universo inconmensurable e incom­prensible,
  a pesar de los esfuerzos de la física de reducirlo a formulaciones.
  Junto a la idea de que solo po­demos conocer de forma fragmentaria a
  través de nuestros sentidos de percepción, con el concierto de
  pensamientos elaborados y de interpretaciones y representaciones.</p>
  <p>En el arte, ha prevalecido históricamente una idea del mismo como
  representación de la realidad; sin entrar a valorar en profundidad las
  históricas disquisiciones sobre el concepto y sus variaciones
  (Shinner, 2004; Tatarkiewicz, 2004). «Los artistas construyen
  representaciones del mundo real o bien de mundos imaginarios que
  incitan a los seres humanos a crear una realidad distinta para sí
  mismos» (Efland et al., 2003, p. 124). En cambio, desde la perspectiva
  de la filosofía del nuevo realismo, el arte no construye
  repre­sentaciones de un genérico mundo real, que Gabriel se ha empeñado
  en definir como falso concepto ina­barcable. También desafía la idea
  del arte como representación de mundos imaginarios, entendidos como
  elementos ajenos a la realidad y en contraposición a esta.</p>
  <p>Esta mirada dual hacia el arte acaba derivando en una concepción binaria entre verdad-realidad
        y mentira-falsedad. Pero este par de conceptos no siempre funciona así. Lo que entendemos
        como mundo real, muchas veces es una falsa arquitectura anclada en la mentira más irredenta
        y desvergonzada. De modo si­milar, sobre los mundos de la imaginación, rebosan verdades que
        nos permiten avanzar notablemente en el conocimiento. El nuevo realismo nos facilita obviar
        los posicionamientos duales, entendiendo además que: «la imaginación es, en sí misma, un
        compartimento de la realidad» (Gabriel, 2019a, p. 34). Este es un aspecto sobre el que
        Nelson Goodman (1990) ya reflexionó en su momento, aunque le faltó incorporar la idea de:
          <italic>por medio de lo que se hace</italic>:</p>
  <disp-quote>
    <p>No obstante, hemos visto que los mundos no solo se hacen por
    medio de lo que se dice literalmente sino también por medio de lo
    que se dice metafóricamente, e incluso que no solo se construyen por
    medio de lo que se dice literal o metafóricamente sino también por
    medio de lo que se ejemplifica y expresa, por lo que se muestra
    tanto como por lo que se dice. (…) Y los enunciados, tanto si son
    literal o metafóricamente verdaderos como si son falsos, pueden
    mostrar lo que no dicen, pueden funcionar como agudos ejemplos
    literales o metafóricos de rasgos y sentimientos no mencionados
    expresa­mente. (pp. 38-39)</p>
  </disp-quote>
  <p>Partir de algunos de los pensamientos del nuevo realismo, nos lleva
  a definir el arte como un hecho incon­testable en su existencia.
  Entendido bajo esa estructura sobre la que se definen, elaboran y
  viven las múlti­ples realidades existentes, entrecruzándose
  constantemente unas a otras, y bautizadas como campos de sentido
  (Gabriel, 2019b). Esto implica valorar la verdad implícita del arte
  fuera del marco de las narrativas o construcciones posmodernas, como
  una realidad constatable y existente, que necesita, por tanto, de un
  cuerpo disciplinar autónomo para su estudio. Un aspecto que ya
  reivindicó en su día la perspectiva de la educación artística basada
  en la disciplina o DBAE, pero desde una conceptualización diferente y
  obsesio­nada en definir su estructura y «decidir las formas de
  implementación educativa» (Agirre, 2005, p. 265).</p>
  <p>Se trata de entender el arte como un elemento esencial de la
  realidad. Configurador de esa misma reali­dad, a su vez, entidad
  radicalmente autónoma (Gabriel, 2019a), a pesar de las objeciones
  posibles que ya se han planteado, desde la perspectiva de la educación
  artística, y poseedor de una verdad. Pero esta verdad, no es una
  verdad formal, o derivada de su existencia material como objeto, Lo
  formal, lo material o lo perci­bido, son solo una parte de esa verdad
  que contiene la obra.</p>
  <disp-quote>
    <p>En una obra de arte, no solo vemos un objeto, sino siempre uno o
    varios elementos que aparecen junto con su sentido. Las obras de
    arte son campos de sentido reflexivos en los que aparecen no solo
    obje­tos (como en todos los demás campos de sentido), sino objetos
    como tales en un campo de sentido. Los objetos de arte aparecen en
    el arte junto con su sentido, y en una infinidad de variaciones.
    (Gabriel, 2015, p. 196)</p>
  </disp-quote>
  <p>Pero todo está dentro de ella y todo pertenece a ella. Cuando
  hablamos del valor subjetivo, no implica un valor interpretativo o
  narrativo como generador de la esencia de la obra, sino la búsqueda
  profunda en el interior de la obra misma. Es decir, existen múltiples
  posibles en su interior, pero no todo es un posible. Existe, a su vez,
  la mentira y la manipulación sobre la obra. Pero este entrar en la
  obra, empieza desde el momento de su creación, de su ejecución. No hay
  mejor forma de entrar en el arte, que crear el arte, pensar el arte
  desde dentro, pensar arte. Ignorar este proceso es absurdo y deja
  fuera el valor de la necesidad de pensar desde el arte y no sobre el
  arte o a partir del arte. No se trata de utilizar el arte para educar,
  más bien de definirlo como un campo de sentido esencial para el
  conocimiento humano en sí mismo, no al servicio de, al que la retórica
  neoliberal y materialista nos empuja.</p>
  <p>No puede concebirse el conocimiento generado por una obra de arte,
  excluyendo el proceso de hacer arte, que es el verdadero protagonista
  de su configuración, su eje principal. Y, desde el punto de vista de
  la educación artística, el arte no puede desligarse de la generación
  de conocimiento. Un conocimiento concre­to e intrínseco, que no es solo
  interpretativo ni solo experiencia, es arte. En esto sí coincidimos de
  nuevo con Gabriel (2019a, p. 47) cuando afirma que «en un cierto
  sentido, las obras de arte tienen la facultad de pensar­se a sí
  mismas.» Pero ese pensarse a sí mismas, es para la educación artística
  la clave que la debe llevar a convertirla en <italic>pensarse sobre sí
  mismas</italic> y establecer aquí el eje de su existencia.</p>
  <p>En cierto modo, la idea de los campos de sentido, se puede
  relacionar con el planteamiento del filósofo ruso Skolimowsky. Aunque
  se trata de un autor no vinculado al nuevo realismo, resulta sumamente
  estimu­lante su idea de plantear el conocimiento desde la metáfora
  visual de una espiral cónica abierta hacia arriba «lo que significa
  que a medida que se desarrolla el conocimiento el universo crece»
  (Skolimowsky, 2016, p. 133). Su idea plantea, que el universo, o los
  límites de la realidad y del mundo, están asociados a nuestros propios
  conocimientos. «Las dimensiones del universo se corresponden a la
  espiral de nuestro conocimien­to. De esto se sigue que si no hay una
  espiral del conocimiento que soporte las paredes del cosmos, tampo­co
  hay un cosmos del que hablar o que comprender» (Skolimowsky, 2016, p.
  132).</p>
  <p>Otro aspecto que nos aporta mucha luz de esta idea es la que al
  autor expresa de esta forma:</p>
  <disp-quote>
    <p>En las culturas extremadamente rígidas y en las sociedades
    cerradas, la tapa del cono puede encon­trarse sellada. En tales
    circunstancias, no se permiten alteraciones en las paredes cósmicas
    y ningún conocimiento nuevo es bienvenido. Entonces la cultura yace
    estancada; tiene la espiral del conoci­miento disecada, estática e
    inmutable. Una cultura semejante está regida tanto por medidas
    opresi­vas que mantienen bajo control la creatividad individual. No
    son nuevas; a lo largo de la historia hemos visto muchas sociedades
    así. Por otro lado, en las sociedades abiertas, conforme crece el
    conoci­miento, también lo hace su espiral, y, por lo tanto, las
    paredes del cosmos se ensanchan. Para ser más exactos, las paredes
    no crecen como tal, sino que se vuelven a reconstruir, a reajustar y
    a reensamblar. El modo en que se produce este proceso de
    reconstrucción es fascinante. Al mismo tiempo que au­menta nuestro
    conocimiento de la astrofísica, crecen también los límites del
    universo físico. (Skolimowsky, 2016, p. 133)</p>
  </disp-quote>
  <p>Aunque quizá lo plantea desde un punto de vista más idealista y
  constructivista, sus ideas no implican necesariamente que ese
  universo, derivado de cada espiral de conocimiento no sea real ni
  tangible. Coincidimos con el nuevo realismo, en que ciertamente lo es,
  pero también en la idea de que solo podemos remitir a su existencia
  por la capacidad participativa de nuestra mente, de nuestro
  pensamiento activo. «De la mente brota la diversidad de las cosas que
  componen el entendimiento. Sin ella no sería posible el cono­cimiento»
  (Skolimowsky, 2016, p. 36). Esto es más aplicable todavía al ámbito de
  la existencia del arte, como realidad tangible, incuestionable, que no
  podría existir de ninguna manera sin esa participación activa de la
  mente. Esto no nos conduce ni al escepticismo ni al constructivismo,
  que pueda reducir la realidad del arte a una especie de ensoñación o
  ficción que no está asociada a la realidad; o que, por el contrario,
  suponga que el arte es solo un relato.</p>
  <p>Una de las tareas prioritarias de la educación artística, debe
  consistir en sentar unas bases para la obser­vación profunda e
  intrínseca de la obra y para la gestación de una creación artística
  pensada hacia el interior de la obra y su propia realidad, y no
  concebida hacia el exterior y los factores externos. Todo debe estar
  contenido en la obra, al menos, todo lo que debe estar contenido.
  Ceder el protagonismo de la obra hacia aspectos extrínsecos a ella, o
  hacia elementos que no son o no configuran parte de la verdad, de la
  realidad de la obra, supone alejarse de los preceptos esenciales que
  la educación artística debería tener. No estar nunca fuera de la obra
  ni de la experiencia que la constituye, en toda su complejidad,
  empezando por su gestación y creación, que es el primer estadio en
  entrar en ella.</p>
  <p>Se trata de insistir en la objetividad del arte, y en que su
  fortaleza pueda deberse a la riqueza estructural sobre la que se nutre
  esa objetividad artística que se define por la validez de sus
  múltiples subjetividades. Esto queda también muy claro, desde la
  perspectiva del nuevo realismo.</p>
  <disp-quote>
    <p>Ahora bien, de que se puedan interpretar los poemas de diversas
    formas no se deduce en absoluto que esas diferentes
    interpretaciones, que incluirán un examen de la iluminación, no sean
    objetivas. Esta ambigüedad o polisemia objetiva tampoco se puede
    reducir con una referencia a la intención del artista, que de por sí
    es siempre ambivalente. Las diferentes interpretaciones de un poema
    son sus diversos sentidos. Esos sentidos también incluyen una
    atención especial al componente estético de las obras de arte.
    (Gabriel, 2015, p. 188)</p>
  </disp-quote>
  <p>Es evidente que el mundo material, físico, objetual existe, pero,
  ciertamente, lo que marca una diferencia importante sobre esos objetos
  que configuran el mundo, es nuestra concepción de ellos. Especialmente
  si se trata de objetos que han sido creados, es decir, pensados
  previamente por el hombre y que, como tal, son un producto del
  pensamiento y mantienen una realidad que va mucho más allá de su
  simple presencia física en el mundo. Ello, no le resta un ápice de
  objetividad, dado que el pensamiento también se materializa, pero su
  sentido material no constituye su única realidad o verdad.</p>
  <p>Frente a la idea o concepto de percepción como eje o elemento
  central del arte, muy del gusto de cierta fenomenología clásica
  (Dufrenne, 1982), y que podemos asociar a un materialismo cuyo eje
  central es el objeto y sus configuraciones; se puede construir una
  idea centrada en una visualización profunda del objeto artístico. No
  derivada de sus características formales, de su configuración
  material, o de su impacto psico­lógico en la percepción. Un hecho que,
  en ocasiones, deriva en juegos de significado, estructurando el arte
  en colecciones de meros objetos que patrimonializamos. La percepción
  pura, al final, no diferencia entre objeto artístico y objeto y sus
  leyes de percepción son aplicables a cualquier cosa que pueda ser
  percibida, reduciendo el arte a consolidarse simplemente como un tipo
  de percepción o la respuesta perceptiva frente al estímulo de
  determinados objetos materiales.</p>
  <p>Pero el arte, no es material ni es materia, como ha quedado
  sobradamente demostrado por teóricos muy diversos, desde las tesis
  externalistas «según la cual aquello que convierte a un objeto en obra
  de arte es algo externo a él.» (Danto, 2005, p. 25), pasando por
  Panofsky (Panofsky, 2004) que pone el foco en la esen­cia del
  significado, más allá de la materia del objeto, o la contundencia de
  Wollheim (1972) que afirma que:</p>
  <disp-quote>
    <p>Se puede objetar que la obra de arte tiene propiedades que son
    incompatibles con ciertas propiedades del objeto físico; y,
    alternativamente, se puede objetar que la obra de arte tiene
    propiedades que ningún objeto físico podría tener: en ninguno de
    estos casos podría la obra de arte ser objeto físico. (p. 10)</p>
  </disp-quote>
  <p>Hasta llegar de nuevo a Gabriel (2015, p. 74) que mantiene que «No
  hay objetos o hechos fuera de los cam­pos de sentido. Todo lo que
  existe aparece en un campo de sentido (hablando estrictamente, en una
  infinidad de ellos).» Y continúa en su ataque al materialismo cuando
  escribe que «el monismo materialista es, por tanto, falso, porque hay
  muchos objetos (por ejemplo, nosotros como personas) a los que nos
  podemos referir rígida­mente, cuya identidad lógica hay que distinguir
  estrictamente de su realización material» (Gabriel, 2015, p. 120).</p>
  <p>Gabriel insiste, sin embargo, en sus reflexiones, en reducir el
  aprendizaje frente a las artes o a través de las artes, constreñido
  dentro del sentido reductor de la interpretación. De esta forma,
  plantea que: «lo que aprendemos cuando interpretamos pertinentemente
  una obra de arte, es el modo en que la miramos, la escuchamos o la
  saboreamos; en otras palabras, la manera en que sentimos las cosas»
  (Gabriel, 2019a, pp. 41-42). Reducir la experiencia del arte, a sus
  límites interpretativos, limita el arte de nuevo a sus procesos de
  percepción y recepción. Pero el arte, bien lo sabemos desde el
  ejercicio de la educación artística, no puede limitarse ni concebirse
  por una de sus partes, ignorando todos los procesos vinculados al
  acto. Es decir, el acto artístico, deviene en el principal activador y
  creador del pensamiento artístico.</p>
</sec>
<sec id="el-arte-como-campo-de-sentido-autónomo-y-el-marco-conceptual-de-la-educación-artística">
  <title>5. El arte como campo de sentido autónomo y el marco conceptual de la educación
        artística</title>
  <p>A partir de los planteamientos teóricos expuestos, podemos sentar
  unas bases sólidas para empezar a construir un marco conceptual para
  la educación artística, centrado en su valor como campo de
  conoci­miento autónomo y en la objetividad de la existencia del arte.
  Para ello, se ha partido del análisis de algunas de las claves de la
  filosofía del nuevo realismo, por considerarlo una corriente de
  pensamiento indicada para este fin. Se han extraído aquellos elementos
  que pueden ayudar a definir esos marcos, que toda disciplina, como
  medio de conocimiento, debe tener. Un aspecto que ya se intentó en su
  día, partiendo del pragmatis­mo estético, por parte de Imanol Agirre
  (2005).</p>
  <p>Unos marcos que pueden ser flexibles, diversos y abiertos a
  discusión, pero definirse con solidez, para fortalecer la existencia y
  objetivos de la disciplina. No obstante, estos no pueden ser tan
  diversos e incom­patibles como para impedir una cohabitación, de lo
  contrario, la disciplina solo podría separarse o perecer. La total
  ausencia de esos marcos es también un peligro de disolución que se
  debe tomar muy seriamente. La posición de este texto se centra, en que
  es, o debe ser el arte el que marque el camino y recupere la sen­da de
  generar pensamientos propios, y de definirse intrínsecamente.</p>
  <p>Los argumentos esgrimidos hasta ahora, nos llevan a definir el
  arte, más allá de ser un producto del pen­samiento o un constructo
  narrativo, como podrían defender los idealistas, e incluso los
  escépticos de la posmodernidad. Tampoco se trata de una acumulación de
  materiales u objetos con una configuración física determinada, como
  defenderá un materialista radical desde un positivismo exacerbado;
  aunque utilizando</p>
  <p>un medio inmaterial como el pensamiento para elaborar su hipótesis.
  Es todo eso y mucho más. El arte es un sentido en sí mismo y tiene
  sentido en sí mismo; de forma similar a cómo las matemáticas son y
  tienen sen­tido en sí mismas. Es una verdad, dado que nadie podría
  cuestionar la existencia de una escultura, de una pintura, incluso de
  una performance o una instalación. De igual modo a como nadie
  cuestiona la existencia de las matemáticas o las considera fruto de un
  relato narrativo. El arte define su propia espiral de conoci­miento
  (Skolimowsky, 2016), es una forma de conocimiento en sí misma, o un
  campo de sentido (Gabriel, 2019b). El campo de sentido sobre el que
  ejerce su papel y su atención, la educación artística. Y esto no es
  una justificación, es una forma de mostrar evidencias.</p>
  <p>De esta, forma hemos visto, como las propuestas derivadas de la
  filosofía del nuevo realismo, nos apor­tan muchas luces y algunas
  sombras, para definir un lugar en el que situar el arte, su
  experiencia y delimita­ción, como una entidad real y autónoma. También
  hemos visto que sus sombras, se centran en ignorar la creación
  artística, como si las obras emergieran de la nada o estuvieran
  presentes por sí mismas, sin el concierto del ser humano en su
  gestación. Y ese es un aspecto en el que se debe insistir como
  esencial y verdadero delimitador de lo que podemos llamar como
  pensamiento artístico.</p>
  <p>La diferencia entre apariencia y realidad, que en otros campos del
  conocimiento se entiende como fun­damental, y así debe serlo, en el
  campo de sentido del arte, aquello que llamamos apariencia es en
  muchos casos la verdad y la constitución del arte en sí mismo. Podemos
  convenir en que apariencia y realidad no son dos campos contrapuestos
  en el ámbito artístico, sino que es la apariencia la que hace real el
  arte. Esto se traduce en la educación artística, cuyo campo de acción,
  o espiral de conocimiento es el arte, en el hecho de que su foco de
  acción disciplinar es comprender, hacer comprender y estimular el
  desarrollo de los proce­sos que guían y transforman la realidad en
  apariencia y convierten la apariencia en un escenario real. Se trata
  casi de un ejercicio de alquimia, el que establece el arte. La
  educación artística asume, por tanto, el papel de descubrir, describir
  y ejecutar los procesos alquímicos necesarios para la producción del
  arte, de convertir la apariencia en una verdad, en una realidad
  objetiva e incuestionable. La verdad del arte.</p>
  <p>La percepción y la creación son entidades inseparables desde el
  punto de vista de la educación artística y de la existencia de un
  modelo de pensamiento artístico, que es al que ha de aspirar la
  práctica y la discipli­na de la educación artística. Educar en arte, no
  es educar en una habilidad, una técnica concreta, o una for­ma de
  mirar. La educación artística se define por educar en la capacidad de
  desarrollar el pensamiento ar­tístico, como una forma de conocimiento
  autónoma y complementaria al resto de formas de conocimiento
  existentes. La educación artística debe habilitar personas capaces de
  pensar artísticamente. No puede con­formarse en ser una disciplina
  subsidiaria o instrumental. No puede definirse bajo la idea de enseñar
  técnica del arte, o enseñar a través de las artes, si esto último
  implica supeditar las artes a un papel meramente instrumental y
  diluido en la hegemonía del resto de conocimientos. Si educar a través
  de las artes, supone utilizar estas como medio para aprender otras
  disciplinas y diluye e ignora la función de comprender y esti­mular el
  pensamiento artístico, como forma de conocimiento autónoma. Si hemos
  convenido, que el nuevo realismo nos ilumina en una forma de mirar el
  arte, que se centra en la idea del arte como una realidad y un campo
  de sentido autónomo, lo que nos lleva a definir la obra de arte, como
  una totalidad en esencia y donde nada de lo que competa al arte queda
  fuera de la obra.</p>
  <p>No se trata de profundizar en el proceso creador bajo la
  perspectiva del mito de la creación. Una narrativa que Marian López
  Fernández Cao (2015, pp. 66–67) supo situar en sus límites y
  cuestionar acertadamente desde una perspectiva feminista, partiendo de
  la filosofía de Hanna Arendt, pero vinculándola a la educación
  artística. Hay que tener muy presente y reivindicar que la creación
  artística, responde a sus propios criterios de organización y
  reestructuración, que no pueden ser extrapolables a otros campos de
  sentido, ejercicio en el que se cae habitualmente. También hay que
  situar en este punto a la educación artística, como a la disci­plina
  que investiga precisamente cómo se producen y organizan esos criterios
  y qué estrategias se derivan de ellos para poder ejercer con solvencia
  el pensamiento artístico y crear conocimiento.</p>
  <p>El pensamiento artístico deviene así una totalidad como forma de
  conocer y de generar conocimiento, que se mantiene siempre en los
  límites de las verdades de la obra, en todo su recorrido experiencial,
  que ya definió muy bien Dewey (2008). Pero el arte no debe conformarse
  con erigirse en una experiencia insus­tituible, que lo es, sino en
  delimitar cómo esa experiencia deviene en una estructura de
  pensamiento au­tónoma y legítima. Se define como un campo de sentido
  propio o una espiral de conocimiento, que se justifica a sí misma como
  esencial, en la comprensión del ser humano, en toda su complejidad. El
  arte no está ni debe estar al servicio de nada ni de nadie, más allá
  de definir las esencias del ser humano. De igual modo que la
  literatura o la fantasía, existen fuera de toda finalidad práctica o
  utilitaria, simplemente son, porque no podría ser de otra manera. El
  arte simplemente es, en su totalidad manifiesta. Sobre eso, que no es
  poco, hay que construir los márgenes de los marcos conceptuales de la
  educación artística, que se erige en la disciplina que estudia, genera
  y analiza el pensamiento artístico. Sobre el pensamiento artísti­co,
  habrá que volver en nuevos artículos y trabajos en el futuro, pero eso
  excede la intención y los objetivos del presente estudio.</p>
</sec>
<sec id="conclusiones">
  <title>6. Conclusiones</title>
  <p>En este texto, se ha realizado un exhaustivo análisis de los aspectos de la filosofía del nuevo
        realismo, vinculados con el objetivo de la investigación; definir y extraer aquellos
        elementos que contribuyen a una conceptualización propia de la educación artística. Sobre
        todo, partiendo de los textos de Markus Gabriel, pero sin olvidar incluir a otros referentes
        importantes de la corriente filosófica, que ha permitido establecer unas bases sólidas de
        comprensión previas.</p>
  <p>A partir de estas bases, se han establecido argumentos que han situado al arte como una entidad
        radicalmente autónoma. Se ha definido el arte, como el objeto esencial de estudio de la
        educación artística, sin la cual la educación artística no podría existir. Se ha
        reivindicado su papel en el mundo por sí mismo, sin necesidad de justificar su existencia,
        por causas o valores extrínsecos al arte. A partir de la filosofía del nuevo realismo, así
        como de la teoría de la espiral de conocimiento, se ha definido al arte como un campo de
        sentido, o espiral de conocimiento autónoma. Un campo de sentido, de conocimiento, cuyos
        ejes se establecen en todo el proceso creador, no únicamente en su recepción o percepción.
        En ese eje creador, la educación artística asume un papel clave.</p>
  <p>Todos estos aspectos nos permiten situar la educación artística
  como la disciplina que centra su objeto de estudio en analizar,
  descubrir y describir las claves que competen y sobre las que actúa el
  arte como campo de conocimiento autónomo. De esta forma, se han
  sentado las bases para seguir profundizando en el futuro en más
  investigaciones y estudios, que contribuyan a perfilar, sólidamente,
  esta posición y el marco conceptual que implica, así como las
  consecuencias que se derivan de todo ello.</p>
</sec>
</body>
<back>
    <ref-list>
    <ref id="b0">
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